PROBABLEMENTE nunca fotografiada antes" decía el pie de foto. La imagen mostraba una salvaje aguja de roca con vetas de hielo, "Valle de Arwa, India", por Harish Kapadia. De nuevo ese nombre, una señal prometedora. Harish vive en Bombay y se dedica a explorar y escalar las paredes poco visitadas del Himalaya indio que tanto me atraen también a mí.

 

Arista infranqueable | Adiós a los gatos | Un péndulo complicado | ¿Qué pico es ese? | Los trámites del acceso

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El valle está a un par de días de camino hacia el norte, desde el templo sagrado de Badrinath en el Himalaya de Garwhal, y cerca de la frontera china. La aproximación, por donde las autoridades indias llaman "la línea interior", puede ser un reto tan grande como la propia escalada. Aquí, las expediciones son sólo para los que estén capacitados para superar con éxito la ingente cantidad de trámites burocráticos. A cambio, ofrece sus recompensas: montañas vírgenes que, a mi modo de ver, hacen que merezca la pena correr todos los riesgos necesarios.

 

Los trámites del acceso


EN abril de 1999 éramos cuatro dispuestos a partir. Yo escalaría con Steve Sustad, mi compañero en las aventuras himaláyicas desde hace tiempo. Crag Jones y Kenton Cool nos acompañaban. Formábamos un variopinto equipo, unido por la escalada.
El policía que nos detuvo en el pueblo de Mana se mostró educado pero firme: "Lo siento, tus porteadores no tienen permisos, tienes que solicitarlos en el subdistrito de Joshimath". Ir hasta allí me supondría un día entero y, por supuesto, el teléfono no funcionaba. Tras mucho discutir, Nazzum, nuestro oficial de enlace, acordó que bajaría a Badrinath, y telefonearía desde allí. Total, que cuando pudimos obtener la luz verde, ya habíamos perdido un día entero.
Dos días después volvieron los problemas, pero de otro tipo. Nos habíamos centrado tanto en resolver las dificultades burocráticas que dejamos de lado el tema de la geografía de la zona. Según nuestros mapas, el lago de Arwa era el lugar adecuado para montar el campamento base pero ¿dónde estaba? es más, ¿dónde estaban las montañas que habíamos venido a escalar? Yo había imaginado que serían fácilmente localizables, que se levantarían en todo su esplendor desde el valle de Arwa, un valle de fantasmas en la mitología india. Pero todo lo que podíamos ver era una cima espectacular que sobresalía de una gran arista que delimitaba el valle. Según las fotos, no había que cruzar ninguna arista para llegar a pie de pared. Mientras Crag y Kenton intentaron sin éxito convencer a los porteadores para que siguieran (se les había agotado la comida) hasta que decidieron establecerse en el único lugar que pasaba por un aceptable campamento base. Steve y yo, con un pequeño grupo de porteadores, intentamos hacer una avanzadilla por nuestra cuenta. Pero se quedó en el intento, con lo que el día acabó con todos nosotros y el material en el mismo lugar. Ya ningún porteador quería continuar, sólo nos quedaba pagarles y unirnos al campo base de Crag y Kenton.

 

 

¿Qué pico es ese?

 
STEVE y yo subimos a la arista que separaba el valle de la pared que habíamos vislumbrado el día anterior. Para nuestro alivio, el descenso de la arista para alcanzar la base de la pared no parecía demasiado complicado. En vez del pico aburrido que yo había temido encontrar, se erguía frente a nosotros una montaña orgásmica sobre aquel glaciar sin nombre. Pensamos que sería la Aguja Arwa, vista desde un ángulo diferente, pero, fuese cual fuese, era para nosotros. De vuelta al campo base, comenzamos a urdir el plan.
Nos llevó dos días trasladarnos del campo base a un collado al pie del espolón norte de lo que ya habíamos decidido que era la Torre Arwa. Sobre nosotros se alzaba la cara noroeste, que con sus bandas de nieve, nos pareció la opción más adecuada. Observamos varias secciones que desde abajo parecían de difícil solución. Este pico no nos iba a entregar su virginidad fácilmente. Crag y Kenton también se habían venido al collado. Ya habíamos confirmado la ubicación de los dos picos que habíamos venido a escalar, con lo que ellos partieron hacia la Aguja Arwa, oculta hasta entonces.
El tiempo era bueno, pero no podíamos decir lo mismo del terreno. La delgada superficie de hielo se rompía cada pocos pasos dejándonos caer en un mar de nieve sin fondo . La energía que gastábamos para volver a pisar algo firme era increíble. Crag y Kenton tomaron la sabia opción de quedarse un día más donde estaban hasta la mañana siguiente, mientras que Steve y yo nos obstinamos en seguir arrastrándonos hasta llegar al pie de la pared, cuyo aspecto nos iba pareciendo más terrorífico según nos acercábamos.
Lo bueno de aquella vastedad blanca que cubría la base de la pared es que no hubo ni una sola disputa de por dónde empezar. El espolón que limitaba con la arista norte proporcionaba el único acceso posible.

 

 

 

Un péndulo complicado

 
LA fisura se ha volatilizado". Steve se mostraba inusualmente negativo. Estábamos a menos de 5 largos del suelo y escalaba una fina fisura o al menos, lo que parecía serlo, hasta que se le acabó. El sol pegaba directo en la pared y yo, confortablemente calentito, me encontraba con el ánimo idóneo para darle ese apoyo moral tan inútil cuando escalas de primero en una situación límite. "¿Qué tal una travesía hacia ese nevero de tu izquierda?", le sugerí. Rudas imprecaciones me llegaron de arriba, con lo opté por seguir absorbiendo el escaso sol del Himalaya. "Veré si puedo poner un buen clavo del que pendulear". De pronto, el aire se llenó de un cuerpo volátil. Un zumbido, un silencio y luego una sarta de obscenidades.
Steve volvió al tajo y, una hora y media después, cuando ya la sombra empezaba a hacer que mi temperatura corporal bajara vertiginosamente, vi que por fin había puesto un clavo al final de la fisura. "Voy a tensar la cuerda". Todo tenía una pinta terriblemente precaria. Por suerte, mi papel se limitaba a sujetar el cabo. Me di cuenta de que Steve había dejado su mochila de ataque colgada de aquel clavo. Para mí, iba a ser un problema cargar luego con ella pero, dadas las circunstancias, no podía quejarme. La tirada fue desesperante para Stephen. Cuando al fin acabó, subí con la seguridad de la cuerda por arriba, aunque cargado con dos mochilas. En la reunión, nos dimos la mano porque eso es lo que los ingleses hacen en estas situaciones. Steve, nacido en América pero residente en Gran Bretaña durante años, es casi inglés ya.
Normalmente, vamos alternando el ir de primeros en las vías largas. Aunque nuestro nivel es bastante similar, algunas veces Steve encabeza los largos de artificial, aunque no sea su turno, y yo los de mixto. El largo que me tocaba parecía corto pero salvaje, una fisura ciega difícil de proteger que conducía a lo que desde abajo parecía una repisa. Estaba cansado, pero no quería catalogar un tramo difícil de "artificial" y cederle el paso a Steve. Por otro lado, la perspectiva de una posible repisa me proporcionó fuerzas extras.
En estas escaladas himaláyicas, los vivacs no planeados suelen ser fríos e incómodos, por lo que me animaba la idea de cambiar una noche, en potencia atroz, por el lujo de una repisa. La verdad es que ésta no era precisamente de 5 estrellas, pero al menos cabíamos tumbados. Me metí en la funda, mientras Steve se las apañaba con las labores culinarias. Nuestras necesidades alimenticias no habían sido atendidas con excesivo esmero desde que salimos de casa. En la última expedición, habíamos sobrevivido 14 días a base de puré de patatas y fideos. No era exactamente la dieta más completa del mundo, pero Steve aseguraba que contenía todos los nutrientes necesarios. La verdad es que subsistimos, con lo que en esta ocasión no hubo disputas acerca de la alimentación. Puré de patatas y fideos estaría bien. Pero teníamos un pequeño problema: no habíamos encontrado puré de patatas en todo Delhi. ¿Lo habríamos traído de Inglaterra la vez anterior? Ninguno de los dos nos acordábamos. En otra expedición que hicimos en 1993, habíamos recurrido a las papillas de bebé para alimentarnos. Aquella vez funcionó, así que no había más que hablar. Alternaríamos fideos con papillas. Con el paso de los años, Steve cada vez estaba más de acuerdo con la opinión de Nicki, mi mujer: Yo no estoy capacitado para los trabajos de cocina. Mis competencias en la montaña se limitan a recoger nieve y derretirla. Así que a Steve le tocó el trabajo técnico de cocer los fideos y mezclar la papilla. Mientras saboreaba una papilla naranja "sabor melocotón" me prometí acordarme de comprar puré de patatas la próxima vez.

 

Adiós a los gatos


POR encima nuestro, la roca se alzaba vertical y lisa. Quizá con buen tiempo y pies de gato, habríamos disfrutado de una magnífica escalada libre, pero la mañana nos había deleitado con copos de nieve y nuestras pesadas mochilas, botas duras y material de hielo nos dirigían claramente a buscar las vetas heladas para subir. Steve se había subido sus pies de gato, pero las condiciones meteorológicas le convencieron para atarlos y dejarlos caer hasta la base, donde las recogería tras la escalada, liberando así peso innecesario. Por supuesto, no volvió a verlos.
Las vetas heladas resultaron un fraude, lo que parecían sólidas líneas de hielo no eran sino nieve polvo. Las puntas de mis crampones arañaban la roca proporcionándome una total inseguridad. "¿No puedes meter nada?" me preguntó Steve. O yo parecía tan inseguro como en realidad estaba, o Steve estaba imaginándose el impresionante péndulo que haría si resbalaba cuando viniera de segundo.
Continuamos. Alguna línea ocasional de hielo nos proporcionaba seguridad, pero en general era una escalada expuesta y lenta. Me preocupaba que, si algo se complicaba, sería difícil rapelar en línea recta. Empecé a pensar dónde pasar otra noche. Encontrar una nueva repisa era del todo improbable. Debo de estar haciéndome viejo, no recuerdo tener estos sentimientos hace 10 años. Antes, sólo me preocupaba por escalar y cuando se hacía de noche, sin más cavábamos un agujero en el hielo y a dormir. Quizá precisamente fuera ése el problema, aquí no había ninguna garantía de encontrar un tramo de nieve lo suficiente grueso como para cavar una repisa en la que dormir, y la idea de pasar la noche de pie en un escalón de nieve, colgando de una reunión minimalista no me atraía en absoluto.
Al final de la tarde poco había cambiado. Tras un par de largos especialmente excitantes por unos finos hilos de hielo, llegamos a una zona sin ninguna salida evidente. Sin poder evitarlo, volví la mirada hacia los tres tornillos de hielo de la reunión. La mitad de su longitud sobresalía del hielo. Probablemente aguantarían una caída, pero la verdad es que no inspiraban nada de confianza. La zona en cuestión era una placa de unos 20 m salpicada de hielo transparente. Unos bolts (seguros de expansión) nos habrían solucionado el problema, pero tanto Steve como yo tenemos una ética firme acerca de este tema. Los espits pueden resolver casi cualquier problema de protección, son aptos para cualquier tipo de roca o de lugar. Destrozan el espíritu tradicional del alpinismo. En cualquier caso, ni siquiera los habíamos traído. Cuando estuviéramos abajo, podríamos afirmar que habíamos afrontado plenamente el reto de la pared; pero en este preciso momento, lo único que yo sentía era miedo.
Estábamos ganando altura y ya podíamos ver por debajo nuestro alguno de los picos más bajos. Mirando hacia el noroeste, se nos llenaba la vista de atrayentes picos nunca escalados. Había suficientes para unas cuantas generaciones todavía. Nos aproximábamos al último tramo de la montaña y las condiciones cambiaron, adjudiqué al viento que soplaba en la cresta y a las bajas temperaturas el repentino cambio del estado de la nieve. Steve encabezaba el siguiente largo, una pala de unos 60° con bastantes resaltes de roca. Yo me sentía cansado (agotado más bien) y aún no sabíamos dónde dormir. Montó la reunión y tiró de mí.

 

Arista infranqueable


NO nos quedaba más remedio que vivaquear donde estábamos. Los desplomes de arriba nos proporcionarían una cierta protección. Steve se las apañó misteriosamente para cavar algo parecido a una repisa, y en seguida se puso a remover la papilla. Luché contra las arcadas mientras contemplaba cómo caía la nieve y disminuía la visibilidad. Agradecí estar lo suficientemente alto para no temer a las avalanchas. Hubo un tiempo en el que cuando se combinaba la oscuridad y el mal tiempo sentía verdadero pánico, pero después de años viviendo situaciones similares, el sentimiento se transforma en tranquila resignación. Era de esperar que el buen tiempo no fuese a acompañarnos toda la escalada.
Las cosas habían mejorado sensiblemente por la mañana. El sol iluminaba intermitentemente la cresta cimera. Nos pusimos en marcha. Hasta los largos verticales estaban recubiertos de una capa de inservible nieve polvo. El avance era lento, ya era tarde cuando superamos los largos anteriores a la arista. Había imaginado este momento tan esperado como un paseo hasta la cima. Es de comprender, pues, el casi desmayo que tuvimos al ver una arista que, aunque no medía ni 100 metros, era una especie de filo de cuchillo con sucesivas torres desplomadas. Al caer la noche, habíamos hecho un progreso mínimo. Al menos, encontramos una repisa de hielo en la que pudimos poner la tienda y meternos los dos, la primera vez desde que empezamos.
"¿Yahora, qué?" Steve estaba de pie en la arista, contemplando lo que nos quedaba por delante. Ambos miramos con esperanzas hacia abajo, por uno de los lados de la arista. Un rápel de unos 25 metros podría dejarnos en una especie de escalón de nieve, desde donde podríamos hacer una travesía y alcanzar de nuevo la arista, pasada la torre. Claro que había que tener en cuenta cómo desharíamos la maniobra. Jumarear es la operación que menos me gusta, pero no quedaba otra alternativa. Dejamos en el rápel una cuerda y seguimos hacia la cumbre. Era una de esas situaciones en las que todo se inclina al abandono, pero en el punto al que habíamos llegado, sentimos que nos debíamos una oportunidad.
Steve luchó con un desesperante largo por nieve podrida sobre placas de hielo, y de pronto, ya estábamos de nuevo en la arista. Fue difícil contener el júbilo. Lo que antes nos había parecido infranqueable, ahora se nos antojaba asequible. Incluso un rayo de sol comenzó a agujerear las nubes. Sólo 50 metros nos separaban de la cumbre. Nos embargó una especie de incredulidad cuando logramos sentarnos al final de la arista cimera, con una pierna a lada lado, maravillados ante el paisaje, sin acabar de comprender qué extraña fuerza nos había hecho emplear tanto esfuerzo en alcanzar ese lugar.
De vuelta en la tienda nuestra conversación volvió a la vida cotidiana. Steve estaba entusiasmado con su último diseño arquitectónico, mientras que yo disfrutaba molestándole con historias del fisco. Nuestras aspiraciones en cuanto a la escalada son bastante similares, nuestros modos de ganarnos la vida, no. Ambos contemplábamos la vasta extensión del plató tibetano. La variedad, sentenciamos, y en eso estábamos de acuerdo, es el mejor condimento de la vida.

 

 

Mick FOWLER
(Traducido por Eva Martos)
Croquis de la apertura en las páginas de Info.

 

 

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