1950-1953. La conquista del Everest
En 1953 llegó por fin la primera ascensión. Pero por muy
poco una expedición Suiza no lo había conseguido el año
anterior arrebatándosela de esta manera al alpinismo británico
que llevaba tanto tiempo persiguiéndola. En la década de los
50 todo había sufrido un enorme cambio.
Secciones> 1950.
Nepal el centro de operaciones | 1952. Los suizos se adelantan
|
1953. Hillary y Tenzing consiguen la cumbre | Pareció una vida entera. por E. Hillary
|
Un metro y medio de cuerda. Por Tencing Norgay
Todo había cambiado demasiado. De entrada, los británicos
ya no podrían inaugurar el ochomilismo con estilo, empezando
por la montaña más alta. Los franceses se habían adelantado
en 1950 con el bajito Annapurna, de 8.091 metros, en 1950. Ese
mismo año, los británicos se habían encontrado con que su
aliado natural, el gobierno del Tíbet, había dejado de dar
permisos por temor hacia los extranjeros, y en el 51 fue
invadido por China con lo que se confirmaron unos miedos que no
habían hecho sino empezar. Por un momento, el Everest estuvo
prohibido, pero el reino de Nepal autorizó el paso de
alpinistas. China, al contrario, cerró las fronteras tibetanas
para poder destruir el país a sus anchas y someter a su población.
Prácticamente se tuvo que empezar desde el principio. Lo
aprendido de la cara norte ya no servía para nada. Desde 6.000
metros en el Pumori, al oeste del Everest, Eric Shipton, quien
había estado en las cuatro expediciones británicas de los años
30 por la vertiente tibetana, tuvo en 1951 una privilegiada visión
de la montaña mientras trataba a vista de pájaro de encontrar
la nueva ruta por el Khumbu. A la izquierda, la ruta antigua
aparecía clara: "la pequeña plataforma a 7.800 metros
donde tantas noches hemos pasado, el campamento VI de Norton,
las Bandas Amarillas y las siniestras rocas desplomadas de la
Banda Negra, el Segundo Escalón, el Gran Couloir". Todo
había sido vivido con suficiente intensidad como para tener
nombre propios. Eso era ahora el pasado. El futuro estaba a la
derecha, por el sur, a través de la caótica masa de grietas
que Mallory había considerado imposible en 1921 cuando la vio
desde ese mismo collado, el Lho La, que Shipton tenía ahora a
sus pies. Lo mismo había opinado el americano Houston en 1950
cuando realizó la primera inspección de la Gran Cascada de
Khumbu. Pero, lo "más notable e inesperado" de
aquella visión es que tanto él como su compañero, Edmund
Hillary, veían claramente cómo al fondo concluía el caos de
grietas, y venía la dulce planicie del Valle del Silencio, y
detrás se elevaba el Lhotse que comunicaba con el Collado Sur
de una forma natural, sin aparentes complicaciones para un
alpinista. No podían haber encontrado nada más estimulante.
Esta imagen podían completarla en la memoria con la secuencia
fotográfica que unos aviones de la Royal Air Force habían
tomado en 1945 de la continuación lógica, la Arista Sureste.
Desde el Collado Sur, la ruta tampoco parecía presentar
dificultades insalvables.
Sin embargo, aunque las ilusiones les habían transportado más
allá de la Cascada de Hielo, seguía siendo el primer problema
para resolver. Aun hoy abrirla y equiparla cada año supone un
trabajo diario, duro y peligroso, que, de común acuerdo, se
suele encomendar a sherpas de varias expediciones. Entonces era
aún peor: se trataba de averiguar si era posible sortear sus
grietas, por dónde, y cuánto esfuerzo y medios harían falta.
Shipton, Hillary y sus tres compañeros comenzaron la exploración.
Con nieve normalmente hasta la cintura, sin tener la mayoría de
las veces ninguna referencia de donde se encontraban una vez
internados en ese laberinto, pendientes de que cualquier muro de
hielo se desplomara de un momento a otro, fueron encontrando los
pasos hasta prácticamente su final. Faltaba una grieta, sólo
una grieta más separaba la Cascada de Hielo del Valle del
Silencio. Pero esa grieta atravesaba todo el glaciar, su anchura
oscilaba entre los 30 y los 90 metros y, al otro lado, su labio
superior era un muro de hielo vertical. Optaron por la retirada
y esperar a la primavera.

Dejarlo ahí era razonable, pero la decisión puso en
evidente peligro la decisión británica de adjudicarse la
conquista del Everest. A diferencia de hoy día, cuando al menos
20 expediciones lo intentan desde Nepal, eran tiempos en que se
concedía un permiso o ninguno. Y el de 1952 sería para una
expedición suiza. Para todo el año.
En esa expedición, estaba el mejor alpinista suizo de la época.
Raymond Lambert. Entonces, las técnicas de cramponeo permitían
progresar ya rápidamente por el hielo, aunque en ocasiones se
seguían tallando escalones; las suelas de goma y sin clavos de
las botas ofrecían mayor seguridad escalando en roca. En los
Alpes, a finales de la década de los 30, se habían resuelto
los Tres Grandes Problemas, las tres caras norte más temidas:
el Cervino, el Eiger, las Grandes Jorasses. Y Lambert era uno de
los que se habían medido con ellas y triunfado, aunque los
dedos de sus pies ya habían visto al cirujano debido a un
incidente en sus montañas natales. Además, concluida la
guerra, la tecnología había conocido otro gran desarrollo que
influyó en mejoras en la vestimenta y en los equipos de oxígeno.
Con Lambert había otro gran protagonista. Tenzing Norgay se había
curtido desde su primera expedición en el 35, cuando le contrató
Shipton con 18 años. No había fallado en apenas ninguna de las
siguientes. Había aprendido las técnicas del alpinismo y
estaba considerado indispensable para el Everest, pero no como
porteador. Era un escalador de punta y el sirdar (jefe de los
porteadores).
Pero antes que la maestría como escalador y la resistencia en
altura, para escalar el Everest había que hacer el trabajo
sucio, resolver el paso de la Cascada del Khumbu. En cinco días
fueron encontrado los pasos posibles, un caótico camino que
durante toda la expedición se tendría que estar recorriendo
para portear hacia los campamentos superiores. Ése sería también
el camino de vuelta, tal vez, de la cumbre.
Los suizos resolvieron la espectacular grieta final rapelando
(descenso controlado usando la cuerda) hacia su interior. A los
18 metros, mucho antes de su final insondable, la cruzaron por
un puente de nieve y pasaron al otro lado. A continuación
construyeron un puente tirolés fijando y tensando un par de
cuerdas entre un lado y otro.
Explorar lo que venía a continuación no resultó especialmente
difícil, pero tampoco estuvo exento de equivocaciones, de
llegar al destino por el camino más largo. Hoy, existen guías,
fotografías de todo. Entonces ellos eran quienes las estaban
haciendo. La expedición logró colocar el campamento VI a 8.000
metros en el Collado Sur, donde nunca nadie había estado antes.
El 27 de mayo, Lambert y Tenzing, delante, y René Aubert y Léon
Flory, detrás, continuaron la exploración. Ascendieron
buscando los mejores pasos de la Arista Sureste hasta que
alcanzaron los 8.400 metros. Entre todos, sólo Tenzing llevaba
una tienda para dos. En ese instante decidieron que en lugar de
dejar un depósito de material y bajar, Aubert y Flory
descendieran al Collado Sur mientras Lambert y Tenzing tendrían
el honor de estar en la punta de la flecha, como se verá
Lambert en sus alucinaciones nocturnas, que se dirigía a la
cumbre del Everest. A cambio, en aquella tienda no había ni
sacos de dormir, ni hornillo, sino vigilia porque se pensaba -y
así ocurre a veces- que el sueño en las alturas inducía
directamente a la muerte.
Al día siguiente, como no había nada para desayunar, sólo
tuvieron que ponerse los crampones, algo más complicado de lo
que parece sin quitarse los guantes, para comenzar a andar en
medio de un tiempo inestable. Un paso, tres respiraciones; un
descanso, chupar del regulador de las botellas de oxígeno
porque el esfuerzo era tan grande que no podían andar y aspirar
con fuerza al mismo tiempo; 25 metros, cambio de turno para
abrir huella, a veces andando, otras a cuatro patas. Habían
salido desde 8.400 metros y cinco horas después estaban a 8.600
m. Habían obtenido un nuevo récord de altura y otro fracaso en
la montaña, pero un éxito para sus vidas.
Ellos bajaron y, días más tarde, un segundo equipo de cumbre
no logró salir del Collado Sur debido al mal tiempo. En el otoño,
de nuevo Lambert y Tenzing fueron los que consiguieron llegar más
alto, a 8.300 metros para tener que retirarse a toda velocidad
en medio de una fuerte tormenta que les obligó a abandonar los
campamentos de altura y su contenido.

 |
|
El momento
culminante: Tenzing Norgay en la cumbre del Everest. |
Siguiendo los pasos de los suizos entraron como un cañón
los británicos. Todo había cambiado mucho en todas partes. De
entrada, Shipton, el jefe de las expediciones británicas al
Himalaya de los últimos años, incluido el reconocimiento del
Khumbu en el 51 y el intento fallido al Cho Oyu (8.201 m) del
52, había sido cesado del cargo. Le sustituiría John Hunt,
alpinista y militar, quien tenía que aplicar sus propios métodos
para no fallar. De hecho, estuvo a la altura de las
circunstancias: el día D estaba en el Collado Sur, en la
tercera cordada de ataque. Eso si recuperaba sus fuerzas.
La idea de Hunt era un ataque escalonado. Desde el Collado Sur,
primero salieron Bourdillon y Evans para llegar hasta donde
pudieran, y a continuación Hunt y Da Namgyal para portear
equipo hasta el Campamento 9, previsto a 8.500 m pero que
tuvieron que dejar a 8.350 metros destinado para los siguientes.
Pusieron todo su empeño, dejaron incluso sus propias botellas
de oxígeno semivacías y, asumiendo el riesgo que se corre
cuando se deja de utilizar, se arriesgaron a un descenso hasta
el Collado Sur, donde llegaron desfallecidos. Más tarde,
regresaron Evans y Bourdillon. No lo habían logrado, pero en el
lugar de su último paso ascendente habían dejado dos botellas
de oxígeno para los siguientes.
Ese día D fue el 29 de mayo de 1953. Los británicos volvían a
contar con Tenzing Norgay y podían conocer de primerísima mano
los avances suizos. Ahora con el impetuoso Edmund iba a tener
otra oportunidad, "la séptima vez en el Everest", se
decía Tenzing, "ya son demasiadas". El día anterior,
la despedida de los compañeros en el Collado Sur no pudo ser más
venturosa: "Buena suerte y mucho cuidado", les dijo
Evans, "recordad que, si alcanzáis la cima, el año que
viene descansaréis".
Esta vez, la tienda del campamento 9 iba a estar bien equipada.
Al final, apoyados por Lowe, Gregory y Ang Nyma recogieron el
depósito que dejó Hunt a 8.350 y continuaron hasta 8.500. Tenían
hornillo, zumo de limón, sopa, sardinas, galletas y mermelada,
sacos de dormir y dormían con botellas de oxígeno.
En la madrugada del 29, comenzaron a andar. Su única carga eran
los 18 kilos de las botellas de oxígeno. Desde los 8.500 de su
tienda aún tenían que superar la Cumbre Sur y después un muro
de nieve que en adelante se conocerá como Escalón Hillary.
Pero el intenso frío que vivió Tenzing en 1952 se había
transformado en una plácida mañana.
Eran las once y media antes de mediodía, "me di cuenta de
que la cresta ya no se elevaba , ahora descendía claramente.
Muy abajo se veía el Collado Norte y el glaciar de Rongbuk. Miré
hacia arriba y vi una punta nevada. Unos golpes de piolet y estábamos
en la cima". De esta manera Edmund Hillary cuenta los pasos
definitivos en el techo del mundo. El 29 de mayo de 1953 se daba
por concluida la conquista del Everest que había comenzado el
británico George Mallory en 1921. En la cumbre, buscaron algo
que él o Irvine pudieran haber dejado en 1924, como a veces
hacen los alpinistas. No encontraron nada. Fácilmente allí
puede haber un metro más, o menos, de nieve de un año para
otro, algunos se han pinchado el culo al sentarse sobre la punta
tapada del trípode que colocaron los chinos en 1975. Como para
ver un recuerdo de 30 años atrás, si lo hubiera. Hillary tomó
una foto de su compañero asiendo el piolet adornado con
banderas. Cuando a Hillary se le ha preguntado por qué no se
hizo una foto siempre ha dicho lo mismo: "Simplemente, se
me olvidó".

Por E. Hillary
A las cuatro de la madrugada reinaba la calma. Abrí la puerta
de la tienda y miré a lo lejos sobre los oscuros y dormidos
valles de Nepal. Por debajo de nosotros, las cumbres heladas
relucían débilmente en la luz del amanecer y Tenzing señaló
hacia el Monasterio de Thyangboche, apenas visible sobre su
prominente espolón, casi cinco mil metros más abajo. Era
alentador pensar que aún siendo tan temprano, los lamas de
Thyangboche estarían rezando a sus dioses budistas, ofreciendo
devociones por nuestra seguridad y bienestar.
Encendimos el hornillo, y en un resuelto esfuerzo por prevenir
la debilidad procedente de la deshidratación, bebimos grandes
cantidades de jugo de limón con azúcar, y a continuación
acabamos con la última lata de sardinas, que acompañamos con
galletas. Arrastré al interior de la tienda los equipos de oxígeno,
les quité el hielo y a continuación los revisé y comprobé
por completo. Me había quitado las botas, que se habían mojado
un poco el día anterior, y ahora estaban rígidas y congeladas.
No había más remedio que tomar medidas drásticas, así que
las coloqué encima de la orgullosa llama del Primus, y a pesar
del fuerte olor a cuero quemado conseguí ablandarlas. Nos
pusimos las prendas cortaviento encima de nuestra ropa de plumas
y en las manos sobrepusimos tres pares de guantes: de seda, de
lana y manoplas impermeables.
A las 6.30 nos arrastramos fuera de la tienda, nos colocamos a
la espalda los catorce kilos del equipo de oxígeno, conectamos
los respiradores y abrimos las válvulas para permitir que el oxígeno
vivificado fluyera a nuestros pulmones. Unas pocas inspiraciones
profundas y estábamos listos para partir. Todavía un poco
preocupado por mis pies fríos, pedí a Tenzing que partiera y
él se alejó del peñasco que protegía nuestra tienda abriendo
una hilera de profundas huellas hacia la pronunciada pendiente
de nieve en polvo a la izquierda de la arista principal. La
arista estaba ahora bañada por la luz del sol y a lo lejos, por
encima de nosotros, divisamos la Cumbre Sur, nuestro primer
objetivo. Tenzing, moviéndose cuidadosamente, marcaba peldaños
siguiendo una larga travesía hacia la arista y alcanzamos su
cresta justo allí donde forma una característica protuberancia
de nieve alrededor de 8.500 metros de altitud. Desde allí la
arista se estrechaba hasta ser como filo de un cuchillo, y como
mis pies estaban ya calientes pasé yo delante.
Avanzábamos despacio pero ininterrumpidamente, sin necesidad de
detenernos para recuperar el aliento, y me pareció que teníamos
aún muchas reservas. La nieve blanda e inestable hacía que
fuera difícil y peligroso caminar sobre la arista, así que
descendí un poco por el lado izquierdo donde el viento había
creado una fina costra que a veces mantenía mi peso, pero la
mayoría de las veces se hundía con un súbito crujido
desastroso para el equilibrio y para la moral. Después de
caminar un rato por esta arista más bien penosa, llegamos a una
pequeña concavidad donde hallamos las dos botellas de oxígeno
abandonadas en el anterior intento de Evans y Bourdillon. Rasqué
el hielo de los manómetros y me alivió mucho comprobar que
contenían varios cientos de litros de oxígeno, suficiente para
permitirnos bajar al Collado Sur si lo economizábamos un poco.
Con la reconfortante certeza de contar con aquellas botellas de
oxígeno continué el ascenso abriendo huella por la arista, que
pronto se ensanchó, pronunciándose su inclinación para
convertirse en la formidable pendiente de nieve que a lo largo
de 150 metros asciende hasta la Cumbre Sur. Las condiciones de
la nieve parecían claramente peligrosas pero como no existía
ninguna ruta alternativa evidente, continuamos esforzándonos
por abrir aquella incómoda huella. En aquella sección
especialmente fatigosa nos turnamos varias veces en cabeza, y en
una ocasión cedió parte de la nieve a mi alrededor, haciéndome
resbalar a lo largo de tres o cuatro de mis propias huellas.
Consulté con Tencing acerca de la conveniencia de seguir
adelante y él, aunque admitiendo que no le gustaban las
condiciones de la nieve, concluyó con su frase familiar:
"Como tú prefieras." Decidí continuar. No sin
alivio, alcanzamos por fin una zona de nieve más firme algo más
arriba y, tallando peldaños a lo largo de los últimos tramos
pendientes, cramponeamos hacia la Cumbre Sur. Eran las nueve de
la mañana. Contemplamos con interés la arista virgen que teníamos
delante. Tanto Bourdillon como Evans habían sido
deprimentemente exactos respecto a sus problemas y dificultades,
y comprendimos que podía resultar una barrera casi insuperable.
A primera vista era verdaderamente impresionante e incluso
inspiraba miedo. A la derecha, grandes cornisas retorcidas,
masas colgantes de hielo y nieve que sobresalían como dedos
sobre los tres mil metros de vacío de la vertiente de Kangshung.
Cualquier movimiento hacia esas cornisas sólo podía significar
el desastre. Desde la base de las cornisas, la arista se volcaba
abruptamente hacia la izquierda hasta el lugar donde la nieve se
encontraba con la gran pared rocosa que ascendía del Cwm
Occidental. Aparentemente sólo había una zona segura: la
escarpada pendiente de nieve entre las cornisas y la pared de
roca parecía estar compuesta de nieve firme y compacta. Si la
nieve estaba blanda e inestable, nuestras posibilidades de
progresar por la arista serían bastante escasas. Si podíamos
marcar peldaños por aquella pendiente, al menos podríamos
avanzar un poco. Cavarnos unos asientos en la nieve justo debajo
de la Cumbre Sur y nos quitamos el oxígeno. Una vez más realicé
los cálculos mentales que constituyeron una de mis principales
preocupaciones tanto al subir como al descender la montaña. Se
había acabado una de las botellas y ahora sólo quedaba una
llena. ¿Ochocientos litros de oxígeno a tres litros por
minuto? ¿Cuánto nos duraría? Calculé que aquello nos
permitiría cuatro horas y media de marcha. Nuestro aparato era
ahora mucho más ligero, apenas algo más de nueve kilos, y
mientras tallaba peldaños al descender de la Cumbre Sur notaba
una clara sensación de libertad y bienestar totalmente
contraria a lo que yo hubiera esperado sentir a esta altitud.
Cuando mi piolet mordió en la primera pendiente de la arista,
todas mis esperanzas se cumplieron. La nieve era cristalina y
firme. Dos o tres golpes rítmicos del piolet bastaban para
formar un peldaño suficientemente grande incluso para nuestras
enormes botas de alta montaña, y lo mejor de todo, un firme
empujón al piolet lo hundía hasta medio mástil,
proporcionando un seguro sólido y reconfortante. Nos movíamos
primero uno y luego otro. Me daba cuenta de que nuestro margen
de seguridad a esta altitud no era grande y de que debíamos
tomar todas las medidas de precaución. Así, yo avanzaba unos
doce metros tallando una línea de peldaños mientras Tenzing me
aseguraba. A continuación yo hundía ni piolet y colocaba
algunos anillos de cuerda en torno suyo, y Tenzing, protegido
frente a un eventual resbalón, venía a reunirse conmigo. Después,
otra vez volvía él a asegurarme mientras yo seguía tallando.
En algunos lugares las colgantes cornisas de hielo eran
sumamente anchas, y para evitarlas tenía que descender hasta
donde la nieve se juntaba con la roca en el lado oeste. Era
impresionante mirar desde lo alto de aquella enorme pared de
roca y divisar, 2.500 metros más abajo, las diminutas tiendas
del campo IV en el Cwm Occidental. Trepando por las rocas y
tallando presas en la nieve continuábamos nuestra progresión
hasta superar aquellos pasajes difíciles.
En una de aquellas ocasiones noté que Tenzing, que hasta
entonces había ido muy bien, reducía de pronto el ritmo y
parecía respirar con dificultad. Por experiencias anteriores
sospeché inmediatamente de su suministro de oxígeno. Observé
que del tubo de salida de su máscara de oxígeno colgaban carámbanos
de hielo, y al observarlo de cerca hallé que el tubo, de unos
cinco centímetros de diámetro, estaba completamente obturado
por el hielo. Conseguí retirarlo, proporcionándole un gran
alivio. Al revisar mi propio equipo de oxígeno descubrí que
estaba ocurriendo lo mismo, aunque aún no había llegado a
causarme molestias. En adelante presté mucha más atención a
este problema.
El tiempo parecía perfecto para el Everest. Bien aislados como
estábamos con nuestra ropa de pluma y las prendas cortaviento,
no nos molestaban ni el viento ni el frío. Sin embargo, en una
ocasión me quité las gafas de glaciar para examinar una sección
difícil de la arista y muy pronto quedé cegado por la fina
nieve en polvo que levantaba el viento, y que me obligó a
cubrirme los ojos con rapidez. Continué tallando escalones.
Para sorpresa mía, estaba disfrutando con la ascensión tanto
como jamás había disfrutado en una bella arista de mis Alpes
neozelandeses. Después de una hora de marcha ininterrumpida
llegamos al pie de un pasaje con aspecto de ser el más
formidable problema de la arista: un resalte de roca de unos 15
metros de altura. Conocíamos la existencia de este escalón por
las fotografías aéreas y también lo habíamos visto con prismáticos
desde Thyangboche. Sabíamos que, a aquella altitud, podía muy
bien significar la diferencia entre el éxito y el fracaso.
Aquella roca, lisa y casi desprovista de presas, podría haber
sido un interesante problema para un grupo de expertos
escaladores del Lake District un domingo por la tarde, pero aquí
suponía una barrera para nuestras ya mermadas fuerzas. No vi
forma de rodear el obstáculo a través del escarpado muro del
flanco oeste, pero afortunadamente quedaba aún una posibilidad
por intentar. En su flanco este había otra gran cornisa, y a lo
largo de todo el resalte ascendía una estrecha grieta entre la
cornisa y la roca. Dejando que Tenzing me asegurara lo mejor
posible, me empotré dentro de esta grieta y luego, golpeando
hacia atrás con los crampones, hundí las puntas en la nieve
dura que había detrás de mí y me levanté del suelo.
Aprovechando las pequeñas presas en la roca y toda la fuerza de
mis rodillas, hombros y codos, ascendí cramponeando
literalmente de espaldas, rezando fervientemente para que la
cornisa permaneciera unida a la roca.
A pesar del considerable esfuerzo progresé en forma continua
aunque lenta, y mientras Tenzing me aseguraba ascendí hasta
llegar por fin a lo alto del escalón, arrastrándome fuera de
la grieta hasta una amplia repisa. Durante algunos momentos me
quedé tumbado, recuperando el aliento, y por primera vez sentí
la feroz certidumbre de que nada nos impediría ahora alcanzar
la cumbre. Me aposté solidamente sobre la repisa e indiqué a
Tenzing que subiera. Tiré de la cuerda mientras Tenzing luchaba
en la grieta hasta llegar por fin a la reunión, donde se dejó
caer exhausto como un gran pez al que acaban de sacar del mar
después de una terrible batalla.
Comprobé nuestros equipos de oxígeno y calculé
aproximadamente el ritmo de flujo. Todo parecía ir bien. Debido
probablemente al problema que había tenido con su equipo de oxígeno,
Tenzing se movía con cierta lentitud pero ascendía con
seguridad, y eso era lo más importante. Su único comentario
cuando le pregunté por su estado fue una sonrisa y un gesto de
la mano hacia la arista. Íbamos tan bien a tres litros por
minuto que decidí que, llegado el caso, podríamos reducir a
dos litros por minuto si fuera necesario resistir más tiempo.
La arista continuó en la tónica anterior. Cornisas gigantescas
a la derecha; rocas escarpadas a la izquierda. Proseguí
tallando escalones sobre la estrecha banda de nieve. La arista
se curvó hacia la derecha y no podíamos hacernos una idea de dónde
se hallaba la cumbre. Cada vez que dejaba atrás un lomo, se
izaba en la distancia otro más alto. El tiempo transcurría y
la arista parecía no acabar nunca. En un lugar donde el ángulo
de la pendiente cedía, probé a cramponear sin tallar
escalones, esperando ahorrar tiempo, pero rápidamente comprendí
que nuestro margen de seguridad en aquellas escarpadas
pendientes y a aquella altitud era demasiado pequeño, así que
continué tallando. Ahora comenzaba a estar cansado. Llevaba dos
horas cortando peldaños sin interrupción, y también Tenzing
se movía muy despacio. Mientras contorneaba otro recodo, me
pregunté algo aburrido hasta cuándo podríamos aguantar.
Nuestro entusiasmo inicial había desaparecido casi por completo
y todo se iba convirtiendo en una lucha espantosa. De pronto
observé que la arista, que iba siguiendo, en lugar de ascender
monótonamente, descendía de pronto, y mucho más abajo divisé
el Collado Norte y el glaciar de Rongbuk. Miré hacia arriba y
contemplé una estrecha arista de nieve que ascendía a una
cumbre nevada. Unos pocos golpes más del piolet sobre la nieve
compacta y estábamos arriba.
Mis sentimientos iniciales fueron de alivio: alivio de que ya no
hubiera más peldaños que tallar, más aristas que atravesar ni
más lomos que nos engañaran con esperanzas de éxito. Miré a
Tenzing y a pesar del pasamontañas, las gafas y la máscara de
oxígeno incrustada de carámbanos que ocultaban su rostro, no
podía ocultar la contagiosa sonrisa de puro deleite al
contemplar cuanto le rodeaba. Nos estrecharnos las manos y
entonces Tenzing me echó el brazo sobre los hombros y nos dimos
palmadas mutuas en la espalda hasta quedar casi sin aliento.
Eran las once Y media. En la arista habíamos invertido dos
horas Y media, pero nos parecieron una vida entera.

Por Tencing Norgay
He pensado mucho acerca de lo que a decir: de cómo Hillary y a
la cumbre del Everest. Más tarde, cuando bajamos de la montaña,
hubo muchas discusiones estúpidas en torno a quién llegó
arriba primero. Unos decían que fui yo; otros que fue Hillary.
Algunos, que sólo uno de nosotros llegó arriba -o ninguno.
Otros, incluso, que uno de nosotros tuvo que arrastrar al otro
hasta la cumbre. Todo eso son tonterías y en Katmandú, para
poner fin a todas estas discusiones, Hillary y yo firmamos un
escrito en el que decía: "alcanzamos la cumbre casi
juntos". Creímos que así terminaría todo. Pero no terminó.
La gente siguió haciendo preguntas e inventando historias. Señalaban
ese "casi" y decían, "¿Qué significa
eso?" Los montañeros comprenden que semejante pregunta no
tiene sentido; que cuando dos hombres están en la misma cuerda
están JUNTOS, y no hay más. Pero otras personas no lo
entienden. En la India y Nepal, lamento decirlo, se me ha
presionado mucho para que dijera que yo alcancé la cumbre antes
que Hillary. Y por el mundo entero me preguntan, "¿Quién
llegó primero? ¿Quién llegó primero?"
Vuelvo a decir, "Es una pregunta tonta. La respuesta no
significa nada." Sain embargo es algo que se ha cuestionado
tanto, provocando tantas discusiones y dudas y malentendidos,
que después de mucho pensarlo creo que es preciso dar esa
respuesta. Debo aclarar que no voy a hacerlo para mi propio
beneficio. Ni para el de Hillary. Es por el amor al Everest y a
las generaciones que vengan después. "¿Por qué tiene que
haber un misterio en ello?" dirán ellos, "¿hay algo
de que avergonzarse? ¿Algo que deba ocultarse? ¿Por qué no
podemos conocer la verdad?"... Muy bien, ahora conocerán
la verdad. El Everest es demasiado grande, demasiado precioso
para que haya nada excepto la verdad.
Un poco por debajo de la cumbre, Hillary y yo nos detuvimos.
Miramos hacia arriba. Y continuamos. La cuerda que nos unía medía
unos diez metros, pero yo tenía la mayor parte de ella en la
mano, arrollada en anillos, así que sólo había algo más de
metro y medio de distancia entre ambos. Yo no pensaba en
"primero" y "segundo". No me dije a mí
mismo, "Hay una manzana de oro ahí arriba. Voy a empujar a
Hillary a un lado y voy a lanzarme a por ella." Subimos con
lentitud, sin interrupción. Y entonces llegamos. Hillary pisó
la cumbre el primero. Y yo después.
Así que esto es. La respuesta al "gran misterio". Y
si después de tanta discusión y polémica la respuesta parece
sosegada y simple, sólo puedo decir que así es como debe ser.
Sé que muchos de entre los míos se sentirán decepcionados.
Han dado una importancia grande y falsa a la idea de que debería
haber sido yo "el primero". Todas estas personas han
sido buenas, magníficas conmigo, y les debo mucho. Pero debo más
al Everest y a la verdad. Si es una deshonra que yo haya subido
un paso detrás de Hillary, tendré que vivir con esa deshonra.
Pero yo no creo que sea así. Ni creo que, en definitiva, me
gane la deshonra por contar esta historia. Una y otra vez me he
preguntado a mí mismo, "¿Qué pensarán de nosotros las
generaciones futuras si permitimos que las circunstancias de
nuestro logro permanezcan envueltas en el misterio? ¿Acaso no
sentirán lástima de nosotros, dos camaradas en la vida y la
muerte, que teníamos algo que esconder ante el mundo? Y cada
vez que lo preguntaba la respuesta era la misma: "Sólo la
verdad es lo suficientemente buena para el futuro. Sólo la
verdad es lo suficientemente buena para el Everest".
Ahora está ya dicha la verdad. Y yo estoy dispuesto. a ser
juzgado por ello. Llegamos a la cumbre. Estuvimos en ella. El
sueño se hizo realidad...

|