No sería aventurado afirmar que el espíritu de George Mallory
encarnaba el sentir de toda una época de cultivados
exploradores de impetuosidad victoriana. Después de 75 años se
descubrió su cuerpo en busca de la solución a un enigma
histórico del alpinismo. ¿Por qué? "Porque está
ahí".
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Verano de las esperanzas marchitas | 1922, el
sentimiento de lo posible | 1924,
comienzo del mito | Punto
de vista:
Reinhold Messner
Por José L. Mendieta
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Foto del Everest tomada en 1924
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No sería aventurado afirmar que el espíritu de George Mallory
encarnaba el sentir de toda una época de cultivados
exploradores de impetuosidad victoriana. Después de 75 años se
descubrió su cuerpo en busca de la solución a un enigma
histórico del alpinismo. ¿Por qué? "Porque está
ahí".
Cuántos días caben en un minuto? En los de George Leigh
Mallory, una eternidad. Sus ojos contemplaron el Everest cuando
apenas nadie lo había visto, y desde luego nadie como él pudo subirse antes a sus deseadas faldas. A la salida de la I Guerra
Mundial, sus felices años 20 se desplegaron en tres
expediciones descubriendo palmo a palmo la montaña que quiso
escalar "porque está ahí", vestido con su chaqueta
de lana, dibujando en su retina una línea de escalada,
impregnándose del paisaje que le ofrecían las agujas del
mundo, el Cho Oyu, el Makalu, los Kangchenjungas que querían,
como el mismo Everest, seguir poniendo un poco de la Tierra
allí donde comienza el resto del universo. Su espíritu
inquebrantable le acompañó en las nieves del Chomolungma hasta
llevar su cuerpo a la muerte, como escribieron sus coetáneos.
Allí estaban sus energías, su fuerza vital, su capacidad como
alpinista, sus dotes de liderazgo. Tampoco pudo ni quiso irse al
remoto Tíbet sólo con su lado primario, el de hombre duro que
tenía que resistir cuanto le echaran, y dejar en Inglaterra su
yo emocional, la parte sensible que le llevaba a compartir
textos de Shakespeare con un compañero de expedición, o a
reconocer en las plantas, "que crecen como si les gustara
crecer disfrutando de la lluvia y el sol", la alegría de
la vida; ni tampoco las vívidas imágenes íntimas que
arrullaban su ser maltrecho cuando descendía de aquellos
agotadores e inhumanos glaciares y encontraba, bajo sus pies,
las mismas flores entre las que Ruth, su esposa, caminaba en
Inglaterra. Allí había quedado ella con sus hijos, y hacia
ellos, cualquiera que fuera la dirección de sus pasos, sentía
que se acercaba un poco más, sobre todo durante la marchita
expedición del 21. Puede que George Mallory careciera de la
fortuna de vivir sin contradicciones, pero, como un personaje
shakespeariano, con la intensidad de sus minutos otras vidas
construirían días.
Aunque Mallory sea al Everest como Whymper al Cervino, los
alemanes al Nanga Parbat, o los polacos a la sur del Lhotse, el
caso es que dos de las tres veces que le plantearon unirse al
grupo le costó tomar la decisión de aceptar. Dejar su trabajo
de maestro no le importaba tanto como abandonar de nuevo a su
familia, a la que apenas había visto a causa de la guerra, o
como el propio temor que provocaba la obsesión por el techo del
mundo en un espíritu que no se dejaba vencer como era el suyo.
Acabó siendo el único alpinista que participó en las tres
expediciones que se organizaron en los años 20, las tres
primeras de la historia. Fue entonces cuando se destruyó el
mito de la inaccesibilidad del Everest. Sobre él se construyó
el de George Mallory.

Comenzó a escalar por los árboles y siguió por los muros
de la casa de sus padres, la residencia de un cura de Chesire;
no se olvidó de incluir entre sus ascensiones tempranas algunas
montañas bajas y sin dificultad que tenía cerca. Por fin, en
1904, con 18 años, su tutor del colegio, Graham Irving, le
llevó a los Alpes y subieron al Mont Blanc, entre otros. Irving
tenía múltiples temores sobre la viabilidad de su proyecto
educativo, que le parecía como meterse en un campo de minas.
Reconocía, por un lado, que no estaba capacitado para guiar a
jóvenes por las montañas, pero aún le asustaba más que le
acusaran de corrupción de menores. Su primer temor se
confirmó, pues, cuando en 1909 decidió publicar sus
experiencias, le llovió la crítica. Y uno de sus enfrentados
era un escalador de mucho prestigio: Geoffrey Winthrop Young.
El nivel al que escalaba Young, compañero habitual de Josef
Knubel, no fue superado por los escaladores británicos hasta
después de la II Guerra Mundial. Al tiempo que comenzaba la
polémica con Irving, un amigo común le presentaba a Mallory.
Lejos de enfrentarse, surgió entre ambos una fuerte amistad. No
les unía sólo su visión casi mística de las montañas o del
movimiento en la escalada o el placer por cultivar el cuerpo,
también coincidían en literatura, poesía, dialéctica, y en
una visión idealizante y humanista del mundo. Young, que
llamaba a su amigo Gallahad en alusión al caballero del rey
Arturo, fue quien tuvo las palabras clave para inclinar a
Mallory hacia la expedición del 21. "Será una gran
aventura y vivirás experiencias únicas para la carrera de
escritor en la que piensas".
La vida del Mallory veinteañero giraba entre su círculo de
amistades de la Universidad de Cambridge, donde llevaba una
intensa vida intelectual; por ejemplo frecuentaba al denominado
grupo de Bloomsbury, y fundó y actuó en la Marlowe Dramatic
Society. Con Young, diez años mayor, se integró en el mundo de
los escaladores demostrando, por un lado, sangre fría ante al
menos un par de situaciones que podían haber sido mortales, y,
por otro, un arrojo que le causó alguna caída. Ésta fue una
crítica que se repetirá a lo largo de su carrera. Durante la
expedición de 1921 le acusaron de correr riesgos no deseados
con porteadores inexpertos. Para otros era una muestra de su
gran capacidad de liderazgo: sabía que la clave del éxito era
inundar de confianza a quien escalaba con él.

El verano de 1921 fue el de las esperanzas marchitas. Toda la
información que iba llegando con puntual retraso día tras día
hacía pensar que el hombre se había encontrado con la montaña
imposible.
Mallory fue siempre un peso pesado, dentro de un grupo de
exploradores de una gran personalidad, y un gran escalador, pero
no el más experto en altitud, ni tampoco tenía encomendada la
dirección de la expedición de 1921. El más experto era el
médico Alexander Kellas, amigo del capitán John Noel quien en
1913 se había colado con un pequeño grupo clandestinamente en
el Tíbet con la única intención de ver el Everest. Kellas,
por su parte, cada verano de antes de la guerra viajaba al
Himalaya, sin decir una palabra a los periodistas. Kellas murió
durante la marcha de aproximación y el papel de reconocer la
montaña recayó en manos de Mallory, quien no pudo contar con
una ayuda inestimable para tomar decisiones claves durante la
exploración. No fue una tarea sencilla: las relaciones con la
montaña no ayudaron, pues se embraveció constantemente, y algo
parecido ocurrió entre los compañeros.
En mayo, el grupo partía de Darjeeling, al norte de India.
La caravana tuvo que dar un gran rodeo ante la prohibición de
cruzar por el reino de Nepal. Por el borde oriental de Sikkim,
entraron en Tíbet y desde el norte avanzaron hacia el Everest.
Pronto, comenzaron a caminar fuera de cualquier mapa. El Tíbet,
que había seducido al disfrazado Noel, a Mallory le produjo
tanto desagrado como sus gentes, que ahora les escoltaban.
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Irvine y Mallory salen del Collado Norte, fue la última
imagen que se obtuvo de ellos |
La presión fronteriza entre China y Tíbet (los tibetanos
acababan de degollar a la mayoría de los chinos residentes en
su país) inclinaban al Dalai a buscarse amigos poderosos por si
sus vecinos contraatacaban. Además, un diplomático británico
estudioso de su cultura había labrado una relación de amistad
con Su Santidad. Ese trato fue fundamental para conseguir este
ansiado salvoconducto: "Que los funcionarios y jefes de
Pharijong, Kampa, Tin-ki y Shekar sepan que un grupo de sahibs
ha de venir a la montaña sagrada Chomolungma.... Présteseles
ayuda y salvaguardia... Ya se ha pedido a los sahibs que
observen las leyes el país cuando visiten Chomolungma y que no
maten pájaros ni otros animales, lo que afligiría mucho al
pueblo... Su Santidad el Dalai Lama se encuentra ahora en
relaciones muy amistosas con el gobierno de la India...".
En un primer momento guardaban la esperanza de poder incluso
escalar. Cuando consiguieron instalar su campamento base al
principio del glaciar Rongbuk, la expedición se desplegó en
tres grupos independientes. Mallory, primero, subió al collado
situado al este del Pumori, vio la aterradora Cascada del Khumbu
y decidió que por allí era imposible. Era mediados de julio.
Mallory ignoró la pequeña boca del glaciar este de Rongbuk.
Retrocedió y rodeó por el valle de Khampa. Desde allí, vio el
ansiado Collado Norte que daba acceso a la montaña y a sus pies
ese glaciar por donde debían haber entrado dos meses antes. Fue
el gran descubrimiento que ansiaban, pero les había costado
mucho esfuerzo y asumir riesgos por los que fue criticado. Para
entonces, septiembre estaba a punto de terminar.
Mientras, Howard-Bury, el jefe de la expedición, contra quien
Mallory había desarrollado una antipatía recíproca, exploró
el lado este de la montaña, el Kangshung, para darse cuenta de
que esa vertiente no era para ellos. Wheeler, el topógrafo
canadiense hizo un buen mapa del Rongbuk. La parte inferior
había sido cartografiada pero ningún alpinista la había
reconocido. Faltaba por saber cómo y dónde se debía, o mejor
dicho, se podía, colocar los campamentos.
Cuando se decidió llevar a cabo la expedición del 21, el
presidente del Alpine Club se comprometió con el promotor de la
idea, sir Francis Younghusband, a encontrar escaladores jóvenes
y capaces. De entrada le dijo tener a dos, George Mallory y
George Finch. Contó con el primero, pero el segundo fue
rechazado en el examen médico. Finalmente, tampoco hicieron
falta muchos buenos escaladores. Con uno, Mallory escalando las
palas nevadas de su Pico Norte o para encontrar el que
denominaron Paso del Noreste (Collado Norte) bastó. Aquella
expedición bastante tuvo con abrir un camino hacia la montaña
como para además ascenderla.
Sin embargo, en el fondo, ésa era la esperanza que se
abrigaba: una aproximación más rápida y un ataque brillante,
imperial. De hecho, cuando Mallory llegó al Collado Norte
después de tallar 500 escalones aún creía que al día
siguiente intentaría la cima. Mientras, en Europa, toda la
información que había ido llegando con puntual retraso a lo
largo de un verano hacía pensar que el hombre se había
encontrado con la montaña imposible. Para el alpinismo
británico, fue el "verano de las esperanzas
marchitas". Reverdecieron algo cuando Mallory encontró ese
paso, pero su cálculo de probabilidades era desalentador:
cincuenta contra una.

"En 1922 se tomó la decisión de intentarlo con y sin
oxígeno. Se construirían unos equipos fiables y ligeros. Los
equipos se fabricaron, eran tan ligeros como una mochila de 15
kilos y al final sólo dos no se habían estropeado."
Sin embargo, la medida del Chomolungma había sido tomada. El
acceso estaba franco: sus protectores, los lamas, hacían como
que creían que los occidentales iban en busca de sus dioses
blancos y sin enfadar a los propios. El Everest sería
ascendido, escribió Younghusband, porque el hombre crece en
sabiduría mientras que la montaña, aunque lucha con sus armas,
no aprende nada de la experiencia. Además, la historia de la
conquista de la altitud estaba del lado humano: "Hace
cuarenta años el hombre era muy humilde y no osaba pensar en
una altura mayor de 6.000 metros, veinte años después había
llegado a los 7.000, hace 10 llegó a los 7.500. La aritmética
muestra que detrás han de venir los nueve mil metros, y
entonces el Everest será vencido".
El cómo y el cuándo eran la incógnita. Y en esta nueva
dimensión, la expedición de 1922 iba a escribir la página en
la que se escala por primera vez por encima de los 8.000 metros.
No fue lo suficiente para el Everest, pero este récord de
altura refrendaba las teorías. Primero lo consiguió Mallory
sin usar oxígeno y después George Finch, el australiano
desahuciado de la expedición de 1921 por su físico,
utilizándolo. El endeble Finch podría incluso haber aportado
más cosas. Por ejemplo, él rechazó el uniforme oficial de la
expedición, los trajes de tweed (punto de lana) y a cambio
propuso utilizar -él así lo hizo- una chaqueta hecha de tela
de globo y rellena de plumón. Los demás rechazaron su idea.
Después de la II Guerra Mundial, entre otras mejoras, se
adoptará una indumentaria similar.
Más repercusión que el debate sobre la vestimenta, tuvo el del
uso de oxígeno. Ya entonces se crearon dos escuelas:
partidarios y detractores, respirar aire puro frente al peso de
los equipos. Se tomó la decisión de intentarlo de ambas
maneras, pero para ello se propusieron diseñar unos equipos de
oxígeno fiables y ligeros. Los equipos se fabricaron, pero eran
tan ligeros como pueda serlo una mochila de 15 kilos y al final
de la expedición sólo dos no se habían estropeado. Los
amantes de la montaña-ficción afirmaron que la expedición
habría tenido éxito si hubiera contado con un buen mecánico.
Además, los médicos afirmaban entonces que no se podía
vivir por encima de 6.000 metros, excepto descendiendo
frecuentemente. La expedición de 1922 derribó esa teoría al
pasar mucho tiempo a mayor altitud: acababa de descubrir la
aclimatación.
Si no se sabía bien qué sería más eficaz en cuanto al uso o
no de oxígeno, sobre la técnica de ascensión no cabía duda.
El método polar, diseñado por Longstaff, suponía establecer y
mantener una cadena de campamentos separados entre sí por la
distancia que un hombre podría recorrer en un día. El último
estaría situado a 600 metros de la cumbre, pues era ésta la
altura que se estimaba posible ascender durante el esfuerzo
final. El compromiso que acompaña a este método sería tildado
de nazi si no hubiera sido concebido por un británico. No se
trataba más que de una estrategia militar, como militares que
fueron todos los jefes de aquellas expediciones. Así lo
describe el capitán John Noel en Por el Tíbet al Everest:
"Cada avance, cada depósito construido ha de considerarse
como terreno conquistado a la montaña. Debe consolidarse y
defenderse, y ningún hombre debe abandonar nunca una pulgada de
terreno ganado, ni volver la espalda a la montaña una vez
iniciado el ataque. Una retirada tiene un efecto moral
desastroso. Si el grupo de hombres se ve combatido por
circunstancias imprevistas o el mal tiempo, debe defender su
puesto y avanzar de nuevo en cuanto la oportunidad lo permita.
La batalla está perdida a medias en cuanto un grupo asaltante
vuelve la espalda a la montaña. Ha de avanzarse sin cesar hasta
vencer".
Ésa era la pauta. Y el que estaba encargado de que se
respetara o permitir su transgresión en 1922 era el general
Charles Bruce. Él ya estaba al final de una carrera
alpinística que incluyó escaladas en solitario, o con
Younghusband, Martin Conway, A.F. Mummery, entre otros, después
de vivir 30 años en la India, de haber propuesto la primera
expedición al Everest en 1893 y haberse pateado innumerables
valles y montañas del Himalaya. Los personajes de la
expedición del 22 eran al menos tan increíbles como los del
21. Tal vez más escaladores. Repetía Mallory, estaba Finch,
Somervell, Norton, y como cámara e historiador le dieron su
oportunidad de ver el Everest al John Noel que nueve años antes
se había colado en Tíbet. "En mi vida me siento más
dichoso ni más fuerte que cuando estoy en lo alto de los
glaciares", contestaba Noel cuando alguien le preguntaba
sobre el sufrimiento del esfuerzo. También iba un no escalador,
Geoffrey Bruce, joven primo del general, con la misión inicial
de encargarse de sherpas y transporte.
La expedición de 1922 abrigaba la idea de ascender la cumbre.
Tan altas intenciones contrastaban con la necesidad de explorar
la parte inferior de la montaña. En 1921 Mallory había llegado
al glaciar este de Rongbuk por el collado Lakpa, ahora se tenía
que explorar alpinísticamente el acceso que había pasado
desapercibido el año anterior. Cuatro expedicionarios y varios
porteadores dirigidos por Longstaff, el explorador polar,
precisaron de 10 días de abril caminando sin tregua y durmiendo
al raso con 20 bajo cero para conseguirlo. Cumplieron su parte
del trabajo en equipo y quedaron fuera de combate por el
esfuerzo.
A Mallory también le llegó su turno. Junto con Somervell,
Norton y Morshead batieron el récord de altitud del duque de
los Abruzzos y durmieron, es decir pasaron una terrible noche
azotados por el viento, a 7.600 metros. Fue un intento sin
oxígeno con Mallory en cabeza tanto el día anterior, cuando
salieron del Collado Norte, como el siguiente beneficiándose de
su secreto, su método de respiración. Aunque era un buen
escalador de roca, él prefería la nieve, y en las ascensiones
alpinas había desarrollado una técnica que consistía en
respirar acompasando el paso de modo que conseguía inspirar
más aire. Ésa era la teoría, pues, en la práctica, no le
contó el cómo a nadie.
Mallory y su grupo, sin Morshead, llegaron a 8.000 metros y
regresaron. Evidentemente había que montar un campamento más,
y ellos habían salido sólo con sus víveres. Recogieron a su
compañero que se encontraba bastante peor que cuando lo dejaron
y a quien tuvieron que ayudar constantemente. Bajaron hasta el
Collado Norte adonde llegaron, después de haber saltado
grietas, tallado escalones y arrastrado sus culos, sin luz a las
once de la noche. Norton, con una oreja congelada. Morshead, con
mal de altura, le debía la vida a Mallory. Al día siguiente,
cuando continuaron el descenso, se cruzaron con Finch y Geoffrey
Bruce que subían con John Noel. Ellos sí usaban oxígeno.
Mientras Noel filmaba desde el Collado Norte, éstos
continuaron la ascensión atravesando hacia la derecha, hacia el
Gran Corredor, en lugar de seguir por la línea de Mallory.
Superaron en altitud la cota conseguida por su compañero, y de
repente el oxígeno de Bruce se atoró en su mecanismo. Finch
regresó a toda prisa antes de que cayera ladera abajo, y tuvo
que pasarle su tubo mientras intentaba resolver la avería.
Ahora era él quien no tenía oxígeno y se sentía morir. Se
acordó de que llevaba un adaptador en forma de T, lo acopló y
así pudieron respirar los dos del "aire inglés"
mientras el australiano, uno de los pocos expertos en manejar
las botellas, lo arreglaba. Hicieron un intento de proseguir,
pero a 8.300 m se dieron cuenta de que habían agotado sus
fuerzas.
La expedición se estiraba. Por arriba, Mallory y Howard
Somervell, su cómplice shakespeariano, eran los únicos que se
habían recuperado; junto con Crawford intentarían de nuevo la
ascensión. Por abajo, los damnificados por el Everest se
retiraban del combate para curar sus heridas: Finch, Longstaff,
Morshead, Strutt. Aunque, en principio, se habían planteado
continuar la expedición en otoño si no se tenía éxito en
primavera, la pérdida de efectivos no hacía presagiar que se
cumpliera. Además, un alud se encargó de tomar la decisión de
retirada: los tres sahibs se salvaron porque iban en cabeza
hacia el Collado Norte, pero mató a siete sherpas. Los lamas de
Rongbuk, complacidos en el cumplimiento de sus profecías,
añadieron un nuevo fresco a las paredes de su monasterio: entre
lo más terrible de la mitología tibetana, el hombre blanco
yacía desnudo derrotado por la diosa Chomolungma.

Mallory trabajó durante 1923 en la tarea de promocionar la
segunda expedición escaladora del Everest con su gira por
América. Allí, donde personajes influyentes opinaban que subir
esa montaña no sería más útil que dar patadas a un balón,
tuvo lugar un diálogo que pasará a la historia.
-¿Por qué escalar el Everest?, le preguntaron.
-Porque está ahí.
Su papel en 1922 no había pasado desapercibido: el mismo
día que había superado los 8.000 metros sin oxígeno salvó la
vida de Morshead; cuando el alud sepultó a los sherpas fue
quien conservaba energía suficiente para cavar en la nieve y
encontrar al único superviviente. Además iba a ser el único
que participaría en las tres expediciones. Sin embargo, ya con
36 años, se resistía a aceptar: su matrimonio, sus hijos, su
puesto de catedrático que acababa de obtener en Cambridge
tiraban para un lado. Su espíritu le llevó al Everest.
A los veteranos se añadieron jóvenes. Entre ellos Andrew
Irvine, de 22 años, además de ser un diestro mecánico de
aparatos de oxígeno, se había comportado de forma admirable en
dos expediciones al Polo. A estas virtudes y su atlética
constitución, oponía su inexperiencia en la montaña.
Los expertos eran Mallory, Norton y Somervell. Y lo tuvieron que
demostrar tanto tomando decisiones, sobre todo debido a la
enfermedad que contrajo el jefe Charles Bruce, como en la
práctica. Al igual que en 1922, se decidió acudir en primavera
e intentarlo sin tregua. Al igual que en 1921 el mal tiempo fue
persistente.
Precisamente durante un periodo en que arreció el temporal,
cuatro sherpas que estaban realizando abastecimiento en
condiciones muy duras, se quedaron aislados en el Collado Norte.
Al cuarto día, a pesar de que las condiciones de la montaña
seguían siendo funestas, los tres sahibs fueron en su rescate,
aunque la sensación general era que nadie volvería. Mallory
tuvo que reabrir la Chimenea, paso angosto y vertical que había
descubierto y equipado con una escala para evitar los aludes
mortales de la expedición anterior. Consiguieron llegar hasta
ellos, y tuvieron que bajar de noche ayudando en cada paso a
unos seres aterrorizados por haber pasado cuatro días a solas
con sus dioses enfadados. Rescatadores y rescatados se
desplomaron en cuanto vieron que desde el campamento base
habían salido en su busca.
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Descenso en 1922 Finch y Bruce son ayudados a descender
después de haber estado más altos que ningún hombre. |
Su regreso fue seguido de un periodo de descanso. Además,
nuevamente los aparatos de oxígeno estaban fallando. Se
hicieron dos grupos: Norton y Somervell, que se habían
recuperado mejor, lo intentarían sin oxígeno. Mallory e Irvine
esperarían unos días a que el primero descansara y el segundo
montara un par de aparatos más uno de reserva con restos de
aquí y de allá.
Somervell arrastraba una dolencia de garganta que le hacía
toser y le agotaba. Decidieron seguir un camino diferente al de
Mallory: en lugar de conectar con la arista noreste siguiendo la
arista norte, intentarían subir por el Gran Corredor, que en
adelante se conoce como Corredor Norton. Abrieron este camino
hasta 8.570 metros, y sin oxígeno. Como escribió John Noel, de
nuevo historiador cinematográfico de la expedición, se
demostraba que "al hombre le es posible alcanzar la cumbre
del Everest por su propio esfuerzo y sin oxígeno
artificial".
El turno de Mallory e Irvine comenzaba en palabras de Norton
"como una empresa desesperada". El propio Mallory
escribió: "La suerte está echada. De nuevo por última
vez avanzamos por el glaciar de Rongbuk en pos de la victoria o
de la derrota final". Lo hacía con sus últimas fuerzas,
después del desgaste sufrido. A juicio de John Noel, en cuya
tienda había permanecido sus últimos días en el campamento
base apenas sin salir del saco, no estaba en su mejor momento.
Noel Odel y Hazard les cubrirían las espaldas desde el Collado
Norte.
El primer objetivo de Mallory tuvo éxito. Instalar el
último campamento, el C6, más alto que nunca. Fue a 8.160
metros en las proximidades de la arista noreste. Una vez
montado, mandaron a los porteadores hacia abajo. Para el día
siguiente, partiendo desde tan arriba y con el temperamento
madrugador de Mallory, todos confiaban en que les daría tiempo
de llegar a la cumbre. Desde su nido de águilas fotográfico,
John Noel sabía cómo iban a proceder y les seguiría con sus
telescopios y cámaras. Miró y miró pero no encontró nada.
Noel Odell salió dos veces en su busca en dos días
sucesivos. Por dos veces, una sin oxígeno, subió hasta el C6
esperando encontrarles y no fue así. Él estaba convencido de
haberles visto llegar al Segundo Escalón, aunque cuatro horas
más tarde de lo previsto. Por ello estimaba que consiguieron
subir y que perecieron después. La última escena vista por
Odell constituyó el alimento de todos: "Toda la arista
somital y la cumbre del Everest se hallaban despejadas. Mis ojos
quedaron fijos en el pequeño punto negro que se recortaba en
una cresta de nieve situada debajo de un resalte rocoso de la
arista; el punto negro se movió. Entonces apareció otro punto
negro que se desplazó por la nieve hasta reunirse en la cresta
con el primero. Éste se aproximó entonces al gran escalón
rocoso y al poco apareció en lo alto; el segundo le imitó.
Entonces toda aquella fascinante visión se desvaneció, una vez
más, envuelta en nubes".
El deseo de la cumbre que los expedicionarios del 24,
herederos de los extraordinarios esfuerzos del 22 y del 21,
merecían se mantuvo vivo hasta 1933. Entonces, quienes llegaron
hasta la base del Segundo Escalón tuvieron que bajar para
contar lo inexpugnable que les pareció. Además, localizaron el
piolet de Irvine por debajo del Primer Escalón, perdido
lógicamente en el descenso. Así las cosas, no les podía haber
dado tiempo a subir y bajar, y Odell cambió su opinión.
Posteriormente, surgieron nuevas teorías que elucubraban sobre
una separación de los dos escaladores: uno de ellos, Mallory
habría llegado a la cumbre.
La primera ascensión del Segundo Escalón sucedió en 1960.
Una expedición china había decidido escalar el Chomolungma a
toda costa. Esta ascensión no fue creída en el ámbito alpino
occidental hasta que Chris Bonington se entrevistó con el jefe
de la expedición y vio los pies sin dedos de Chu Yin-hua. Para
escalar la losa de 3 metros de roca vertical del Segundo
Escalón, colocados sobre unos 30 m de nieve de 60 grados,
Yin-hua se quitó botas y calcetines. Aun así no lo consiguió
y sólo con un paso de hombros pudo superar la roca.
Posteriormente, en 1975, la segunda expedición china colocó,
además del trípode en la cumbre, una escalera metálica.
Óscar Cadiach, el primer alpinista occidental que repitió esta
mítica ruta en 1985, señaló que, aun con la escalera, la
dificultad que entrañaba superar este resalte era V°. Por
último, Conrad Anker, uno de los alpinistas del equipo que ha
encontrado el cadáver de Mallory, se quitó el oxíeno y la
mochila para escalarlo en libre por una línea fisurada, la
técnica que mejor dominaban en 1924. A esa altura su fisura
offwidth resultó un 6b, a nivel del mar hubiera sido un V°, ha
dicho Anker. En su descripción, el Segundo Escalón es algo
más grande que el de los chinos: 45 metros coronados por un
muro desplomado de 7 metros.
El misterio ha continuado vivo durante todo este tiempo.
Ahora, en 1999, 75 años después de la desaparición, su
cadáver fue encontrado en la línea de caída del piolet de
Irvine por una expedición de búsqueda. Con él, los medios de
comunicación de todo el mundo han realimentado una duda para la
ficción: quién fue el primero ¿Mallory en 1924 o Hillary en
1953? Quizá al protagonista de 1921, 1922 y 1924 le diera
tiempo a reconocer lo que hoy parece evidente y esté escrito
entre los papeles que llevaba consigo el último día de su
existencia en este mundo, o quizá no, pero los buscadores del
tesoro sólo lo darán a conocer en el libro que van a publicar
con la mismísima BBC. Entonces, tal vez, toda la energía que
el mítico Mallory y aquellas expediciones dejaron en la
montaña viaje al futuro sin que el peso de ningún enigma
impida ver su extraordinaria dimensión.

La ascensión interminable
Durante treinta años siempre soñé con ello: Mallory
alcanza la cumbre del Everest, sube y pierde la vida en el
descenso. Desde que en 1949 mi madre me leyó la historia de
Mallory e Irvine, a la luz de una lámpara de petróleo en un
refugio de montaña en Gschmagenhart en Dolomitas, me persiguen
estos héroes en sueños diurnos y nocturnos ascendiendo más
alto hacia ninguna parte, de donde nunca más regresarían.

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Retrato Marolly |
Ahora un equipo americano ha encontrado en el Monte Everest los
restos de George L. Mallory; congelado, con la piel blanca como
de mármol y con una pierna rota. Su vieja momia de 75 años
recupera el antiguo mito, abre nuevamente el debate: ¿ascendió
Mallory la montaña más alta del mundo en 1924?
Cuando el equipo de búsqueda dirigido por el escalador
americano Eric Simonsen notifica el 1 de mayo de 1999 que han
"identificado el cadáver de Mallory sin lugar a
dudas", todo el mundo piensa que la incógnita ha sido
resuelta. El congelado pionero yacía boca abajo entre las
rocas, con la espalda descubierta, blanco como la cera, con la
cuerda todavía alrededor de su torso.
A mediados de marzo había salido un equipo de once componentes
hacia el Tíbet, primero al campamento base del Glaciar Rongbuk.
Después, cinco de ellos ascendieron por la parte norte hacia su
zona de búsqueda. Su descubrimiento y sus fotografías son el
resultado de un trabajo bien planeado. Desde el CB, a través de
los prismáticos, Jochen Hemmleb seguía al grupo y dirigía a
los hombres a través de un walkie-talkie por la línea de
caída del piolet de 1933 hacia arriba. El estudiante de
geología de Frankfurt, conocedor de la mítica expedición de
Mallory, llevó a la avanzada por el camino adecuado. El
alpinista Conrad Anker divisó sobre una repisa de piedra a 8250
metros algo que primero parecían unas "extrañas líneas
blancas". Poco después reconoció bajo piedras y restos de
ropa el cuerpo blanco de un escalador muerto, cuyo pie izquierdo
se encontraba todavía en una bota de clavos bien conservada.
Tibia y fémur estaban rotos. En un bolsillo del cadáver había
una carta, era de la esposa de Mallory. En el cuello de la
camisa estaba bordado el nombre de Mallory, la prueba definitiva
de que Mallory había sido encontrado 75 años después de su
desaparición.
Pero la incógnita prevalece. Resolverlo a medias no es nada,
aunque todos quieran saber con "casi absoluta certeza"
que Mallory llegó al punto más alto y después se cayó. No,
la historia de la escalada no debe ser cambiada por ahora. La
sospecha de que los caballeros ingleses habían llegado a la
cima del techo del mundo en 1924 no se ha hecho más evidente
con este encuentro, sino que ha perdido fuerza. Sólo si hubiera
fotos del lugar más alto de la Tierra en la Cámara Kodak de
estos antiguos pioneros, existirían pruebas de lo imposible.
Aun así la ascensión de Mallory es un gran logro de los
principios de la escalada de altitud.
Los británicos, que habían llegado tarde al Polo Norte y al
Polo Sur, apostaron en los años veinte por el Himalaya. La
carga empezó en 1921. Una avanzada, con Mallory por delante,
llegó hasta el Collado Norte (7.000 metros). En 1922 regresó y
junto a Edward Norton y Howard Somervell penetró en la zona de
la muerte, muy por encima de los 8.000 metros.
Hoy en día se pueden contratar estas ascensiones en las
agencias de viajes. Mallory, en cambio, ascendió hacia lo
desconocido. Fanática, infantil y británicamente buscaba el
triunfo en el Everest a cualquier precio.
¿Por qué?
"Porque estaba ahí".
La noche antes de la salida Mallory e Irvine debieron estar
preparando los aparatos de oxígeno. Por la mañana a las cinco
salen de su tienda: buen tiempo, poco viento. El peso de los
aparatos de oxígeno: 17 kilos. A las 12,50h Noel Odell avista
al equipo de cumbre a través de un agujero entre las nubes.
Estarían en el Primer Escalón. Después está el Segundo, a
8.600 metros de altura, casi vertical, muy expuesto. No sólo
todas las expediciones británicas de antes de la guerra se
atascaron aquí, sino que en 1975 los chinos subieron a este
muro largas escaleras de aluminio, y con clavos las fijaron.
Esta y todas las expediciones posteriores utilizaron estas
ayudas de escalada y repusieron las viejas cuerdas fijas por las
suyas nuevas. El Segundo Escalón hasta el día de hoy no había
sido escalado en libre por nadie. ¿Cómo pudo Mallory haberlo
logrado con sus botas de clavos y 20 kilos de peso a la espalda?
Por cierto, al Segundo Escalón los ingleses llegaron tarde,
demasiado tarde. Hasta la cima desde ahí no hay dos o tres
horas, sino una eternidad.
Mallory debía estar descendiendo cuando se cayó de la Arista
Noreste. ¿Arrastró a Irvine con él? ¿O fue éste quien
arrastró al héroe?
Todo apunta a una caída. Seguramente también se acabó el
oxígeno. Y quien camina demasiado tiempo por la zona de la
muerte, y Mallory estuvo mucho tiempo allí arriba, se siente
como después de la anestesia, como si tuviera algodón en el
cerebro y parálisis en los músculos.
El muerto está bien conservado. Falta la máscara de oxígeno.
Las gafas de sol están en su mochila, ¿una señal de que el
accidente ocurrió al caer la noche? ¿o en el delirio? El mal
de altura no es un vicio incurable, sólo es peligroso. Este
final tampoco les sitúa en la cima, pero ¿quién sabe de
antemano cómo termina un intento así? Y el que no lo intenta,
ni siquiera puede fracasar.
Desde que ascendí el Everest en solitario, presentía que no
pudieron estar en la cima. Ahora lo sé. Pero su acción pionera
pertenece a los momentos cumbre del alpinismo. Lástima que no
regresaran con los vivos. Su espíritu se quedó allí, como si
su ascensión no acabara nunca.
Reinhold Messner
Traducción: Sven-Oliver Marx
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