Introducción
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de partida | Días
de la inocencia
En el Himalaya, el alpinismo encontró uno de sus grandes retos,
la conquista de la altitud, el que más ha calado entre el gran público.
Y en el Everest está el techo definitivo. Se suele decir que sus
8.848 metros son la altura máxima al alcance de las capacidades
humanas, pero probablemente esto no es cierto. Tan sólo habría
retrasado algunos años más su primera escalada y hoy serían menos
de 874 los alpinistas que han hollado su cima repartidos
fundamentalmente en dos de sus quince vías. Por el Collado Sur, la
ruta de Hillary abierta en 1953, han subido 537 personas, y por el
Collado Norte, la ruta que Mallory diseñó en 1922 y abrió una
expedición china en 1960, 306.
La inmensa mayoría de los ascensos se han producido en la última década
del siglo XX como resultado de un número de expediciones que crece
cada año. En este emblemático 2000, fin de milenio, se ha
agudizado el proceso hasta límites nunca vistos: más de 50
expediciones intentan durante el mes de mayo escalar la montaña.
El Everest está a la cabeza de las catorce cumbres que superan los
8.000 metros de altitud. Situadas todas en Asia, repartidas entre
las cordilleras del Himalaya y del Karakorum, la primera ascensión
de cada una de ellas significó un reto internacional para el
alpinismo: algunos de los mejores alpinistas desde los años 20
hasta los 60, bajo la bandera de su país, trataron de conseguir al
menos una primera ascensión a un ochomil.
Entonces, ascender sólo uno era todo un mundo en sí mismo. Hoy, al
conjunto de esas catorce cumbres se le ha asignado nombre propio,
Los Catorce Ochomiles, y el objetivo se ha convertido en una cuestión
individual: quién puede escalarlos todos. Un reto que, por sus
rutas normales, pone a prueba más la capacidad de supervivencia del
alpinista ante uno de los lugares más hostiles de la Tierra que sus
habilidades técnicas. Un reto a la medida de las epopeyas helénicas,
con todos los caprichos de sus dioses incluidos, por el que algunos
han perdido la vida intentando conseguirlo.
La primera gran ascensión himaláyica que tuvo éxito fue la del
Annapurna en 1950, precisamente donde el español Juan Oiarzabal
consiguió su decimocuarto y último ochomil en 1999. El Everest,
pues, no fue el primero en ser escalado, pero sí el más perseguido
(lo sigue siendo, junto al considerado más fácil pero no el más
bajito, el Cho Oyu con 8.201 metros). Sólo hay una razón: estar a
la cabeza de esas catorce montañas que miden más de 8.000 metros.
Son más de mil metros por encima del último lugar donde se
encuentran condiciones para sobrevivir unos pocos días. A partir de
7.500 metros, el enrarecimiento del aire es tal que superar ese
umbral se ha dado a conocer como entrar en la zona de la muerte.
El Annapurna fue escalado al primer toque. Los alpinistas franceses
lo exploraron y lo escalaron, todo junto, en dos meses de 1950. No
significa que fuera fácil, al contrario, resultó difícil para la
época, y sobre todo muy peligroso, muy incierto y muy dramático.
Sus dos primeros escaladores, atrapados en una tormenta durante el
descenso, sobrevivieron sólo gracias a la ayuda de sus compañeros,
pero los dedos de sus manos y pies tuvieron que ser amputados debido
a las congelaciones.
La primera ascensión del Everest, desde un punto de vista histórico,
había comenzado mucho antes y concluyó algo después. Comenzó, al
menos, en 1921, con el primer intento de una expedición con
hombres, como George Mallory, capaces de subirlo, y concluyó en
1953, cuando Edmund Hillary y Tenzing Norgay Sherpa lo lograron al
fin.
El alpinismo de la gran altitud, la historia del Everest, son
grandes ejemplos de la tenacidad humana.

Por Sir Edmund Hillary
La historia de las ascensiones en el monte Everest ocupa una porción
asombrosamente pequeña de la historia de la humanidad: tan sólo 70
años, que he visto transcurrir durante el curso de mi propia
existencia. En mi opinión, George Leigh Mallory ha personificado lo
mejor de la aventura de los años veinte, y sigue siendo para mí la
figura más heroica a lo largo de esta saga de 70 años. Una docena
de veces he leído "Camp Six", de Frank Smythe, y a medida
que me fui involucrando en el montañismo, Eric Shipton se convirtió
en mi héroe. Cuando escalamos el Everest en 1953, creí
sinceramente que la historia había terminado. Imaginé que el hecho
se registraría en las publicaciones de las asociaciones alpinas de
todo el mundo pero que ahí se acabaría el asunto. ¡Cómo me
equivocaba! La reacción del público y de los medios de comunicación
fue mucho más lejos de cuanto, ingenuamente, yo había esperado.
Todos los países, todos los clubes de montaña, todos los
escaladores entusiastas querían, también ellos, poner el pie en
aquella cumbre. Formidables expediciones se enfrentaron a las rutas
más duras; los que simplemente deseaban llegar a la cumbre
intentaron nuestra ruta de la arista sureste o la del collado norte.
Pero pocos lo encontraron fácil. Incluso siguiendo las rutas más
evidentes, ¡es tan largo el camino hasta la cumbre...! El tiempo es
a menudo impredecible; el aire enrarecido supone un desafío
constante. Nuestra ascensión de 1953 fue el punto de partida, y no
el punto final. Las técnicas y el equipo desarrollados en las zonas
alpinas se adaptaron para su uso en altitudes extremas. La ascensión
del Everest sin oxígeno fue un nuevo paso adelante, que ha llevado
los límites de la resistencia humana un poco más lejos aún. Y
muchos han quedado en el camino.
Me alegro de haber escalado el Everest en los días de la inocencia,
cuando todo era nuevo y suponía un reto constante, y al menos para
mí la publicidad era algo que sonaba a broma. Lo siento por los
escaladores de hoy, siempre en busca de algo nuevo e interesante
para hacer en las montañas, algo que al mismo tiempo les
proporcione la atención del público y el respeto de sus camaradas.
Subir y bajar la montaña en 24 horas, una carrera hasta la
cumbre... ¿qué inventarán después? Afortunadamente los tratos
comerciales se olvidan pronto y las más recientes ascensiones del
monte Everest incluyen esfuerzos magníficos y heroicos. Estoy
seguro de que el futuro traerá otros más. Estas son las cosas que
merece la pena recordar. Las técnicas, el equipó y la pericia de
los escaladores cambian rápidamente a lo largo de las décadas,
pero nada reemplaza al valor, una motivación sólida y una pizca de
buena suerte. Tales cualidades separan el fracaso y el desastre de
los momentos de éxito y triunfo. Naturalmente, las grandes
historias del monte Everest no siempre han terminado con la feliz
llegada del equipo a la cumbre. Los escaladores que más me
motivaron -Mallory, Smythe, Shipton- fracasaron, pero todos ellos,
en sus tentativas, apostaron muy fuerte a costa de inmensos
esfuerzos. Yo he sido uno de los afortunados que han llegado a la
cumbre y han podido descender sanos y salvos.
Nadie triunfa solo. En cierto sentido, todos ascendemos a hombros de
esos vigorosos personajes que nos han precedido. En la propia cumbre
del Everest, me sentí sorprendido de que Tenzing y yo fuéramos los
afortunados. Y sin duda, el Everest fue para mí un comienzo, no el
final. Quedan muchas aventuras por vivir, muchos retos a los que
hacer frente. ¡Puede que sea un camino muy largo!
Sir Edmund Hillary

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