Acaba de volver de Madagascar y, en estos momentos, está de gira por escuelas de Europa. Pero que a nadie le extrañe: de los 35 años que tiene, lleva 20 dando saltos por el mundo. Este asturiano pasó de la escalada clásica, a la libre y a la deportiva y, desde entonces, no se ha bajado de ninguna, ni de las paredes, ni del grado, ni de los bloques. Su paradero es incierto a cada momento del mes, pues, como bombero, sabe aprovechar su tiempo. Pero el destino es seguro: la buena
roca.
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 Blanco en 'Rosas para tu pelo', octavo asturiano aún sin encadenar.
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Aunque ahora nos parezca que ir a hacer búlder, sea lo más moderno, en realidad, no hemos inventado nada. Bien lo sabe Blanco, que ya en los primerísimos 80, cuando salían por Picos, se subían a todas las piedras que se cruzaban en su camino.
A pesar de que su patria querida, Asturias, siempre ha gozado de una gran tradición montañera, lo de su afición no le vino de familia, más bien de casualidad, pero desde que empezó tuvo claro que le
gustaba y, además, se le daba bien.
¿Cómo viviste los inicios de la deportiva?
Hasta el 83 no teníamos claro lo que era la deportiva, nos guiábamos por el grado de la UIAA. Empezamos a salir al Verdón, allí tenían la graduación francesa, con el 6a, 6b y nosotros los fuimos trayendo a España. Había gente puntera en Asturias, como Javier López, el Cura, (que equipó medio Asturias) Nacho Orviz o José el Pingüi, que ya se separaban de lo clásico.
¿Y cómo fue esa
introducción en tu tierra?
Empezamos a liberar las vías que tenían un punto de ayuda (A0), ya que veníamos del búlder y era lógico que buscáramos la dificultad. Al principio las vías de Quirós eran un entrenamiento para las paredes, pero luego se convirtieron en el objetivo. En Francia ya existían los primeros 8a y en Asturias sólo teníamos hasta 6c, pero evolucionó rápido. En el 84, surgieron ya los primeros 7a, y los 7b (“Pelegrino andante” y
“Quimo”) en el 86.
El mismo Blanco se encargó de encadenar los primeros 7b+, 7c, 7c+, 8a y 8b de Asturias. Claro que eso fue a la vuelta de su segundo viaje a EEUU, y es que, por poco que le conozcas queda claro que los viajes fueron, y siguen siendo, el eje de su vida. Pero sigamos con los inicios…
Tras el Verdón, realizaste junto a Nacho Orviz el primer encadenamiento en el día de las dos caras del Naranjo, ¿por qué las prisas?
Lo de ir rápido tiene ventajas e inconvenientes, llevas poco material y poca agua con lo que arriesgas bastante. No es que sea ni más fácil ni más difícil, son distintos planteamientos y, para nosotros, fue un reto. Cuando coges un nivel, te entran ganas de llevar la dificultad a la pared; por ahí
empezamos, luego vinieron las escaladas rápidas.
¿Cómo comenzó tu relación con el Picu?
Antes no había tantas vías, aunque ya existían la “Murciana” o la “Mediterráneo” y se estaba abriendo la “Sueños de Invierno”. Venían los murcianos a hacer cosas fuertes y, para nosotros, era una fuente de motivación. El Naranjo es mi lugar, aunque de escuela, estoy ligado a Quirós.
¿Cómo veías las aperturisas de los
murcianos?
Tenían su estilo particular, yo ni lo admiraba ni lo dejaba de admirar. Hay que reconocerles un papel importante, ellos abrían y los demás íbamos a repetir. Claro que antes repetir también era una aventura.
¿Era antes más difícil empezar a escalar que ahora?
Nunca es fácil. Nosotros buscábamos nuestro límite, que no existía en cuanto a grado, y los que vienen ahora han de seguir creando a partir de lo que hay.
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