Everest 1953. Un regalo para la Reina
La ascensión del Everest fue comunicada en las calles de Londres el
mismo día de la Coronación de Isabel II. La decadencia imperial lo era
menos con esta victoria. Aunque la habían conseguido dos ultramarinos, el
neozelandés Edmund Hillary y el sherpa indio-nepalés Tenzing Norgay, era
de sangre británica.

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Pero, ¿quién subió primero? La pregunta, cuando la expedición
regresó a los valles de Nepal, donde Tenzing nació, se les comenzó a
formular con obvio interés nacionalista. Para nepaleses, indios (sus
compatriotas de adopción, que habían obtenido la independencia del
Imperio Británico en 1947) y sherpas, tenía que haber sido él quien
recogiera en primer lugar ese honor. Para la opinión británica era mejor
que la primera huella en el Everest fuera la del alpinista neozelandés.
Para evitar problemas, los protagonistas se reunieron en el despacho del
Primer Ministro de Nepal y firmaron un documento en el que decían que se
turnaron abriendo huella durante la ascensión y que llegaron a la cima
"casi juntos". Trataban de cerrar así heridas que la
capitalización informativa del éxito estaba propiciando. "La
montaña, como la prensa", dirá Tenzing, "puede elevar a un
hombre a mucha altura y luego dejarlo caer muy hondo".
No había ninguna mentira en el documento, pero tampoco estaba toda la
verdad. "¿Casi?, ¿cómo casi?, ¿cuánto de casi?" Años
después, a Tenzing no dejaban de preguntárselo. Su documento reconocía
que uno subió antes que otro, y ése tenía que ser él. Con la
publicación de su autobiografía desveló la verdad: dos metros de la
cuerda con la que iban atados uno al otro separaron el primer paso de
Hillary de la huella de Tenzing. Pero más importante que una verdad de
dos metros son las razones que llevaron a Tenzing a contarla años
después. Unas razones que miden su honestidad: "Solamente la verdad
sirve para el futuro, solamente la verdad vale para el Everest".
Había también algo de qué dirán en esta declaración, que revela lo
que él pensaba de sí mismo dejando que la incógnita prevaleciera:
"¿Qué pensarán de nosotros las generaciones futuras por dejar
envueltas en el misterio las circunstancias de nuestra hazaña? ¿No se
sentirán avergonzados de nosotros, dos camaradas unidos en una empresa a
vida o muerte, que tienen algo que ocultar al mundo?"
El 29 de mayo de 1953 comenzó para Hillary y Tenzing la hora de la
verdad. El 28 -justo un año antes éste último se había retirado de
8.600 metros con el suizo Raimond Lambert-, ambos habían llegado a su
campamento a 8.500 metros de altitud cargados con 28 kilos de peso y
respirando oxígeno a 3 litros por minuto. Allí, tres compañeros que
fueron abriendo huella y les ayudaron a portear parte del equipo se
retiraron.
Solos comenzaron los preparativos para pasar la noche en el lugar más
alto donde nunca nadie había dormido, un punto a 8.500 metros por el que
Tenzing había pasado en 1952 y recordaba suficientemente bueno para
montar su tienda. Por eso se había empeñado en continuar hasta allí.
Desconectaron sus aparatos de oxígeno y cavaron durante horas hasta
conseguir una plataforma. A diferencia del vivac a 8.300 metros de 1952,
con Tenzing y Lambert sin sacos ni comida, en esta ocasión había de
todo: comida, infernillo, colchonetas aislantes, sacos de dormir y
oxígeno que sin ser abundante sería suficiente como para usarlo durante
cuatro horas durante la noche. Dormitando vestidos dentro de sus sacos,
soportaron no menos de 25 grados bajo cero. Fuera el aire estaba en calma.
Todo era propicio.
Pero Hillary, a diferencia de Tenzing, se había quitado las botas y las
dejó fuera del saco. Amanecieron congeladas. Después de una hora
asándolas y estrujándolas al fuego del hornillo, estaban cerca de
conseguir asfixiarse en la atmósfera viciada y maloliente de su pequeña
tienda, pero las había ablandado lo suficiente como para emprender la
marcha.
Con toda la ropa puesta, crampones y piolet, tres pares de guantes en las
manos, algunos alimentos y recuerdos para la cumbre en los bolsillos, y
los 18 kilos de dos botellas de oxígeno a la espalda, partieron a las
7,30 de la mañana. Comenzó Tenzing delante, unido a su compañero por la
cuerda desplegada en toda su longitud, 10 metros. Las botas de Hillary ya
no estaban tan rígidas, pero sí muy frías y tenía los pies
insensibles. No pudo evitar el miedo a sufrir congelaciones. "Temo
que se me hielen", le había dicho a Tenzing, "como a Lambert".
Cuando Hillary sintió mejor sus pies continuaron a relevos. A veces
podían seguir la huella abierta en la nieve por Bourdillon y Evans, pero
en su mayor parte el viento la había borrado. Cuando llegaron a la cumbre
sur (8.760 m), el punto más alto alcanzado por sus amigos, y nuevo
récord de altitud, quedaban 100 metros de desnivel, y todo el trabajo por
hacer.
Subir a la cumbre sur había sido la escalada más peligrosa de toda la
ascensión. Hasta ese punto, el trabajo de abrir huella era duro pero
seguro. Cuando la seguridad de escalar más deprisa con los crampones no
es suficiente, unas patadas con fuerza o unos cuantos golpes con la hoja
del piolet permite ascender por escalones, que luego servirán de guía
durante el descenso. Si es necesario, uno avanza primero mientras el
compañero, con el piolet hundido en la nieve y cruza por él la cuerda
para asegurarle y detener una posible caída; al finalizar la longitud de
la cuerda, el primero se detiene y asegura al segundo recuperando la
cuerda que los une.
Pero allí, al pie de la cumbre sur, al terreno más vertical se le sumó
algo contra lo que el alpinista nada puede hacer excepto arriesgar o darse
la vuelta. La nieve inconsistente se deslizaba sobre sus pasos y les
hacía resbalarse con ella unos metros. "La próxima vez continuará
deslizándose y no pararemos hasta el fondo del precipio", 3.000
metros más abajo, pensaba Tenzing.
No fue así, y la cumbre sur les hizo dos regalos. Se libraron del peso de
la botella de oxígeno que acababa de agotarse y vieron que a
continuación la nieve era firme. La virgen arista sureste que tenían a
continuación era sin embargo más afilada, formaba una cornisa que podía
romperse y arrastrarlos. Hillary se sentía allí a gusto, como si
estuviera escalando a 3.000 metros en las vertiginosas montañas de Nueva
Zelanda. Ahora avanzaba él primero y después Tenzing: era necesario
asegurar con la cuerda al compañero.
Pronto llegaron al lugar más difícil de la ascensión, un resalte de
roca vertical por un lado y de nieve y roca por otro. Ya lo habían visto
en las fotografías aéreas, pero estar debajo de él era diferente.
Podía, como escribió Hillary, "ser la diferencia entre éxito y
fracaso". No eran más de 10 metros, pero de escalada difícil para
aquella altitud, 8.800 metros, y abriendo vía, es decir con la
incertidumbre de no saber con qué se iba a encontrar. Lo afrontó
asegurado por Tenzing y en adelante se llamará Escalón Hillary. El
sherpa escaló después más seguro gracias a la cuerda que le iba
tensando su compañero desde arriba. Su llegada al final del resalte fue
comparada por Hillary con la imagen de un pez intentando respirar fuera
del agua. Para Tenzing, ambos estaban un poco exhaustos pero después de
unas inhalaciones de oxígenos se recuperaron perfectamente.
Todo lo divertido de estos tramos se tornó en monotonía final, una
joroba tras otra se sucedían trayendo inevitablemente al pensamiento la
duda de si la siguiente sería la última. Y allí estaban, 10 metros por
debajo de su pináculo nevado con el que la montaña decía: he terminado.
En ese punto la arista tiene anchura suficiente para avanzar dos a la vez;
todavía seguían encordados, pero Tenzing había recogido en anillos que
asía con la mano la mayor parte e iba dos metros por detrás de Hillary.
En la cumbre, Hillary tendió la mano a Tenzing, quien respondió al
austero saludo, pero luego le abrazó -más tarde Hunt reconocerá con
cierta vergüenza que también había celebrado el éxito abrazándose con
un compañero- y ambos se estuvieron aporreando la espalda hasta que
quedaron sin respiración.
Hillary tomó unas fotos de Tenzing y éste se ofreció para devolverle el
retrato, pero el neozelandés negó con la cabeza y comenzó a fotografiar
las montañas de alrededor entre las que sobresalen un buen número de
ochomiles. Luego, como dijo, se le olvidó. Tenzing, mientras, cavó en la
nieve dejando chocolate para los dioses y el lápiz azul y rojo de su
hija. Hillary enterró al lado una cruz que le había dado Hunt. No había
nada que pudiera hacer creer que Mallory e Irvine lo hubieran logrado 29
años antes, pero llevaban su propio regalo a la reina. Y fueron recibidos
como reyes.
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Edmund Percival Hillary |
EDMUND Percival Hillary nació el 20 de julio de 1919 en Auckland,
Nueva Zelanda, hijo de un editor que, más tarde se convertiría en
apicultor, y de una profesora de escuela. Tras estudiar durante dos años
en la universidad decide unirse a su padre en el negocio familiar de
producción de miel. La Segunda Guerra Mundial representará un
paréntesis obligado durante el que Hillary servirá en la marina, en el
Océano Pacífico, a bordo de un porta-aviones.
Hillary se encuentra por primera vez en la montaña durante una excursión
que realiza con sus compañeros de la escuela superior. A partir de ese
momento aprovecha todos los fines de semana y vacaciones para escalar en
las montañas de Nueva Zelanda, realizando difíciles primeras ascensiones
en 1950, tiene por primera vez, la posibilidad de escalar en los Alpes
suizos y austriacos.
Al año siguiente iniciará su larga relación con el Himalaya. Con otros
tres escaladores de su país, organiza y financia su propio viaje para
escalar en las montañas del Garhwal (India), donde realizan la primera
ascensión de seis cimas vírgenes de más de seis mil metros. En ese
mismo momento se está organizando en Inglaterra la expedición de
reconocimiento del Everest que dirigirá Eric Shipton. Hillary es invitado
a participar en ella. Hasta este momento todos los intentos se han
realizado por la vertiente norte, pero la cruel invasión del Tíbet por
los ejércitos chinos había hecho inaccesible para los ciudadanos
occidentales aquella antigua línea de aproximación. En el transcurso de
esta expedición de reconocimiento se va a descubrir la ruta de ascenso
por la vertiente sur de la montaña, que dos años después sería
utilizada para la primera ascensión.
Al año siguiente Hillary volverá al Himalaya para participar en la
expedición británica que intentará, como entrenamiento para el Everest,
el Cho Oyu (8.201 m.). No conseguirán la cima, pero para el final de la
expedición Eric Shipton tendrá seleccionado el núcleo de alpinistas que
formarán parte de la expedición del año siguiente. Shipton tiene claro
que contará con los neozelandeses Hillary y Lowe.
Al ser sustituido Eric Shipton por John Hunt como jefe de la expedición
de 1953, éste, deseoso de tener en Londres durante los preparativos a
todos los miembros, está a punto de no invitar a los neozelandeses.
Finalmente lo son, lo que viene a continuación todos lo sabemos: el 29 de
mayo, Hillary en compañía del serpa Tensing Norgay, alcanzará la cima
del Techo de su ascensión no fue en absoluto fácil. Tras ella se esconde
una gran voluntad y una mejor preparación física. Sólo pocos días
antes de la fecha de su ataque, Tensing y él tendrán que realizar un
gran esfuerzo para ayudar en la pared del Lhotse. Más tarde las
enfermedades que sufren diversos miembros del equipo de apoyo, les obliga
a trabajar muy duro en su escalada al campo IX, hasta el punto que Hillary
tiene que transportar 28,5 kilos. Además, ha de cavar, sin oxígeno, la
plataforma situada a 8.500 metros en la que instalarán la tienda. A la
mañana siguiente, debido a un error logístico, tienen que ascender
usando solamente tres litros de oxígeno por minuto, en vez de los cuatro
previstos, sacando por ello menos partido a este importante elemento.
Durante todo el ascenso, Hillary ha de hacer cálculos, y ajustar el
consumo de los equipos de oxígeno. Explicar todo esto hoy en día no
despertará el interés de nadie. Hay que situarse en aquella época , en
la que la mayoría consideraba que , aún con oxígeno, a aquella altura
se alcanzaban los límites de supervivencia humana. Y en aquellos límites
se adentraron Tensing y Hillary, sin saber realmente qué es lo que
tenían ante ellos ni qué pasaría si se quedaban sin oxígeno... Que
Hillary formara parte de la cordada de cima, no fue fruto de la
casualidad; según la opinión de sus compañeros era el miembro del
equipo que poseía más energía, entusiasmo y nivel alpinístico.
Al Himalaya volverá en numerosas ocasiones para intentar objetivos
alpinísticos. Entre otras, realizará las primeras del Amadablam (6.987
M.), Thomserku (6.367 m.) y Kangtega (6.767 m.), además de intentos en el
Makalu (8.481 m.) y este del Everest. También visitará el Himalaya en
busca de aventura. Así, en 1968, explorará los ríos del este del Nepal
utilizando, dos pequeñas embarcaciones. En 1977 remontará el Ganges
desde el océano hasta su nacimiento, al pie de las cimas del Himalaya.
Otra tarea en la que se empeñará será en la de la búsqueda del mítico
"Yeti", para llegar a la conclusión de que se trata de una
criatura mitológica.
Desde el año 1961 Hillary volverá todos los años al Himalaya combinando
las expediciones alpinísticas con los proyectos de ayuda al pueblo sherpa.
Sus esfuerzos se materializarán en 25 escuelas, 2 hospitales, 12
clínicas, numerosas conducciones de agua, construcción de puentes,
altipuertos, y arreglo de caminos.
Asimismo trabajará en un programa de repoblamiento forestal del Parque
Nacional del Sagarmatha (Everest). También colaborará duramente para
recaudar fondos para la reconstrucción del Monasterio de Thyangboche,
destruido por un incendio en enero de 1989. En medio de tanta labor
humanitaria llega la tragedia: su mujer y su hija mueren en un accidente
de avión cuando se dirigen de Katmandú a Phaphlu.
Las regiones polares también han supuesto un gran atractivo para Hillary.
Dirigirá la expedición de Nueva Zelanda en la que, con cuatro
compañeros, alcanzará el Polo Sur en tres tractores acondicionados.
Será la primera vez que el hombre pisa el Polo Sur en un vehículo. En
1985, acompañará a Neil Armnstrong en una pequeña avioneta con la que
aterrizarán en el Polo Norte. Con ello se convertirá en el primer hombre
en haber alcanzando al Polo Norte, Sur y la cima del Everest.
Además de toda esta intensa actividad alpinística y humanitaria, Edmund
Hillary ha encontrado aún tiempo para escribir ocho libros.
Hablar de todas las distinciones y honores que se le han otorgado sería
aburrido. Sí reseñar que tras su ascensión al Everest la reina Isabel
II de Inglaterra le nombró "Sir", que ha sido embajador de su
país en la India, Nepal y Bangla Desh, y que ha sido condecorado por las
Naciones Unidas por su intensa labor en defensa y protección del medio
ambiente. Esta tarea, lo mismo que sus proyectos de ayuda al pueblo sherpa,
han ocupado un lugar fundamental en su existencia. Por ello ha sido
directivo de la Fundación Internacional "World Wildlife",
representante especial de la Unicef ,para los niños del Himalaya, y
presidente honorario de "Mountain Wilderness".

A pesar de su avanzada edad, Hillary recordaba como si hubiera sido
ayer la escalada que realizó hace cuarenta años. Pero dejémosle hablar
a él...
Antes de la expedición de 1953 habías participado en el
reconocimiento de 1951 que dirigió Eric Shipton. Después de formar parte
de este pequeño equipo de seis personas ¿te resultó difícil adaptarte
a una expedición con una estructura mucho más pesada?
La expedición de 1953 era una expedición grande, pero la
componíamos únicamente trece miembros occidentales, de los que en
realidad sólo diez eran alpinistas. Este grupo, comparado con
expediciones posteriores, es realmente pequeño. Por otra parte, tuvimos a
muchos sherpas trabajando con nosotros y también empleamos bastante
material. No tuve ningún problema en particular. Me sentía muy fuerte,
trabajé mucho explorando el camino en la cascada de hielo, y más tarde
en la pared del Lhotse. Por eso, porque había demasiado trabajo por
hacer, no coincidí demasiado con los otros miembros de la expedición.
Fue una expedición muy bien organizada y sus miembros formábamos un buen
equipo. Todo funcionó, tuvimos suerte con el tiempo en el asalto final y
conseguimos la cima.
¿Cómo era Tenzing?
Tensing tenía una personalidad muy atractiva, muy agradable. Era muy
apuesto, y en su cara había siempre una brillante sonrisa. Trabajar con
él resultaba muy agradable. También era un buen alpinista, muy fuerte,
con un gran historial. Probablemente, en aquel momento, era el sherpa que
más destacaba como escalador. En aquella época los sherpas eran muy
buenos como porteadores, pero no tanto como escaladores técnicos. Tensing
sí lo era y por tanto fue un buen compañero en la montaña.
Tenzing había intentado ya en siete ocasiones el Everest. ¿Fue su
experiencia muy importante para ti?
Pienso que esto no representó ninguna diferencia. Era un buen compañero,
escalamos juntos, pero él tampoco me dio ningún tipo de consejo o
recomendación. Al principio no utilizamos a Tenzng en la parte media de
la montaña, pues él estaba muy ocupado organizando a los sherpas para
subir las cargas. No fue hasta el final de la expedición cuando
coincidimos en la pared del Lhotse y en la parte superior de la montaña.
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Tensing y Hillary |
¿A qué se debió que Tensing fuera tu compañeero en esta
escalada?
Realmente mi compañero de cordada era el otro miembro neozelandés,
Georges Lowe, pero a John Hunt no le gustaba que dos neozelandeses
escaláramos juntos, pues nosotros teníamos gran experiencia en hielo y
pensó que era mejor que trabajáramos por separado, para de esta manera
aprovechar mejor nuestra habilidad tallando peldaños en el hielo. Miré a
mi alrededor y vi que Tensing era muy fuerte y activo, comenzamos a ir
juntos y realizamos unos horarios muy rápidos subiendo y bajando por la
montaña. Como nos compenetrábamos bien, estábamos fuertes y éramos
rápidos, de una forma natural, nos convertimos en un equipo. Después de
transportar algunas cargas al Collado Sur, descendimos de la montaña y se
repartieron las tareas que habría de hacer cada miembro de la expedición
en los próximos días. Y se decidió que el primer equipo alcanzaría la
cumbre sur y que el segundo intentaría llegar a la cima. No cabía duda
de que Tensing y yo formábamos el equipo más fuerte y rápido. Por eso
se nos encomendó la tarea de alcanzar la cima.
¿Qué fue para ti lo más difícil del día de la cima? ¿El
conocido desde entonces como Escalón Hillary?
Sabíamos que este "Escalón" estaba allí, porque sé podía
ver desde lejos. También sabíamos que podía representar un problema.
Cuando alcanzamos la base del Escalón aquello parecía muy vertical, y
nos encontrábamos un poco cansados en aquel momento. Pero teníamos que
superarlo para llegar a la cima. De pronto me di cuenta que en el lado
derecho había una comisa hielo, y que entre ella y la roca había una
especie de fisura. Decidí intentarlo por ella, con los crampones sobre el
hielo y las manos en la roca. Lo fui superando así, un poco asustado,
pues de romperse la comisa caería por la vertiente del Kangchung. Al
superar el Escalón fue cuando, por primera vez, estuve totalmente seguro
de que alcanzaríamos la cima. Hasta aquel momento lo único que tenía
claro era que íbamos a intentarlo con todas nuestras fuerzas.
Nos quedaba un largo camino pues el "Escalón" se encuentra en
mitad de la arista somital que parte de la cumbre sur, y aún no podíamos
ver la cima. En aquella época el material no era muy sofisticado y
tuvimos que hacer un gran trabajo tallando escalones. En esta tarea yo
tenía una gran experiencia pues en Nueva Zelanda había tallado en el
hielo muchos escalones. Así que continué tallando intentando adivinar
donde se encontraba la cima. Finalmente superé una gran banda de nieve y
pude ver que, delante de nosotros, la arista terminaba y al fondo se veía
el gran plató del Tíbet. Miramos a la derecha y vimos una pequeña loma
de nieve de unos quince metros, tallé peldaños en ella y me encontré en
la cima.
¿Tan importante era esta labor de tallar peldaños en el hielo?
Durante toda la expedición trabajamos muy duro realizando esta tarea
pues llevábamos crampones de diez puntas, sin puntas delanteras, y
tampoco los piolets estaban muy evolucionados. Ahora hay un material que
permite ascender por hielo totalmente vertical, algo que en aquella época
no nos era posible. Ascendíamos tallando peldaños, y por ello la
escalada era, desde luego, más difícil y más lenta.
¿Hasta qué punto fue importante el oxígeno artificial en esta
escalada?
Este fue uno de los mayores problemas a los que nos tuvimos que enfrentar.
Realmente, era una barrera psicológica. No sabíamos si, aún empleando
oxígeno, podríamos alcanzar la cima del Everest. Todos los médicos nos
habían dicho que esta cima representaba el límite absoluto en el que una
persona podría sobrevivir. Por eso, aún con oxígeno artificial, no
sabíamos si nuestro cuerpo lo podría soportar. Pero, mientras ascendía,
a pesar de utilizar oxígeno, me sentí fuerte y no me pareció que
pudiéramos sufrir una lesión grave. Y cuando por fin nos encontramos en
la cima, para tomar fotos, me quité la máscara de oxígeno durante
quince o veinte minutos, y no tuve ningún problema. Lo único que noté,
cuándo llegó el momento de descender, y me puse de nuevo la máscara,
fue que todo parecía brillar mucho más, como si la luz fuera ahora más
potente. Obviamente el oxígeno tenía efectos y me hacía ver mejor.
¿Pensaste en aquel momento que sería posible alcanzar la cima del
Everest sin oxígeno?
En aquel momento no nos lo planteamos. Pero cuando nos encontramos abajo
pensé que sería posible para gente que estuviera muy bien aclimatada, y
de hecho así ha sido.
¿Piensas que Mallory e Irvine alcanzaron la cima del Everest?
Nadie lo sabe. Pero hablando con gente como Eric Shipton, quien
visitó aquella parte de la montaña en los años treinta, me dijo que él
no pensaba que hubieran alcanzado la cumbre. Más tarde encontraron un
piolet que no podría haber caído de la cima, aunque desde luego no
sabemos si cayó durante el ascenso o descenso. Pienso que nadie sabrá
nunca con seguridad qué es lo que realmente pasó.
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Hillary en una de sus aventuras |
¿Cambió el Everest tu vida?
No completamente. Durante cuatro años, antes de ascender el Everest,
había llevado a cabo todo tipo de aventuras. Y después continué
realizándolas. La gran diferencia para mí fue que, debido a la
publicidad, a partir de este momento me resultó mucho más fácil
conseguir ayuda para todo tipo de proyectos: expediciones a la Antártida
y al Himalaya, construcción de escuelas, hospitales... Gran parte del
dinero que conseguí para estos proyectos fue gracias a haber alcanzado la
cima del Everest en 1953. Por eso, aun habiendo participado en muchas
expediciones que disfruté tanto como la del Everest, tengo que reconocer
que el haber alcanzando esta cima ha jugado un papel primordial en mi
vida.
¿Cómo era John Hunt?
Nunca había oído hablar de él antes de esta expedición. Era, como me
di cuenta después, un escalador experimentado, un buen organizador, y
tenía una personalidad agradable. Era oficial del ejército, pero como no
se comportó como tal y tampoco nosotros hubiéramos aceptado recibir
órdenes pues éramos todos gente muy independiente. Te preguntaba siempre
tu opinión, hacía sugerencias y te animaba si habías realizado un buen
trabajo. En este sentido pienso que fue un líder excelente. Aunque soy de
los que creen que de haberse mantenido a Eric Shipton como jefe de la
expedición también hubiéramos alcanzando la cima.
¿A qué se debió el hecho de que Eric Shipton fuera retirado como
jefe de la expedición de 1953?
En realidad a Eric Shipton no le gustaban las expediciones grandes. Era un
hombre que disfrutaba los viajes de exploración. Por eso, en 1953, cuando
se estaba poniendo en marcha toda la organización, ésta iba un poco
lenta porque Eric no estaba muy interesado en los preparativos de este
viaje tan complicado. Y en Londres, el comité organizador del Alpine Club
y de la Royal Geographic Society, se mostraron preocupados por la lentitud
con la que se desarrollaba todo. Por eso decidieron sustituir a Eric
Shipton. Le dijeron que iban a poner a otra persona como jefe de
expedición. Este nuevo jefe era John Hunt del que ninguno, él tampoco,
habíamos oído hablar antes. Pero la forma en que se hizo no fue muy
correcta, por eso, aquellos de nosotros que sentíamos un gran respeto por
Eric Shipton no nos sentimos muy contentos. Pero fue algo en lo que John
Hunt dio la talla. Cuando me encontré con él en Katmandú, mi
sentimiento era: "bueno... vamos a ver cómo es este hombre del que
nunca he oído hablar antes, que para colmo es oficial de la armada, un
tipo de gente que no me gusta mucho..." Al vernos por primera vez en
Katmandú él vino a mi encuentro, me estrechó fuertemente la mano y me
dijo: "he estado esperando, durante mucho tiempo, la oportunidad de
conocerte". Entonces pensé: "quizás sea una buena
persona". John Hunt sabía muy bien cómo tratar a la gente y me
habló de una forma que me conquistó.
Después del Everest te convertiste, de alguna manera, en un
profesional de la escalada y la exploración...
Sí, pero no trabajaba llevando a otras personas sino dirigiendo a mi
equipo de alpinistas, quienes tenían una gran experiencia en escalada y
exploración. Era simplemente el jefe y organizador de estas expediciones.
¿Cuál ha sido tu escalada más difícil en el Himalaya?
Me resulta difícil contestar esta pregunta. Cada montaña representa
un reto distinto, lo importante es tener la suficiente experiencia y
conocimientos para ser capaz de reaccionar correctamente si te encuentras
en una situación difícil o peligrosa. Por ejemplo, Reinhold Messner es
muy bueno. El tiene una gran habilidad como alpinista pero también parece
haber sabido siempre cuándo tenía que abandonar. Por eso Reinhold
Messner sigue vivo cuando de otra manera, quizás, estaría muerto.
¿Estás contento de haber vivido una época en la que había mucho
por explorar?
Pienso que, en cierto sentido, tuvimos mucha suerte con el periodo que
vivimos. Cuando fuimos por primera vez al Himalaya Indio, en 1951,
mirábamos a nuestro alrededor y había docenas, quizás cientos, de
montañas que nadie había escalado jamás. Nos levantábamos por la
mañana, contemplábamos una montaña de siete mil metros que nos parecía
bella y pensábamos: "Mañana intentaremos escalarla". De esta
forma escalamos seis montañas vírgenes de entre siete y siete mil
quinientos metros, algo que hoy en día prácticamente resulta imposible.
Por eso pienso, que fue una suerte vivir aquella época. Lo mismo pasaba
en la Antártida. Fuimos en tractores hasta el polo Sur, y recorrimos
glaciares y platós en los que nadie antes había estado. Incluso ahora en
la Antártida es difícil visitar zonas vírgenes.
¿Qué piensas de las expediciones comerciales?
No me gustan en absoluto. En ellas, si estás fuerte y tienes dinero
(casi tres millones de pesetas) puedes ser "llevado" a la cima.
¿Qué piensas respecto a la Situación en la que se encuentra el
Himalaya hoy?
Aquello es un paraíso al que han ido demasiadas expediciones, muchas
de las cuales han abandonado tras de sí gran cantidad de basura. Esta se
amontona incluso en el Collado Sur. El Everest es el mayor basurero del
mundo. Pienso que todos los montañeros deben aceptar la responsabilidad
de que esto no puede continuar así. Cada expedición tiene el compromiso
de traerse de la montaña todo lo que ha llevado, e incluso lo que puedan
de lo que han dejado otras personas.
¿A qué se debe tu interés en ayudar a los sherpas?
Mis padres fueron gente muy respetuosa que creían firmemente que
teníamos una gran responsabilidad con la gente de otros países,
especialmente con los del Tercer Mundo. Me eduqué con esta actitud. Pasé
largas temporadas en poblados sherpas donde me di cuenta de que los niños
no recibían ningún tipo de educación, de que tampoco había ningún
tipo de asistencia médica, y muchas otras cosas de este estilo. Decidí
que debía intentar ayudarles. Hablé con los sherpas y les pregunté si
podía hacer algo por ellos. Y se mostraron de acuerdo en que necesitaban
una escuela. En 1961 reunimos el dinero necesario para construir la
primera escuela de la zona. La gente comenzó a viajar durante días desde
otras aldeas para decir que ellos también necesitaban ayuda. Hasta ahora
hemos construido 25 escuelas, dos clínicas, dos hospitales, muchos
puentes...
Quizás esto haya sido lo más importante de tu vida...
Cuando miro atrás me doy cuenta de que he disfrutado la aventura, he
disfrutado el miedo que he pasado en muchas ocasiones... pero cuando
intento analizar qué ha sido lo más trascendente de mi vida, tengo que
reconocer que fue el ayudar a la gente de la montaña a que tengan
escuelas, centros de salud, incluso el hecho de recaudar fondos para que
pudieran reconstruir sus monasterios.
¿Piensas que debiera haber más restricciones a las expediciones en
determinadas zonas para impedir su masificación?
Estoy firmemente convencido de ello. También lo está el gobierno
nepalí, quien ya ha anunciado que va a restringir el número de
expediciones. Cuando estuve en el glaciar del Khumbu hace unos meses,
había catorce expediciones en el campo base, para mí esto resulta
totalmente ridículo pues supone hablar de cientos de personas. Por eso
pienso que es importante que el gobierno nepalí limite el número de
expediciones que puede haber en una montaña.
Pero también menos expediciones significa menos dinero para los
sherpas...
Sólo unos pocos sherpas participan en las expediciones. La mayoría
de ellos viven del trekking y del turismo. Ahora mismo hay tanto trabajo
para los sherpas que no dan abasto. Pienso que hay que controlar un poco
también el trekking y el turismo, pero no debe limitarse de la misma
manera que las expediciones pues éste es más importante ahora para los
sherpas.
¿Piensas que todavía hay en el mundo lugares que explorar?
Los exploradores modernos buscan y encuentran otros retos. Por otra
parte, los alpinistas cuentan ahora con un equipo y material más
sofisticado, con el que pueden realizar escaladas mucho más difíciles,
que a nosotros -hace cuarenta años- nos hubieran sido imposibles. Por eso
pienso que ahora mismo hay retos tan importantes como los que había para
nosotros hace muchos años.
Pero ahora el reto es más deportivo.
El alpinismo se ha convertido en un deporte más competitivo, pero la
escalada de una ruta de gran dificultad sigue constituyendo un gran reto.
Pienso que el escalador moderno sigue encontrando grandes motivos de
satisfacción en las nuevas rutas que abre.
¿Cómo fue la experiencia que viviste en el Polo Sur?
En muchos aspectos muy parecida a la que se vive en una expedición al
Everest. Tienes que luchar con la nieve y el hielo, en grandes cantidades,
pero en la Antártida el frío es más intenso, la estancia es también
más larga, y siempre teníamos que prestar gran atención cuando
conducíamos los vehículos por los platós polares con zonas de grietas.
De caer en una con un vehículo de estos eras hombre muerto. En la
Antártida tienes que permanecer atento durante meses, mientras que en el
Himalaya los riesgos son más inmediatos, está la avalancha, la grieta,
la caída en una pendiente vertical...
¿Por qué decidiste ir al Polo Norte en avioneta?
Fue en 1985, tenía 66 años y me ofrecieron la posibilidad de
participar en este viaje junto con Neil Armstrong, el primer hombre que
pisó la Luna. No fue una gran aventura en el sentido clásico -pues la
verdad es que yo no desempeñaba una labor concreta en ella- pero sí en
el tecnológico. Navegar hasta aterrizar en el Polo Norte, esto fue la
aventura más importante. Aterrizar en el hielo y caminar por allí muchas
millas, fue una gran experiencia. Fue una vivencia interesante aunque
fácil para mí. Con ella fui la primera persona en haber estado en la
cima del Everest, Polo Norte y Polo Sur.
¿Qué piensas de la relación que mantiene el hombre con el mundo?
¿Está terminando el ser humano con él?
Hemos sido muy poco cuidadosos en lo que respecta a la protección del
mundo en que vivimos. He trabajado mucho y me he sentido muy preocupado
por los problemas ecológicos. Cada día, lo mismo que mucha gente, me he
sentido más preocupado por la ecología. Todos los seres humanos deben
aceptar que tienen una responsabilidad para proteger el medio natural,
para reparar los graves daños que hemos causado, para impedir que nada se
destruya más de lo que ha sido hasta el momento. Hemos contaminado los
océanos, la tierra e incluso el aire. Por eso pienso que la humanidad
debe hacer algo ahora para solucionar estos problemas.
¿Qué mensaje te gustaría transmitir a la gente joven?
A la gente joven le cansa que le hable la gente mayor y les llene de
consejos. Pero yo les diría que no es mala idea aprender de los
conocimientos que tienen quienes han vivido más. Escuchar lo que han
hecho y lo que recomiendan, sus consejos respecto tiempo, las
avalanchas... Que tengan en cuenta aquello con lo que estén de acuerdo a
la hora de realizar sus proyectos. Que hagan lo que sientan dentro de sí
pero que se aprovechen de la ventaja que les puede suponer contar con la
experiencia de generaciones de escaladores. Que no les importe empezar
otra vez desde el principio. Que utilicen esta experiencia antes de partir
a realizar sus propios retos.
Darío RODRIGUEZ

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