En el Camino de Santiago se dan cita la mayoría de las claves
viajeras: descubrimiento, evasión, libertad e incertidumbre; la
ruta jacobea añade una más: conocer las huellas y comprender las
señales que durante más de un milenio han guiado a peregrinos y
viajeros de todo el mundo.Cada día, el Camino es un cúmulo de
sorpresas y de acontecimientos. La del peregrino es una rutina
penitente que a cada paso se descompone en sensaciones
imprevisibles que alientan al viajero a seguir un poco más, un
paso más, que le hacen cumplir el Ultreia del Camino.
La vida comienza muy pronto en el refugio de peregrinos.
Todavía es de noche y los ronquidos han dado paso a voces,
cuchicheos, tintineos de cacharros metálicos, quejas,
padecimientos y palabras de ánimo.
Son las cinco de la mañana y el bullicio es tremendo.
Parecemos una madriguera de sombras desconcertadas y contagiadas
por una extraña energía que nos obliga a funcionar desde muy
temprano. Estamos atrapados en un sansara insólito y poderoso que
nos lleva hacia el Finisterre, que alimenta cada paso y nos hace
seguir a pesar de los dolores, del cansancio y de las condiciones
climatológicas.
Con el jaleo del dormitorio comunitario del refugio es imposible
dormir y aprovecho la vigilia obligada para estirar algunos
músculos y curar las ampollas de mi compañera de viaje. En la
mayoría de los refugios el desayuno es el que cada uno se prepara
de sus propias provisiones, pero en este de Rabanal del Camino los
hospederos nos sorprenden con una mesa repleta de tazas de café
con leche, un enorme cesto de hogazas de pan, mantequilla y
mermelada, y todo por pura hospitalidad porque en los refugios no
se cobra, cada peregrino deja la cantidad de dinero que desea, la
que le aconseja su corazón.
Somos los últimos en dejar el refugio y comenzar a caminar
siguiendo las marcas amarillas que nos llevarán a Compostela.
Somos los últimos y todavía no ha salido el sol en el horizonte.
Para caminar nos ayudamos de un palo que hicimos ayer a cuchillo
junto a un enorme roble antes de llegar a Rabanal, según la guía
uno de los robles más viejos de España y otro de los árboles
sagrados de la ruta jacobea que veneraron los Templarios cuando
habitaron los Montes de León y miles de peregrinos durante
cientos de años.
Hay lugares en la corteza terrestre donde las fuerzas
telúricas realizan una unión cósmica con el resto de las
energías del universo, una especie de vías de escape, de canales
de comunicación entre el interior y el exterior, entre lo
terrenal y lo universal, entre la oscuridad y la luz, entre lo
conocido y lo desconocido que únicamente los iniciados son
capaces de descubrir. Estos lugares especiales son los que eligen
los eremitas y meditadores para sus retiros, los manantiales para
brotar, los monjes budistas para fundar sus monasterios, las
montañas para unir sus aristas, las brujas para sus aquelarres y
los indígenas animistas de cualquier parte del mundo para
celebrar sus rituales sagrados. El Camino de Santiago está
plagado de lugares y de símbolos que los peregrinos de todos los
tiempos han utilizado para rezar si es un templo, para descansar
si es un árbol, para beber si es un río, o simplemente para
mirar y sentir si es un paisaje.
Caminamos sin sombras por la carretera que sube a la Cruz de
Ferro. El silencio del amanecer es atronador. Los colores de las
nubes hablan de lluvia y no le gusta a mi vestimenta de peregrino,
hoy he salido a caminar en camiseta, pantalón corto y sandalias,
realmente como voy todos los días, y parece que la travesía del
Monte Irago va a resultar una auténtica penitencia.
En Foncebadón, el pueblo de los espíritus con cuerpo de
mastín, el sol se esconde definitivamente en la cúpula negra que
invade todo el espacio despidiéndose con un suave rayo de sol, un
reflejo luminoso tan frágil y delicado que únicamente sirve para
despertar compasión porque cuando llegamos al pie de la Cruz de
Ferro la lluvia me ha empapado totalmente. Subo la pirámide de
piedras tiritando, intento descubrir en el horizonte la silueta
del Teleno, la montaña mágica de los romanos, y sólo veo
sombras y lluvia a mi alrededor. Cumplo con la tradición jacobea
y como ofrenda dejo el as de oros de una baraja que ya nunca
estará completa pero que ha jugado su mejor mano.
Como no está el tiempo para contemplar el paisaje seguimos
adelante y enseguida comenzamos a escuchar, al principio muy
lejana, una música de cantos gregorianos que lentamente nos va
invadiendo y guiando. Entretenidos con la musiquilla llegamos al
origen de la cuestión, el refugio de Manjarín, la ´guaridaª de
un caballero templario reencarnado en Tomás, un tipo amable y
bondadoso que nada más vernos prepara un café con galletas junto
al fuego de la chimenea. En unos minutos nos quitamos de encima el
frío y vamos mirando furtivamente el interior del refugio.
Estandartes con la Tau de los Templarios; un altar con imágenes
medievales, un cáliz y una réplica de la espada de Jaime I para
realizar la oración de la mañana; estanterías repletas de
libros antiguos cubiertos de polvo; catres para dormir o
descansar; una cruz de madera en el centro de la mesa; y varios
peregrinos silenciosos fascinados con las historias de Tomás,
especialmente cuando describe el ritual que realiza todas las
mañanas en el Círculo Sagrado de los Templarios, un círculo de
piedras cerca del refugio por donde se comunican las fuerzas
telúricas con el resto del Universo. Es posible que los
hospederos de Laguna de Castilla tengan razón, y para llevar un
refugio en el Camino de Santiago hace falta ser un personaje
singular.
Con las sandalias calientes de la lumbre del refugio seguimos
haciendo Camino, seguimos buscando marcas amarillas, seguimos
mirando el horizonte de poniente hacia un destino que aunque
parece muy lejano está muy cerca, porque el final de todos los
caminos se encuentra en nuestro corazón.

Juanjo Alonso
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