La gran acogida que el parapente ha tenido entre los aficionados a los deportes aéreos se lo debe a la sencillez de su equipo. Puede transportarse en una mochila y basta con subir por una ladera hasta lo alto de un monte para lanzarse al vacío y volar.
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Gracias al parapente podrás realizar un sueño: volar
Foto: archivo Desnivel
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Tal y como lo conocemos hoy, el parapente es la consecuencia de una serie de impulsos que unos pocos dieron a una original manera de hacer paracaidismo, es decir, saltar con paracaídas desde la pendiente de una montaña.
La mecánica del vuelo comienza desplegando en ala en la ladera de una montaña o sobre un relieve con cierto desnivel. Tras una breve carrera cara al viento inflamos el parapente, y es precisamente en este momento cuando la tela adopta las características aerodinámicas de un ala, es decir, las de una estructura diseñada para volar. Unos instantes después, llega al momento decisivo: el despegue.
Ya no hay marcha atrás. Nuestros pies se separan de la tierra con más suavidad de la que hubiéramos imaginado. El aire en la cara, el susurro del viento relativo en nuestros oídos y los árboles, que cada vez más pequeños parecen quedarse definitivamente anclados en el paisaje, son las agradables sensaciones del vuelo. Después vendrá el aterrizaje, que como el despegue se hace cara al viento. Es suave, sencillo y se efectúa con los mandos de dirección que en todo
momento son controlados por la fuerza y destreza de nuestras manos.
El aterrizaje es la fase más delicada de todo el vuelo. A unos 30 metros del suelo se sueltan los frenos y se deja que el ala tome su velocidad máxima y cuando sólo faltan 5 para tocar tierra se aplican progresivamente los frenos para convertir toda la velocidad en frenada. si la maniobra se ejecuta correctamente, el piloto se encontrará parado a 50 centímetros del suelo.
La vela, o ala, posee un ángulo de ataque que se modifica con la subida o bajada de los mandos que en todo momento controlamos con nuestras manos. De esta manera, se puede aumentar o disminuir la velocidad del vuelo, de la misma manera que se gira a derecha e izquierda accionando los mandos que están conectados a la parte trasera del ala en lugar de a la delantera. El parapente, que como ocurre con todos los deportes aéreos debe ser enseñado en una escuela por
instructores reconocidos, es la consecuencia de una serie de impulsos que unos pocos dieron a una original manera de practicar el paracaidismo, es decir, saltando con un paracaídas desde la cumbre de una montaña. Comenzó a organizarse como actividad autónoma a raíz de una hazaña realizada el 27 de junio de 1978 en el macizo de Chablais (Alpes franceses) cuando tres paracaidistas demostraron que era posible hacer con todas las garantías de seguridad lo que sus
compañeros de salto consideraban una temeridad. Aquel domingo de verano, Jean-Claude Betemps, Gérard Bosson y André Bohn se lanzaron por la pendiente hermosa más inclinada que encontraron con sus paracaídas de precisión a la espalda. Volaron, o descendieron lentamente, según como se mire, hasta el fondo valle, 1.000 metros más abajo.
La técnica del parapente evolucionó tan rápidamente como el material. El resultado es que un equipo de parapente pesa, ahora, el doble de lo que pesaba en sus comienzos, pero es un tributo que es necesario pagar a la seguridad.
La "silla" del parapentista es un auténtico "sofá" para el piloto y no sólo le aporta comodidad, sino que incorpora elementos auxiliares activos y pasivos, tanto para el pilotaje como para la seguridad (protección lateral, y dorsal, sistema de airbag en la espalda), sin olvidar un hueco para albergar el paracaídas de emergencia.
Los primeros parapentistas se pusieron en la cabeza el casco de actividades que ellos mismos practicaban (de ciclismo, de escalada o de paracaidismo), pero en la actualidad, el diseño de un casco de parapentista se asemeja mucho a los integrales de los motoristas aunque algo más ligeros y con la posibilidad de albergar en su interior un sistema de comunicación por radio. Las botas no han evolucionado mucho y algunos utilizan botas de montaña flexibles, pero el calzado
específico posee una caña alta y una mayor capacidad de amortiguación en el talón.
La electrónica ha demostrado ser un valioso aliado de los parapentistas que incluyen en sus instrumentos de vuelo un altivrio, mezcla de altímetro variómetro que mide la altura respecto del suelo o respecto del mar, las velocidades de ascenso y de descenso mediante unos indicadores visuales y sonoros que, en caso de descenso demasiado rápido, por ejemplo, avisan al piloto mediante una señal sonora. Otros instrumentos imprescindibles son una brújula digital y un
anemómetro, que informa de la velocidad respecto del viento.
La utilidad y el mano de cada instrumento serán aprendidos por el piloto en el período de aprendizaje ya que éste incluye materias como la meteorología, la aerodinámica o la orientación.
Nuestro país, debido a su clima y geografía, es particularmente idóneo para la práctica del parapente. En la zona centro existen lugares privilegiados como la Muela en Guadalajara, Piedrahita (Ávila) Valladolid o Albacete. Castejón de Sos en Aragón, Berga, Ager el Montseny o Cingles del Bertí en Cataluña son lugares frecuentados por aprendices y pilotos confirmados. Siempre hay un lugar próximo para iniciarse en este deporte que nos brinda la posibilidad de volar
sin grandes artificios manteniendo el privilegio de disfrutar de la naturaleza desde otra dimensión.
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