1933-1949. Los fracasos absurdos
Desde la expedición de 1924 hasta 1950, cinco grupos más
intentaron el Everest, pero ninguno consiguió no ya la cumbre sino
al menos superar la altitud alcanzada por Norton, como si hubiera
una barrera invisible e infranqueable en torno a los 8.500 metros.
Fueron las expediciones de los fracasos absurdos.
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barrera de los 8.500 metros | Sobrevolar
el Everest | El piolet de Irvine
| La predicción de Shipton
Las muertes sucesivas de sherpas y sahibs condujeron al Dalai
Lama a negar los permisos para escalar el Everest hasta 1933. Los
británicos no sólo estaban preparados, sino que se hallaban
absolutamente ufanos de sus posibilidades. Sus previsiones de antes
de partir, contrastaron una y otra vez con la inutilidad de sus
esfuerzos y las caras largas al regresar. La opinión pública de su
país renovaba su interés por la ascensión al Everest, contagiada
del optimismo de sus alpinistas, y sentían los fracasos
inexplicables con la sensación de que les estuvieran tomando el
pelo.
En 1942, uno de los grandes alpinistas y exploradores del Himalaya,
Eric Shipton predijo que se escalaría el Everest, pero puso por
delante la verdadera magnitud del empeño. En un artículo titulado
Sobre esa montaña, tal era el desasosiego que se refería al
Everest sin nombrarlo, explicaba el problema: una tormenta moderada
en altitud es mortífera, ningún hombre ha podido hacer dos
intentos en una misma expedición, las tentativas de cumbre se
limitan a unos pocos días de buen tiempo, a partir de 7.600 metros
resulta imposible escalar a un nivel realmente difícil, hay una
dificultad intangible en la primera ascensión a cualquier montaña
¡cuánto más no será en los gigantes del Himalaya. Y añadía:
"Tal vez nos hemos vuelto arrogantes con nuestras estupendas técnicas
nuevas del crampón y la suela de goma, en esta era de fáciles
conquistas mecánicas. Hemos olvidado que las montañas aún tienen
la carta maestra, que el éxito sólo está garantizado en el
momento adecuado. ¿Cuál sería si no el secreto de la profunda
fascinación del alpinismo?
No eran excusas. Los alemanes, que se pensaban haber estado tan
cerca de la cumbre en el Nanga Parbat en 1932, creían cosa hecha
antes de partir el ascenso en 1934. Y lo que ocurrió fue otra gran
tragedia, pues murieron los tres mejores alpinistas alemanes y seis
sherpas.

Los británicos de 1933 fueron al Everest con una seguridad en sí
mismos semejantes a la de los alemanes en el Nanga Parbat en 1934.
La diferencia es que tuvieron muchísima más suerte porque todos
regresaron vivos.
Sin embargo todo había estado preparado para celebrar el éxito. En
el mes de abril, despegaban dos biplanos desde la India dispuestos
para sobrevolar por primera vez el techo del mundo y obtener
fotografías aéreas. Avanzaban directos a su cumbre por el sur,
volando a unos seguros 9.400 metros. Los cambios de placa se sucedían
a toda la velocidad que el fotógrafo podía con las dos
rudimentarias cámaras de las que disponía cada avión, una situada
en una escotilla en su vientre y otra en la carlinga que llevaban
abierta. Pero cuando el primer avión se acercaba a la cara suroeste
una corriente descendente le hizo perder de golpe 600 metros de
altura, lo mismo que les ocurrirá a los primeros aeronautas que lo
sobrevolaron en globo en 1992. Todo dependía de que el piloto
consiguiera recuperar la altura antes de que la montaña se viniera
encima. Logró pasar a unos 30 metros por encima de la cumbre comiéndose
el eterno penacho de nieve que la abandera los días de viento. La
única consecuencia fue que se tuvieron que quitar el hielo de la
cumbre del Everest de la cara.
A cambio del susto, consiguieron un material que reproducía lo
nunca visto de la montaña. Lo malo fue que las primeras fotografías
que aparecieron resultaron un verdadero fiasco informativo. La
imagen que publicó The Times el 24 de abril de 1933 en su Sección
Ilustrada era bellísima, pero no correspondía al Everest sino al
vecino gigante de 8.463 metros, el Makalu. La fotografía recogía
en primer plano el inconfundible, impresionante y difícil Espolón
Oeste que será escalado por una expedición francesa en 1971. Días
después The Times corrigió el error.

Si la expedición de 1933 se equivocó en algo, solucionarlo no
iba a resultar tan evidente. Sencillamente, las reducidas
posibilidades de éxito se vieron mermadas aún más con un mal
tiempo constante. Los alpinistas tuvieron que pasar semanas dentro
de sus tiendas y fueron contrayendo enfermedades, algunas crónicas
de las alturas, como laringitis, neumonías, úlceras. Es más,
tuvieron un par de aciertos, Frank Smythe consiguió alcanzar la
misma altitud de Norton. Además, los que siguieron la ruta de
Mallory instalaron el último campamento a 8.400 metros, casi 200 m
más alto que el de Mallory y a menos de 500 m de desnivel de la
perseguida cumbre. Estando tan cerca, ¿cómo es que no lo lograron?
Por si fuera poco volver sin cumbre, trajeron dos noticias que
acababa con las esperanzas de Noel Odell sobre que Mallory e Irvine
hubieran conseguido la cumbre en 1924. Después de una noche de
fuerte tormenta con Wyn Harris y Wager soportándola como pudieran
en su campamento VI a 8.400 metros, se encaminaron por la Arista
Noreste en dirección a los ya famosos primer y segundo escalón.
Franquear el primero resultó sencillo, pero el segundo era una
pared imposible ,"lisa, sin agarres", y tuvieron que
regresar. Además, encontraron el piolet de Irvine 200 metros por
debajo del Primer Escalón. Como resultaría inverosímil creer que
Mallory e Irvine se atrevieran a seguir subiendo sin ese elemento de
seguridad básico, había que pensar necesariamente que lo habría
perdido de regreso. Al contárselo a Odell, éste reconoció que,
cuando vio a sus compañeros, bien podían estar en el Primer Escalón
(unos 90 metros de altura por debajo del Segundo). En ese caso no
les habría dado tiempo a subir hasta la cumbre, volver y perder en
ese lugar el piolet. La historia parecía cerrada.
La siguiente expedición británica, en 1935, dirigida por Eric
Shipton se dedicó a explorar e intentaron el Changtse, de 7.583 m,
(Pico Norte), pero se quedaron a 7.300 metros. Los permisos habían
llegado con retraso y si hubieran comenzado a escalar el Everest, el
mes de junio les habría encontrado en la parte más alta de la
montaña. Con la llegada del monzón y sus tormentas nadie habría
sobrevivido en altura. Sin embargo, Shipton, le estaba dando su
primera oportunidad a un sherpa de aproximadamente 18 años,
entonces un desconocido, Tenzing Norgay. Él no lo sabía, pero le
estaba abriendo las puertas del Everest.
De las siguientes expediciones de los años treinta, la de 1938,
dirigida por Tilman se quedó a 8.320 metros, mientras que la del 36
no sobrepasó el Collado Norte, al igual que un grupo canadiense en
1947.

Eric Shipton escribió en 1942 un artñiculo titulado "Sobre
esa montaña" donde hace un reflexión de las expediciones de
los años 30 y las posibilidades de los hombres. Una reflexión que
viene a decir, 11 años antes de la conquista del Everest, que algún
día se escalará la montaña.
El gran interés con que el público no alpinista acoge las
expediciones al Monte Everest, la confianza de las sucesivas
expediciones respecto a su propia capacidad para alcanzar la cumbre
y el hecho de que varios equipos se hayan visto obligados a
renunciar cuando el éxito estaba aparentemente al alcance de su
mano, han producido una evidente perplejidad y quizás han
conseguido que los repetidos fracasos parezcan algo absurdos. Para
contemplar la cuestión desde una perspectiva real, es bueno
recordar que a pesar de todos los intentos realizados entre los
gigantes del Himalaya durante los últimos sesenta años y a cargo
de escaladores de múltiples nacionalidades, todavía no se ha
ascendido a ninguna cumbre de más de ocho mil metros. Los más
destacables de tales intentos fueron los repetidos, desesperados y a
veces desastrosos esfuerzos alemanes para escalar el Kangchenjunga y
el Nanga Parbat durante los años 30. En los comienzos de esta década,
en 1932, los alpinistas alemanes estuvieron aparentemente tan cerca
de su objetivo que cuando comenté con su jefe las perspectivas de
la segunda tentativa de 1934, él pareció considerar su éxito como
una conclusión predeterminada, en forma muy similar a cómo
nosotros habíamos juzgado nuestras posibilidades en el Everest en
1933. Se diría que en torno a la parte superior de esas grandes
montañas existiera una especie de barrera, más allá de la cual
ningún hombre pudiera ascender. Lo cierto, naturalmente, es que a
altitudes mayores de 7.600 metros los efectos de la baja presión
atmosférica sobre el organismo humano son tan importantes que
resulta imposible escalar a un nivel realmente difícil, pudiendo
resultar mortífera incluso una tormenta moderada; que sólo unas
condiciones perfectas de la nieve y la meteorología pueden ofrecer
ligeras probabilidades de éxito, y que en la última etapa de la
ascensión ningún equipo está en condiciones de poder elegir el día
adecuado.
En este sentido no es irrelevante reflexionar en torno a las
incontables tentativas de escalar el Matterhorn antes de que
finalmente se consiguiera su cumbre en 1865, tentativas a cargo de
los mejores alpinistas aficionados y profesionales de aquellos
momentos.
Comparemos los dos problemas. El Matterhorn podía intentarse
cualquier día de cualquier verano; las tentativas de cumbre en el
Everest se han visto limitadas a, como máximo, un par de días de
unos pocos años arbitrariamente escogidos. La zona superior del
Matterhorn podía alcanzarse en un solo día desde un cómodo hotel
en el valle, de tal modo que una misma cordada hubiera podido
intentar a diario la escalada, ganando conocimiento personal y
experiencia del problema en cada uno de sus esfuerzos sucesivos; sin
embargo, ningún hombre ha conseguido aún realizar más de un
intento a la cumbre del Everest en una misma temporada, y pocos lo
han intentado más de una vez en toda su vida. Escalar el Matterhorn
es una experiencia absolutamente placentera desde el punto de vista
mental y físico; ascender la parte superior del Everest es una
batalla pesada y agónica. La propia ascensión del Matterhorn no es
más difícil que la de los últimos seiscientos metros del Everest.
Hoy día el Matterhorn se considera una escalada fácil para una
cordada competente en condiciones razonablemente buenas. Y sin
embargo resistió un año tras otro los esfuerzos de los pioneros
para escalarlo; muchos proclamaban que su ascensión era imposible.
Y no era en modo alguno que aquellos hombres fueran incompetentes.
La razón debe buscarse en esa dificultad peculiar e intangible que
presenta la primera ascensión de cualquier montaña. ¡Cuánto más
debemos esperar que este mismo factor tenga un papel importante en
la defensa de las grandes cumbres del Himalaya!
No, ciertamente no es extraño que el Everest no haya cedido frente
a los primeros ataques: en realidad, hubiera sido muy sorprendente y
no poco triste si lo hubiera hecho, porque no es ése el estilo de
las grandes montañas. Tal vez nos hemos vuelto un poco arrogantes
con nuestras estupendas técnicas nuevas del crampón y la suela de
goma, en esta era de fáciles conquistas mecánicas. Hemos olvidado
que las montañas aún tienen la carta maestra, que el éxito sólo
está garantizado en el momento adecuado. ¿Cuál sería, si no, el
secreto de la profunda fascinación del alpinismo?
Es posible, incluso probable, que en tiempos futuros los hombres
contemplen asombrados nuestros débiles esfuerzos, incapaces de
explicarse nuestros repetidos fracasos, mientras ellos se afanan con
problemas mucho más formidables. Si para entonces aún estamos
vivos, no dudo que refunfuñaremos orgullosamente con nuestras
barbas grises, en un desesperado esfuerzo por justificar nuestra
debilidad. Pero si fuéramos sabios, recordaríamos con profunda
gratitud cómo un día vivimos nuestra herencia alpinística, y
contemplaríamos con placer cómo los jóvenes disfrutan hoy la
suya.

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