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SOPLAN vientos de cambio en las
montañas. Al recorrer los 72 kilómetros que separan Huesca
de Jaca voy viendo desde mi coche muchos Pirineos en uno. Veo
los pueblos de siempre y las nuevas urbanizaciones que crecen
a sus afueras. Cruzo desde el asfalto las viejas cañadas,
escasamente empleadas, y atravieso embalses y tendidos
eléctricos de alta tensión. Atrás queda alguna aldea
abandonada y un pequeño rebaño de ovejas que pasta en un
campo. Aún lejos están las pistas de esquí y los bancales
yermos. En los últimos años han pasado tantas cosas que me
pregunto si Ramond o Briet reconocerían esas montañas que
ellos recorrieron y exploraron. Se cierra un siglo en el que
hemos pasado del arado romano al telecabina, en el que estos
montes han sufrido dos guerras y la definitiva y deseada
desaparición de una frontera que para las gentes del Pirineo
nunca existió. Uno no puede evitar sentir cierto vértigo al
asomarse al nuevo milenio pisando la vieja cordillera.
Sin embargo, sonrío reconfortado pensando que me dirijo a
charlar con Pedro Montserrat. Doctor en ciencias naturales,
botánico de profesión ya jubilado y afincado en el Pirineo
desde hace más de medio siglo, ha consagrado buena parte de
su vida a estudiar, desde el Instituto Pirenaico de Ecología,
la naturaleza de estas montañas y la manera de sacar de ellas
el máximo partido sin dejar huellas de ello. Presiento que si
alguien tiene respuesta ante tanta duda es él, pues nadie ha
pisado tanto campo ni atesora tanta veteranía. Su labor ha
sido reconocida recientemente por el Gobierno de Aragón
otorgándole el Premio de Medio Ambiente 1999 y un colega
francés le dedicó un trabajo diciendo "A Pedro, para
quien la montaña sin el hombre y su ganado no es
montaña".
Es Pedro Montserrat, sencillo, sabio y accesible, con el
hablar ilustrado y sereno que le da toda una vida de
investigación sobre el terreno. La llave que mejor nos puede
abrir las puertas de unas montañas que aún no saben cómo
afrontar el siglo que viene.
P.- ¿Cómo discurre el trabajo de un científico
alejado de los laboratorios pero inmerso en las montañas?
R.- Entrar en este mundo es una maravilla. Está todo
ordenado, hay que salir y verlo y, aunque sin conocimientos no
se puede interpretar porque es muy complejo, sí se puede
disfrutar. Es una sensación que quien la ha probado no puede
dejar de repetir.
P.- ¿Se aprende algo en la naturaleza
y de la naturaleza que no se explique en las aulas de la
Universidad?
R.- Claro, lo que ocurre es que en las universidades se
explica muy poco. Cada profesor explica lo que sabe pero la
naturaleza es mucho más compleja. El hombre siempre ha
simplificado demasiado y no se puede abarcar todo, es
imposible.
P.- ¿Le ha reportado satisfacciones el
hecho de hacer tanto trabajo de campo o es una tarea que acaba
siendo ingrata?
R.- No, no. Yo he hecho barbaridades en el campo y
porque me gusta, nunca lo he encontrado excesivo. Hubo una
época en los años 40, cuando los coches iban con gasógeno,
que recorrí Andorra en bicicleta. Dejaba la bicicleta en una
borda a 2.000 metros, subía la montaña y al bajar tenía
dificultades para llegar al pueblo.
P.- ¿Cree que al montañismo le hace
falta retomar un espíritu humanista y científico?
R.- Hay de todo. Yo cada año hago una excursión con
Los Amigos del Parque Nacional del Pirineo Francés y son
auténticos fans de la botánica que me llevan para que les
vaya explicando las cosas.
P.- ¿Se considera usted un montañero de primera época, de
aquellos pioneros que recorrían las montañas mientras
realizaban todo tipo de investigaciones?
R.- Sí, sobre todo en los Montes Cantábricos he sido el
primer botánico en ascender a algunas montañas, como Peña
Prieta y otras. Iba solo y con muy pocos recursos económicos.
El poco dinero que teníamos lo empleábamos en pagar a algún
joven del pueblo para que nos acompañara por los montes.
Veíamos cómo se organizaban las culturas pastoriles que
conservan normas ancestrales.
P.- De su vasta y fecunda carrera, ¿qué
motivos destacaría que le han hecho merecedor del premio de
Medio Ambiente del Gobierno de Aragón?
R.- Yo creo que fundamentalmente ha sido la colaboración para
la creación de este instituto (el Instituto Pirenaico de
Ecología), que no es sólo labor mía. Aragón tiene un
defecto de estudios de ciencias naturales y la Universidad
vive de espaldas a la montaña. Los veterinarios no saben ni
qué es un rebaño, siempre ven animales de cuadra. En
Zaragoza ¿cómo se puede ver un rebaño? Es imposible. Se
están haciendo cosas pero demasiado teóricas. Se estudia
todo desde un punto de vista económico lejano a las
preocupaciones ecológicas. Una consecuencia es una economía
mercantil-urbana y, desde ella, interpretar el mundo de la
montaña es casi imposible. Tal vez la UNED pueda cambiar
esto. Otra de las razones por las que me han dado el premio
puede ser ésta, porque enfoco la cultura desde el punto de
vista ecológico. Siempre he tratado de ser una especie de
revolucionario para conservar.
P- ¿Cómo se ve el Pirineo desde su trabajo
de botánico?
R.- Pues es una maravilla porque recibe todas las influencias.
Por un lado el Pirineo Atlántico, con la influencia del mundo
oceánico y un clima regulado por la humedad atmosférica.
Luego el Pirineo Central con climas muy contrastados y una
continentalidad enorme y después otra vez la influencia
oceánica producida por el Mediterráneo. Este clima marítimo
es una cosa que he vivido desde pequeño; son vivencias que he
intentado expresar de manera científica. Entre estos
extremos, cada valle guarda su peculiaridad.
P.- Empresas de aventura, turismo blanco pero
también pastores y agricultura. ¿Es posible la convivencia o
las nuevas actividades acabarán por modificar el Pirineo
tradicional?
R.- Lo peor es el abuso. Ahora cada vez hay menos pastores y
éstos conocen peor su oficio. No sé si sabe que en la Peña
Montañesa ya se han despeñado los rebaños en dos ocasiones
desde que yo estoy aquí. Los veterinarios dicen que las
ovejas viejas no valen y las jóvenes no saben vivir aquí.
Cuando hay tormenta se asustan y se despeñan.
P.- ¿Qué diferencias encuentra usted entre
la vertiente francesa y la española del Pirineo?
R.- Aragón ha sufrido la despoblación de una manera tan
brutal que se ha desmoronado el mundo rural. Existe un
contraste enorme con, por ejemplo, Lescún, donde los prados
están bien segados respecto a Echo donde los prados ya no se
siegan porque se han ido los jóvenes y los viejos ya no
pueden. Aquí no hay vida rural pero Francia la ha cuidado
más. Lescún es el valle más maravilloso del Pirineo desde
todos los puntos de vista. Un mundo plenamente rural es
inconcebible en esta vertiente. Aquí se ha desmoronado. Y el
Pirineo no se conservará sin su gente.
P.- El Gobierno de Aragón dice trabajar en
una futura Ley del Pirineo que arbitre y ordene el desarrollo
de la montaña. ¿Cree que es necesaria? ¿Qué aspectos debe
considerar?
R.- Yo no soy político, sólo sé de plantas, pastos y
bosques. Ahora bien, lo primero es revitalizar los pueblos
abandonados. No se puede presentar un Pirineo moribundo. Esto
es impresentable y Aragón se tendría que avergonzar. En
cuanto al desarrollo urbanístico, lo que es rural debería
ser inedificable. Lo que hay que hacer es conocer la dinámica
que ha tenido el Pirineo y aprovechar lo que había ya y el
turismo rural -que yo llamo integrado- debe contribuir a
organizarlo. El Pirineo está desorganizado desde el punto de
vista paisajístico y abierto a la especulación. Los que
vienen de lejos no se integran, quieren sacar dinero y no
implicarse. Quienes vengan de afuera tienen que aliarse con
los de aquí, que, a su vez, deben dignificarse. Si la gente
del Pirineo recupera su prestigio, sus hijos se quedarán. Eso
es lo más urgente.
P.- Un parque nacional acaba por concentrar
más turismo del que puede acoger. ¿Puede el territorio
convertirse en víctima de su propia protección ?
R.- Hombre claro. Hay que utilizar los parques nacionales para
organizar el pre-parque. Los pueblos del entorno participan
cada vez más en la gestión del territorio pero muy
lentamente. Si se favorecen las actividades tradicionales del
parque, se dispone de un instrumento para trabajarlo sin
destruir nada y mantener lo que hay.
P.- ¿Cómo se explica el rechazo que suscita
entre los lugareños la aplicación de figuras de protección
en sus términos municipales?
R.- El problema es lograr que sean quienes viven allí los que
ayuden a organizar la protección. Es tan fácil que hay que
intentarlo. Si desde Zaragoza, Madrid o Huesca se toman
decisiones sin contar con los que viven aquí, no sirve para
nada, ningún parque es viable. El ordeno y mando es para
otras cosas, no para esto.
P.- ¿Cree que la protección del paisaje es
algo necesario o es la forma que tienen los políticos urbanos
de combatir su estrés?
R.- La montaña tiene una serie de condicionantes que hay que
tener en cuenta: no se puede prescindir de la dinámica
natural. Se pueden preparar sitios para pasear a la gente y
otros preservarlos más. Los paisajes ya están protegidos por
los parques, porque un objetivo de éstos es preservar los
paisajes. Las leyes deben ser elásticas pues cada monte tiene
sus problemas. Sant Maurici no tiene nada que ver con Ordesa,
son dos cosas distintas.
P.- El turismo de nieve parece que se impone
como una "necesidad económica" y como medida
inexcusable de progreso en los valles altoaragoneses ¿Existe
un modelo de desarrollo alternativo?
R.- Un esquí que conviva con la ganadería es lo interesante.
Es más, tendrían que ser los habitantes del país quienes en
invierno se organizaran de tal manera que fueran monitores de
esquí. El camino está por ahí, hay que reducir al mínimo
las inversiones de fuera. Respecto a los grandes dominios,
como naturalista no me gustan pero es difícil opinar en temas
que mueven tanto dinero e intereses. Sí es necesario crear un
nuevo mundo rural. Los grandes imperios se han hundido todos
estrepitosamente, en cambio las culturas de tipo griego en
islas pequeñas que resolvían pequeños problemas y se unían
dando la gran cultura, son las que han perdurado más.
P.- Pero quizás esto, en los tiempos de
globalización y uniformación que vivimos, es imposible. Se
ponen muchas trabas para que perduren y se desarrollen…
R.- La montaña es un ejemplo: cada valle tiene una manera de
ser pero se les hace la vida imposible; se quiere que vivan
como nosotros. Estas pequeñas culturas podrían vivir si se
dignificaran y fueran apreciadas como merecen.
P.- A los políticos les gusta decir que si
las cosas se hacen bien no tienen por qué dañar el medio
ambiente.
R.- ¿Si se hacen bien? ¿Y quién sabe desde la ciudad lo que
está bien hecho en la montaña? En cambio los que siempre han
vivido allí son los que podrían opinar. Lo más urgente es
educar a los de la montaña para que sepan lo que hay que
hacer. El respeto a la propiedad y a los que viven en el medio
rural es esencial. La ecología es la ciencia de los límites,
la que dice hasta dónde se puede llegar y hasta dónde no.
Sabiendo hasta dónde podemos llegar sabremos qué podemos
hacer.
P.- La falta de sustitutos para los pastores y
agricultores actuales es patente ¿Qué posibilidades tienen
los usos tradicionales, en tanto que mantenedores del paisaje
en el futuro de estas montañas?
R.- Es esencial que quienes viven aquí y son propietarios o
hijos de propietarios vean que tienen un porvenir. Que se les
dignifique y se les eduque para eso. Entonces viene un
problema difícil: ¿qué escuelas hacen esta labor? Es un
problema de educación. Primero hay que definir lo que es
cultura. Cultura es saber vivir en grupo. No es lo mismo eso
que los frutos de la cultura (la música, el arte…). Para
saber vivir en grupo hay que aprender y hay mecanismos
naturales de transmisión cultural. El principal está en la
madre y la familia y antes eran las casas rurales, que el
derecho foral aragonés protegía porque era una unidad
esencial. Tal como está organizada ahora la escuela necesita
del sábado para transmitir una especie de "escultismo
ganadero de montaña" a los jóvenes de aquí. Es
necesario que conozcan sus montes, que practiquen
excursionismo y que vean a los pastores que tienen sus
rebaños allí. Luego aunque vayan a Zaragoza a estudiar
siempre tendrán aquí sus raíces. El vivir en un ambiente
rural no se improvisa, la cultura se mama. Antes la vida era
dificilísima y ahora que todo es más fácil se ha ido la
gente porque a los chicos no se les ha educado para vivir
aquí. Para vivir en la montaña hay que vivir de la montaña,
no del cuento. Frente a esto el turismo es el
"demonio". Tanto dinero fácil ha suprimido el
estímulo. Un sistema natural se organiza si está sometido a
tensión; sin ese estrés no hay organización ni hay nada.
P.- El medio físico marca a las personas,
moldea su forma de ser y de vivir ¿Ha visto usted durante
estos años una cultura pirenaica?
R.- Existen muchas, no una. En Bestué tenemos una cultura de
tipo Mediterráneo que sube por el Cinca. Esos pueblos están
abancalados, es mentalidad de agricultor mediterráneo que no
concibe el cultivo sin una labor de arado. En cambio pasas al
valle de Tena y ya ves pastos que necesitan un buen pastoreo,
no necesitan ser labrados. Si el hombre quiere adaptarse a
ambientes variables debe variar hasta culturalmente. Esto, que
parece dificultar el progreso, lo acelera. Pienso que unir la
adaptación manteniendo su personalidad es un signo de
progreso. Es más, es la esencia de la Constitución
Española, que es regionalista.
P.- ¿Cree que se puede llegar a conocer las
montañas sin necesidad de subir a sus cimas?
R.- La montaña es todo, desde arriba hasta abajo. La gente
que las sube debe ser consciente de que es un medio delicado.
Sobre todo es importante hacerlo a pie. En Andorra existe una
montaña (el pico Casamanya), que es mi favorita a la que he
visto subir en moto. Las motos y "todo terrenos"
deberían ir por su sitio. La montaña hay que verla a pie.
P.- Por último, ¿qué futuro le aguarda a la
cordillera pirenaica?
R.- Habrá una reacción. Los protagonistas tendrán que ser
los de cada valle y deberán ser solidarios unos con otros.
Hay que buscar maneras de entretener a la gente, como los
paseos a caballo, que permitan compatibilizar ocio y
ganadería. El hombre es otro tipo de ganado y al ganado
urbano que no sabe vivir ni aprovechar la montaña hay que
"domesticarlo". La organización no ha sabido
evolucionar en la montaña pirenaica. Para el político es
más fácil ayudar en lo que ya funciona, sin embargo él
quiere hacer "su cosa", cae en un personalismo
negativo. Para recuperar el Pirineo es necesario usar lo
antiguo adaptado a lo moderno.
Ánchel BELMONTE
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