Entrevista

Doctor en ciencias naturales, botánico de profesión, último premio de Medio Ambiente del Gobierno de Aragón, y afincado en el Pirineo desde hace más de 55 años, Pedro Montserrat ha consagrado buena parte de su vida a descubrir cómo sacar el máximo partido de estas montañas sin dejar huella. Si alguien tiene respuestas ante tantas dudas como plantea el futuro de esta cordillera es él, pues nadie ha pisado tanto campo ni atesora tanta veteranía.


Sergio de Uña
 

 

SOPLAN vientos de cambio en las montañas. Al recorrer los 72 kilómetros que separan Huesca de Jaca voy viendo desde mi coche muchos Pirineos en uno. Veo los pueblos de siempre y las nuevas urbanizaciones que crecen a sus afueras. Cruzo desde el asfalto las viejas cañadas, escasamente empleadas, y atravieso embalses y tendidos eléctricos de alta tensión. Atrás queda alguna aldea abandonada y un pequeño rebaño de ovejas que pasta en un campo. Aún lejos están las pistas de esquí y los bancales yermos. En los últimos años han pasado tantas cosas que me pregunto si Ramond o Briet reconocerían esas montañas que ellos recorrieron y exploraron. Se cierra un siglo en el que hemos pasado del arado romano al telecabina, en el que estos montes han sufrido dos guerras y la definitiva y deseada desaparición de una frontera que para las gentes del Pirineo nunca existió. Uno no puede evitar sentir cierto vértigo al asomarse al nuevo milenio pisando la vieja cordillera.
Sin embargo, sonrío reconfortado pensando que me dirijo a charlar con Pedro Montserrat. Doctor en ciencias naturales, botánico de profesión ya jubilado y afincado en el Pirineo desde hace más de medio siglo, ha consagrado buena parte de su vida a estudiar, desde el Instituto Pirenaico de Ecología, la naturaleza de estas montañas y la manera de sacar de ellas el máximo partido sin dejar huellas de ello. Presiento que si alguien tiene respuesta ante tanta duda es él, pues nadie ha pisado tanto campo ni atesora tanta veteranía. Su labor ha sido reconocida recientemente por el Gobierno de Aragón otorgándole el Premio de Medio Ambiente 1999 y un colega francés le dedicó un trabajo diciendo "A Pedro, para quien la montaña sin el hombre y su ganado no es montaña".
Es Pedro Montserrat, sencillo, sabio y accesible, con el hablar ilustrado y sereno que le da toda una vida de investigación sobre el terreno. La llave que mejor nos puede abrir las puertas de unas montañas que aún no saben cómo afrontar el siglo que viene.


P.- ¿Cómo discurre el trabajo de un científico alejado de los laboratorios pero inmerso en las montañas?
R.- Entrar en este mundo es una maravilla. Está todo ordenado, hay que salir y verlo y, aunque sin conocimientos no se puede interpretar porque es muy complejo, sí se puede disfrutar. Es una sensación que quien la ha probado no puede dejar de repetir.

P.- ¿Se aprende algo en la naturaleza y de la naturaleza que no se explique en las aulas de la Universidad?
R.- Claro, lo que ocurre es que en las universidades se explica muy poco. Cada profesor explica lo que sabe pero la naturaleza es mucho más compleja. El hombre siempre ha simplificado demasiado y no se puede abarcar todo, es imposible.

P.- ¿Le ha reportado satisfacciones el hecho de hacer tanto trabajo de campo o es una tarea que acaba siendo ingrata?
R.- No, no. Yo he hecho barbaridades en el campo y porque me gusta, nunca lo he encontrado excesivo. Hubo una época en los años 40, cuando los coches iban con gasógeno, que recorrí Andorra en bicicleta. Dejaba la bicicleta en una borda a 2.000 metros, subía la montaña y al bajar tenía dificultades para llegar al pueblo.

P.- ¿Cree que al montañismo le hace falta retomar un espíritu humanista y científico?
R.- Hay de todo. Yo cada año hago una excursión con Los Amigos del Parque Nacional del Pirineo Francés y son auténticos fans de la botánica que me llevan para que les vaya explicando las cosas.


P.- ¿Se considera usted un montañero de primera época, de aquellos pioneros que recorrían las montañas mientras realizaban todo tipo de investigaciones?
R.- Sí, sobre todo en los Montes Cantábricos he sido el primer botánico en ascender a algunas montañas, como Peña Prieta y otras. Iba solo y con muy pocos recursos económicos. El poco dinero que teníamos lo empleábamos en pagar a algún joven del pueblo para que nos acompañara por los montes. Veíamos cómo se organizaban las culturas pastoriles que conservan normas ancestrales.

P.- De su vasta y fecunda carrera, ¿qué motivos destacaría que le han hecho merecedor del premio de Medio Ambiente del Gobierno de Aragón?
R.- Yo creo que fundamentalmente ha sido la colaboración para la creación de este instituto (el Instituto Pirenaico de Ecología), que no es sólo labor mía. Aragón tiene un defecto de estudios de ciencias naturales y la Universidad vive de espaldas a la montaña. Los veterinarios no saben ni qué es un rebaño, siempre ven animales de cuadra. En Zaragoza ¿cómo se puede ver un rebaño? Es imposible. Se están haciendo cosas pero demasiado teóricas. Se estudia todo desde un punto de vista económico lejano a las preocupaciones ecológicas. Una consecuencia es una economía mercantil-urbana y, desde ella, interpretar el mundo de la montaña es casi imposible. Tal vez la UNED pueda cambiar esto. Otra de las razones por las que me han dado el premio puede ser ésta, porque enfoco la cultura desde el punto de vista ecológico. Siempre he tratado de ser una especie de revolucionario para conservar.

P- ¿Cómo se ve el Pirineo desde su trabajo de botánico?
R.- Pues es una maravilla porque recibe todas las influencias. Por un lado el Pirineo Atlántico, con la influencia del mundo oceánico y un clima regulado por la humedad atmosférica. Luego el Pirineo Central con climas muy contrastados y una continentalidad enorme y después otra vez la influencia oceánica producida por el Mediterráneo. Este clima marítimo es una cosa que he vivido desde pequeño; son vivencias que he intentado expresar de manera científica. Entre estos extremos, cada valle guarda su peculiaridad.

P.- Empresas de aventura, turismo blanco pero también pastores y agricultura. ¿Es posible la convivencia o las nuevas actividades acabarán por modificar el Pirineo tradicional?
R.- Lo peor es el abuso. Ahora cada vez hay menos pastores y éstos conocen peor su oficio. No sé si sabe que en la Peña Montañesa ya se han despeñado los rebaños en dos ocasiones desde que yo estoy aquí. Los veterinarios dicen que las ovejas viejas no valen y las jóvenes no saben vivir aquí. Cuando hay tormenta se asustan y se despeñan.

P.- ¿Qué diferencias encuentra usted entre la vertiente francesa y la española del Pirineo?
R.- Aragón ha sufrido la despoblación de una manera tan brutal que se ha desmoronado el mundo rural. Existe un contraste enorme con, por ejemplo, Lescún, donde los prados están bien segados respecto a Echo donde los prados ya no se siegan porque se han ido los jóvenes y los viejos ya no pueden. Aquí no hay vida rural pero Francia la ha cuidado más. Lescún es el valle más maravilloso del Pirineo desde todos los puntos de vista. Un mundo plenamente rural es inconcebible en esta vertiente. Aquí se ha desmoronado. Y el Pirineo no se conservará sin su gente.

P.- El Gobierno de Aragón dice trabajar en una futura Ley del Pirineo que arbitre y ordene el desarrollo de la montaña. ¿Cree que es necesaria? ¿Qué aspectos debe considerar?
R.- Yo no soy político, sólo sé de plantas, pastos y bosques. Ahora bien, lo primero es revitalizar los pueblos abandonados. No se puede presentar un Pirineo moribundo. Esto es impresentable y Aragón se tendría que avergonzar. En cuanto al desarrollo urbanístico, lo que es rural debería ser inedificable. Lo que hay que hacer es conocer la dinámica que ha tenido el Pirineo y aprovechar lo que había ya y el turismo rural -que yo llamo integrado- debe contribuir a organizarlo. El Pirineo está desorganizado desde el punto de vista paisajístico y abierto a la especulación. Los que vienen de lejos no se integran, quieren sacar dinero y no implicarse. Quienes vengan de afuera tienen que aliarse con los de aquí, que, a su vez, deben dignificarse. Si la gente del Pirineo recupera su prestigio, sus hijos se quedarán. Eso es lo más urgente.

P.- Un parque nacional acaba por concentrar más turismo del que puede acoger. ¿Puede el territorio convertirse en víctima de su propia protección ?
R.- Hombre claro. Hay que utilizar los parques nacionales para organizar el pre-parque. Los pueblos del entorno participan cada vez más en la gestión del territorio pero muy lentamente. Si se favorecen las actividades tradicionales del parque, se dispone de un instrumento para trabajarlo sin destruir nada y mantener lo que hay.

P.- ¿Cómo se explica el rechazo que suscita entre los lugareños la aplicación de figuras de protección en sus términos municipales?
R.- El problema es lograr que sean quienes viven allí los que ayuden a organizar la protección. Es tan fácil que hay que intentarlo. Si desde Zaragoza, Madrid o Huesca se toman decisiones sin contar con los que viven aquí, no sirve para nada, ningún parque es viable. El ordeno y mando es para otras cosas, no para esto.

P.- ¿Cree que la protección del paisaje es algo necesario o es la forma que tienen los políticos urbanos de combatir su estrés?
R.- La montaña tiene una serie de condicionantes que hay que tener en cuenta: no se puede prescindir de la dinámica natural. Se pueden preparar sitios para pasear a la gente y otros preservarlos más. Los paisajes ya están protegidos por los parques, porque un objetivo de éstos es preservar los paisajes. Las leyes deben ser elásticas pues cada monte tiene sus problemas. Sant Maurici no tiene nada que ver con Ordesa, son dos cosas distintas.

P.- El turismo de nieve parece que se impone como una "necesidad económica" y como medida inexcusable de progreso en los valles altoaragoneses ¿Existe un modelo de desarrollo alternativo?
R.- Un esquí que conviva con la ganadería es lo interesante. Es más, tendrían que ser los habitantes del país quienes en invierno se organizaran de tal manera que fueran monitores de esquí. El camino está por ahí, hay que reducir al mínimo las inversiones de fuera. Respecto a los grandes dominios, como naturalista no me gustan pero es difícil opinar en temas que mueven tanto dinero e intereses. Sí es necesario crear un nuevo mundo rural. Los grandes imperios se han hundido todos estrepitosamente, en cambio las culturas de tipo griego en islas pequeñas que resolvían pequeños problemas y se unían dando la gran cultura, son las que han perdurado más.

P.- Pero quizás esto, en los tiempos de globalización y uniformación que vivimos, es imposible. Se ponen muchas trabas para que perduren y se desarrollen…
R.- La montaña es un ejemplo: cada valle tiene una manera de ser pero se les hace la vida imposible; se quiere que vivan como nosotros. Estas pequeñas culturas podrían vivir si se dignificaran y fueran apreciadas como merecen.

P.- A los políticos les gusta decir que si las cosas se hacen bien no tienen por qué dañar el medio ambiente.
R.- ¿Si se hacen bien? ¿Y quién sabe desde la ciudad lo que está bien hecho en la montaña? En cambio los que siempre han vivido allí son los que podrían opinar. Lo más urgente es educar a los de la montaña para que sepan lo que hay que hacer. El respeto a la propiedad y a los que viven en el medio rural es esencial. La ecología es la ciencia de los límites, la que dice hasta dónde se puede llegar y hasta dónde no. Sabiendo hasta dónde podemos llegar sabremos qué podemos hacer.

P.- La falta de sustitutos para los pastores y agricultores actuales es patente ¿Qué posibilidades tienen los usos tradicionales, en tanto que mantenedores del paisaje en el futuro de estas montañas?
R.- Es esencial que quienes viven aquí y son propietarios o hijos de propietarios vean que tienen un porvenir. Que se les dignifique y se les eduque para eso. Entonces viene un problema difícil: ¿qué escuelas hacen esta labor? Es un problema de educación. Primero hay que definir lo que es cultura. Cultura es saber vivir en grupo. No es lo mismo eso que los frutos de la cultura (la música, el arte…). Para saber vivir en grupo hay que aprender y hay mecanismos naturales de transmisión cultural. El principal está en la madre y la familia y antes eran las casas rurales, que el derecho foral aragonés protegía porque era una unidad esencial. Tal como está organizada ahora la escuela necesita del sábado para transmitir una especie de "escultismo ganadero de montaña" a los jóvenes de aquí. Es necesario que conozcan sus montes, que practiquen excursionismo y que vean a los pastores que tienen sus rebaños allí. Luego aunque vayan a Zaragoza a estudiar siempre tendrán aquí sus raíces. El vivir en un ambiente rural no se improvisa, la cultura se mama. Antes la vida era dificilísima y ahora que todo es más fácil se ha ido la gente porque a los chicos no se les ha educado para vivir aquí. Para vivir en la montaña hay que vivir de la montaña, no del cuento. Frente a esto el turismo es el "demonio". Tanto dinero fácil ha suprimido el estímulo. Un sistema natural se organiza si está sometido a tensión; sin ese estrés no hay organización ni hay nada.

P.- El medio físico marca a las personas, moldea su forma de ser y de vivir ¿Ha visto usted durante estos años una cultura pirenaica?
R.- Existen muchas, no una. En Bestué tenemos una cultura de tipo Mediterráneo que sube por el Cinca. Esos pueblos están abancalados, es mentalidad de agricultor mediterráneo que no concibe el cultivo sin una labor de arado. En cambio pasas al valle de Tena y ya ves pastos que necesitan un buen pastoreo, no necesitan ser labrados. Si el hombre quiere adaptarse a ambientes variables debe variar hasta culturalmente. Esto, que parece dificultar el progreso, lo acelera. Pienso que unir la adaptación manteniendo su personalidad es un signo de progreso. Es más, es la esencia de la Constitución Española, que es regionalista.

P.- ¿Cree que se puede llegar a conocer las montañas sin necesidad de subir a sus cimas?
R.- La montaña es todo, desde arriba hasta abajo. La gente que las sube debe ser consciente de que es un medio delicado. Sobre todo es importante hacerlo a pie. En Andorra existe una montaña (el pico Casamanya), que es mi favorita a la que he visto subir en moto. Las motos y "todo terrenos" deberían ir por su sitio. La montaña hay que verla a pie.

P.- Por último, ¿qué futuro le aguarda a la cordillera pirenaica?
R.- Habrá una reacción. Los protagonistas tendrán que ser los de cada valle y deberán ser solidarios unos con otros. Hay que buscar maneras de entretener a la gente, como los paseos a caballo, que permitan compatibilizar ocio y ganadería. El hombre es otro tipo de ganado y al ganado urbano que no sabe vivir ni aprovechar la montaña hay que "domesticarlo". La organización no ha sabido evolucionar en la montaña pirenaica. Para el político es más fácil ayudar en lo que ya funciona, sin embargo él quiere hacer "su cosa", cae en un personalismo negativo. Para recuperar el Pirineo es necesario usar lo antiguo adaptado a lo moderno.

Ánchel BELMONTE