Desnivel 156
Andrea Gallo

Desnviel Nº156
Noviembre 1999

Portada: Sílvia y Miquel en el C3 durante el descenso

 

 

AminBrakk.jpg (2661 bytes)
Treinta y dos días seguidos vivieron colgados Sílvia Vidal, Pep Masip y Miquel Puigdomènech en la cara oeste de esta montaña del Karakorum paquistaní, cuya cumbre aún permacecía virgen. En todo el mes 19 días nevó, y de ahí el nombre de su nueva vía, el ansiado sol que sólo brilló cuatro jornadas completas. Además del dominio de las técnicas de libre, artificial y mixto, requirieron una buena logística, aguante, imaginación y, sobre todo, mucha pasión.

Secciones>>Conclusiones previas | Coreanos en la vía de Jontxu | Nuestro bidón entra en crisis | Al tajo, por turnos | Al final tuvo que nevar.


     Sol Solet (1650m/A5/6c+/60º)
    Ya se sabe que una imagen vale más que mil palabras, pero hace días que trato de buscar las palabras apropiadas para relatar una aventura muy intensa, y a mi mente lo que más acuden son multitud de imágenes.

Imágenes anteriores, cuando todo eran planes e ilusiones. Imágenes del país, sus gentes, los amigos de viaje, la ascensión… E imágenes de la despedida. Porque tal vez el momento más intenso, donde todas tus emociones confluyen y se hacen patentes, es cuando empiezas a darte cuenta de todo aquello que has realizado. Cuando dejas la montaña, al volver la vista atrás en el último recodo del camino, la observas y retienes esa instantánea. Supongo que todo aquel que experimenta una vivencia fuerte y positiva, cuando hay que pasar página y volver a la rutina, siente una especie de ahogo. Una necesidad de aspirar el máximo de aire y observar por última vez.Y de ahí al recuerdo, un solo paso.

Todo empezó en junio de 1998 cuando Pep Masip y yo fuimos a Pakistán en busca de aquellas paredes y zonas inexploradas que habíamos oído describir a alguno de nuestros amigos. El deseo de conocer otras rocas y valles desiertos de gentes, nos llevó a realizar dicho viaje. En esa ocasión estuvimos escalando una aguja virgen (Brakk Zang), y tuvimos la oportunidad de observar nuevos objetivos, tomar fotografías y explorar la zona con miras a un regreso, en un futuro próximo. De todo lo que vimos, lo que más nos llamó la atención, y con diferencia, fue una inmensa mole granítica: el Amin Brakk. Un pedazo de piedra, que a finales del siglo XX seguía sin ser escalada.


Conclusiones previas

De la experiencia de ese verano, llegamos a la conclusión de que si volvíamos, y nos planteábamos escalar el Amin, debíamos de ser tres. Y no tan sólo por la envergadura de la ascensión, tanto a nivel físico como mental, sino por todo. En primer lugar por el país, en el que si vas por libre, como era nuestro caso, todos te reclaman y nunca sabes a qué atenerte. Había que hacer trámites, aunque pocos, y para ello hay que tener una gran dosis de paciencia y habilidad para sortear los obstáculos. En segundo lugar, por su cultura. El año pasado ya descubrí que una mujer no cuenta para nada. Hablas y nadie te escucha. Cuesta imaginarse qué se siente al andar por la calle en un país en el que las mujeres estaban escondidas y no se las ve más que de vez en cuando, y por supuesto bien tapadas. Allí las mujeres están, pero no son… En tercer lugar, por la toma de decisiones. Si uno dice blanco y el otro negro, siempre podrá haber quien lo deje en gris. Y en una escalada de estas características hay muchos momentos en los que hay que decidir sobre una actuación u otra. En cuarto lugar, e importante, por compartir la vivencia con un buen amigo: Miquel Puigdomènech. El año pasado pudimos comprobar lo duro que es estar dos personas solas en un campo base. Días enteros de mal tiempo, donde los juegos de cartas para dos son muy aburridos. Porque ni antes ni ahora tuvimos cocinero ni personal del país. Solos. Y así, por esos motivos, por esa pared, por esas experiencias anteriores y por muchas cosas más. Este verano regresamos a Pakistán.

"Nunca segundas partes fueron iguales" y esta vez toda la fase previa, para llegar al campo base, fue rodada. Conocíamos a mucha gente y eso nos hizo ir directos al grano. Pero aun así, llegamos al campo base (4.250 m) a los once días de haber aterrizado en Islamabad, la capital. Eterno, y más si se tiene en cuenta que la aproximación a pie sólo son dos días, que compartimos con los porteadores y con Josh y Anthony, unos amigos neozelandeses que iban a escalar el Brakk Zang. Gente de esa que te hace recordar que el escalar y el viajar forman parte de un mismo estilo de vida.

El día que llegamos al campo base, encontramos que había una expedición de coreanos que llevaban más de medio mes. Estaban escalando el Amin Brakk. Eran cinco y trabajaban en el más estricto sistema jerárquico. Repetían la vía que tres años antes Jon Lazkano, Adolfo Madinabeitia y José Carlos Tamayo intentaron, y que tuvieron que abandonar a causa del mal tiempo. Se trata del único sistema de fisuras continuado que tiene la pared. Y es que parece mentira que con tanta roca no haya más líneas lógicas.


Coreanos en la vía de Jontxu

Íbamos siguiendo su evolución gracias a un telescopio de los neozelandeses. Finalmente, como se les acababa el tiempo, los coreanos decidieron hacer un ataque final al estilo alpino. Una acción suicida, y más si se tiene en cuenta que sólo tenían dos días para llegar a la cumbre, y les faltaban aún unos 400 m. El poco tiempo real y la mala climatología hicieron que abandonaran tras haber abierto unos largos más que los vascos. Pero lo peor de todo fue que habían fijado más de 1.000 m de cuerda: todo lo que habían escalado, y que al bajarse, los dejaron allí. Abandonaron lazando el material, por lo que quedaron restos esparcidos por todas partes, con lo cual, cada vez que íbamos a portear a pie de vía, regresábamos con algún obsequio suyo.

Tras su marcha, nos trasladamos a vivir al campo base avanzado, situado en un glaciar a 4.575 m. Allí sucedió otro episodio también digno de mención. Una tarde vimos llegar a tres personas (tres chicos), con un inmenso petate. Cuando a la mañana siguiente despertamos, nos dimos cuenta de que estaban escalando, y que se encontraban a la altura de la cuarta reunión de los vascos, y por tanto del también intento de los coreanos. No nos podíamos creer que tras casi un mes en la zona, aclimatándonos, porteando, estudiando la línea e iniciando la ascensión (fijando), de la noche a la mañana hubiera alguien que en tan sólo dos o tres horas sobrepasara el punto máximo al que habíamos llegado. Cogimos los prismáticos y nos dedicamos a observarlos. Cuál fue nuestra sorpresa cuando vimos que subían "escalando en libre", pero con un puño autobloqueante puesto en la cuerda fija. Cuando hablamos con ellos nos dijeron que habían venido a escalar el Amin Brakk en libre. Queríamos saber si pensaban usar las cuerdas fijas para ello. Nos contestaron que sólo las iban a utilizar en la parte inferior de la vía, porque esos largos eran muy fáciles. ¡Bien!¿y?…


Nuestro bidón entra en crisis

Lo cierto es que durante el tiempo que transcurrió entre que los coreanos marcharon y éstos llegaron, sólo nosotros estuvimos ahí, y en ningún momento nos planteamos aprovechar las cuerdas de los coreanos para hacer cumbre. Porque lo importante, al menos para nuestras con-
sciencias, no era el qué sino el cómo.

Dejando de lado a los checos, que se fueron a vivir a la pared, vivimos un episodio bastante crítico. Teníamos un bidón situado al pie de la rampa inicial de nieve, en el que dejábamos el material personal cuando bajábamos de escalar-fijar. Un día, nos dimos cuenta de que éste ya no estaba en su lugar. Había rodado y se estaba hundiendo en un lago medio helado. Con unos palos y maña conseguimos sacarlo. Estaba lleno de agua, y todo lo de su interor mojado: cascos, arneses… Unos minutos más y ya no lo hubiéramos visto, y por tanto nuestra expedición habría finalizado de esta forma tan absurda.

A pesar de estas anécdotas y poco más de un mes de estancia en el país, el 8 de julio nos trasladamos definitivamente a la pared. Habíamos fijado cinco largos, tras escalar 250 m de nieve (hasta 50°). Los dos primeros días los empleamos en acabar de subir todos los petates: seis grandes y tres pequeños, que pesaban un montón. Pronto empeoró el tiempo y fue cuando los checos abandonaron la pared. Más o menos a la misma altura de los dos intentos anteriores. Marcharon sin sacar las cuerdas fijas, que sí usaron para rapelar de un tirón.

Nos habíamos quedado solos. No había nadie a menos de un día de marcha. Y así fue durante el resto del tiempo. Esa misma jornada la pasamos recluidos en la hamaca, y por la tarde, cuando amainó, decidimos salir a escalar un poco. Cualquier momento era aprovechable. Fue entonces cuando oímos un estruendo y al mirar hacia arriba, vimos una nube blanca que venía directa a la reunión. Hubo un choque contra la hamaca, y un bloque, probablemente de hielo, rajó el toldo y partió el tubo lateral de la hamaca en dos. Era martes y trece. Nunca he sido supersticiosa, pero ahora menos… porque el bloque cayó en la hamaca. Teníamos que repararlo con rapidez. Oscurecía y no teníamos dónde dormir. Pep-MacGuiver cogió unos estribos de los metálicos y, usando dos de los peldaños, le hizo un entablillado al tubo que además reforzamos con un cordino. Al toldo le pusimos unos buenos pedazos de cinta americana. Y así nos aguantó toda la vía. Esto ocurrió en el quinto vivac, e hicimos un total de treinta y uno. Treinta y dos días seguidos, sin descender de la pared.


Al tajo, por turnos

Y muchos os preguntaréis cómo se pasa tanto tiempo sin tocar suelo. Pues la verdad es que hay ratos para todo, como cuando uno está en casa. Porque en un mes puedes tener momentos de más y momentos de menos. Nos levantábamos, desayunábamos nuestros cereales y al trabajo. Al principio de la ascensión echamos a suertes el orden de escalada. Cada día había uno que escalaba, uno que aseguraba y el tercero que subía un petate, arreglaba el material, y a veces "descansaba". Aunque podía darse la situación de que se repitiera el mismo orden al día siguiente, porque no cambiamos de función hasta que el primero de cuerda acabara su largo. Seguíamos un cuadrante como el de las tareas domésticas en los pisos de estudiantes: si no terminas la faena, mañana te vuelve a tocar. El sistema parecía genial , pero tiene un inconveniente: el que asegura puede ser que sufra varios días seguidos de mal tiempo parado en la reunión. Y por este motivo, Pep padeció principío de congelación y Miquel también tuvo problemas, aunque más leves.

Y así transcurrían los días, subiendo y bajando largos en técnica de cápsula, montando campos en la pared. Hicimos un total de cuatro campos, el último a unos 5.500 m de altitud. En éste estuvimos diez días, tres de ellos totalmente parados a causa del mal tiempo, que fue constante. Las estadísticas lo demuestran: de los 32 días que estuvimos colgados 19 nevó, 4 brilló el sol y el resto estuvo variable. Más que el frío, lo peor era la humedad, y al no lucir el sol no se nos secaba nada. Estos últimos días, previos a la cumbre, fueron los peores porque la veíamos cerca pero aún no era real. Había que esperar, ya que la parte final de la vía estaba llena de nieve que al derretirse formaba grandes chorreras. Era como estar en una ducha. Hubo muchos largos que escalamos con mal tiempo, y supongo que eso fue parte del éxito. Queriendo aguantar en los momentos malos, acabamos escalando en los peores. Otro aspecto importante fue el llevar una buena logística. Habíamos estudiado muy bien la pared e intentamos calcularlo todo lo mejor posible. Y por eso empezamos a racionar la segunda semana de estar en la vía, aún sin saber que haría tan mal tiempo. El promedio de días claros que llevábamos hasta el momento nos hacía temer lo peor.

Arrastrábamos 218 litros de agua y comida para 28 días. Y como en una pared se suele comer poco, teníamos dificultades para racionar. Llegó un punto en el que todas nuestras conversaciones giraban alrededor de un mismo tema: la comida. Respecto al agua, no teníamos tantos problemas, porque aunque no había repisas, la nieve sí se quedaba en el toldo de las hamacas, de donde la recogíamos y fundíamos.

Habíamos pasado 30 días en la pared, y a esas alturas de la vía no podíamos intentar nada. Lo que hiciéramos debía ser definitivo. Esa madrugada el cielo estaba estrellado, pero el altímetro, que hasta el momento no nos había fallado, marcaba peor que los días anteriores, en los que estuvo nevando e incluso lloviendo. No sabíamos qué hacer. Retrasamos la hora de salida, pero al amanecer todo seguía igual. Remontamos los cuatro largos que teníamos fijados desde el último campo y, una vez allí, aún nos quedaban por abrir unos 200 metros, más el repechón final. Todo ello en mixto.


Al final tuvo que nevar

Aunque ese día nevó, no nos impidió disfrutar del poco rato que estuvimos en la cima a 5.850 m. A nuestro alrededor destacaban los gigantes: K2, Broad Peak, Gasherbrums… Acertamos con la decisión. pero aún no nos atrevíamos a celebrarlo. Sabíamos que la cumbre nos estaría esperando abajo, en el suelo.

Tardamos dos días en descender de la pared, y lo hicimos por la misma vía, con todos los petates y demás material. Rapelar implica muchas maniobras y muy mecánicas, que tienen sus riesgos. Porque el arrastrar petates por la pared puede provocar la caída de piedras. Sucedió. Además, cuando tiras de las cuerdas para desmontar el rápel, pueden engancharse en cualquier lugar. Y esto también sucedió. Con lo que hicimos un vivac de más para, al día siguiente, reescalar parte de un largo y desenganchar la cuerda.

Hasta aquí anécdotas y sensaciones. Faltaría lo matemático, los datos. Son éstos: vía Sol solet (A5, 6c+, 60°). Primera ascensión al Amin Brakk, en el Karakorum (Pakistán). Treinta y dos días de permanencia en la pared, 31 vivacs, tres meses de estancia en el país, 1.650 m de recorrido. Veintiún largos, la mayoría de 70 metros o más. 218 litros de agua, 84 liofilizados, 168 barritas energéticas, seis petates grandes y tres pequeños. Y un largo etcétera. Porque todo es calculable.

O tal vez no… Parte del encanto de un viaje y de una ascensión es la duda. La emoción del no saber qué puede pasar.

 

Sílvia vidal

 

 

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