1921. Expedición de reconocimiento
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La montaña esperaba consciente de su verdadera dimensión a los
expedicionarios de 1921. Sus 8.848 metros de altitud estaban
protegidos, primero, por 500 kilómetros de marcha de aproximación
a través un terreno y condiciones inhóspitas donde cualquiera podía
contraer una enfermedad y morir, como de hecho sucedió. Después,
poco más allá de donde los mapas de la época terminaban,
comenzaban lenguas glaciares peinadas de grietas tragahombres que se
veían terribles por donde empezaban y nadie sabía cómo ni por dónde
acababan. Por último, la vasta complejidad de una montaña con
caras y aristas de dimensiones descomunales. Con todo esto, a la
supuestamente accesible Arista Norte no le hacían falta los dioses
tibetanos para protegerla. Su Santidad el Dalai Lama, por razones más
bien políticas, daba su permiso.
En la Gran Bretaña de la posguerra, sir Francis Younghusband, el
militar que invadió el Tíbet en 1903 y envió oteadores al Everest,
volvió a promover el objetivo de escalarlo aunque "no fuera a
ser más útil que dar patadas a un balón". Se hizo de ello
una cuestión nacional auspiciada por el Alpine Club y la
prestigiosa Royal Geographical Society.
En mayo de 1921 una gran caravana bajo la dirección de Howard Bury
partía de la ciudad de Darjeeling, la capital india de los sherpas,
al sur del Everest. Como aperitivo tenían que empezar por dar un
buen rodeo evitando el cerrado Nepal, cruzar el Himalaya por algún
punto débil, y adentrarse en Tíbet para encarar la montaña desde
el norte.
Entre los miembros, quien tenía experiencia en el Himalaya era el
doctor Alexander Kellas. Antes de la guerra, Kellas había
aprovechado cada vacación anual para viajar al Himalaya. Gracias a
él supieron que a los nativos que había que contratar era a los de
la etnia sherpa por su capacidad de aclimatación, de sobra
demostrada en las ascensiones que había realizado con ellos. Era
también quien sabía algo de las características geográficas de
la zona y quien más conocía sobre aclimatación, pero estas enseñanzas
no las pudo transmitir porque durante la larga aproximación enfermó
y murió.
Aunque se repartieron el trabajo, a George Mallory, uno de los
mejores escaladores británicos de la época, le cayó la mayor
parte. Mientras el jefe de la expedición llegaba hasta la brutal
cara este para darse cuenta de que no era para ellos, Mallory
inspeccionaba por el norte en todas direcciones menos por una, la
buena. Cuando llegó al Lho La (un collado situado al oeste) se
convirtió en el primer hombre que veía la bestial Cascada de Hielo
del Khumbu, un caos glaciar con grietas de tamaño descomunal,
impenetrable para la época. Después, incansable, consiguió llegar
al Collado Norte, pero por el camino más largo. Una vez allí,
mirando desde sus 7.066 metros hacia el Monasterio de Rongbuk que
les servía de campamento base se dio cuenta de que el sitio que no
había explorado, el Glaciar Este de Rongbuk, era la ruta correcta
para la parte inferior de la montaña. Noel apuntó que Kellas, de
haber estado allí, no le habría dejado cometer ese error que les
hizo perder mucho tiempo.
La expedición había comenzado en mayo, y era el 24 de septiembre
cuando, al llegar al pie del Collado Norte (7.066) por ese camino
largo del collado Lakpha, Mallory se encontró un muro de nieve de
500 metros de altura y con 50 a 60 grados de inclinación. Aunque en
1909, Oscar Eckestein había inventado los crampones (una placa metálica
terminada en puntas afiladas que se coloca bajo la suela de las
botas para subir por nieve dura o hielo), las pautas éticas del
momento, el "fair play" del que históricamente ha hecho
gala el alpinismo británico insistía en que lo honesto era subir
sin ellos y en su lugar tallar escalones donde colocar manos y pies.
Mallory, una vez más, se puso en cabeza de la cuerda: talló 500, y
ninguno se hace de un solo golpe. Aun así, al día siguiente era el
que tenía más fuerzas para continuar unos pocos metros por la
deseada Arista Norte. Allí acabó la expedición de 1921.

Para George Mallory, única persona que tomó parte en las tres
expediciones inglesas de los años veinte al Everest, la expedición
de reconocimiento de 1921 era la oportunidad de su vida. Desde que
volvió de la guerra se había sentido cada vez más frustrado por
las mezquinas restricciones de la vida de maestro y se había
resignado a unirse a la expedición, sin pensar mucho en lo que iba
a hacer después. Escribió cartas prodigiosas a sus familiares y
amigos acerca de sus descubrimientos, revelando en esas cartas
muchos más sentimientos que en sus boletines expedicionarios
oficiales. La mayor parte de los extractos siguientes proceden de
cartas dirigidas a su esposa Ruth.
28 de junio
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Este mapa muestra los
recorridos de Mallory descritos en sus cartas. |
Primer campamento debajo del Everest: Esta vida es mucho más
atareada de lo que pudiera imaginarse, a pesar de ser un día libre.
Son más de las nueve de la noche y acabo de terminar mi laborioso
pero necesario despacho para Howard-Bury, y mañana tendré que
levantarme a las cinco de la madrugada... Ya te hablaré acerca del
Everest en mi próxima carta. Por ahora, basta con decir que tiene
las aristas más abruptas y los precipicios más espantosos que he
visto jamás, y que todo cuanto se ha dicho acerca de una sencilla
pendiente de nieve no es más que un mito. Aquí estamos
completamente al margen de la civilización. Hay un monasterio
bastante cerca de nosotros; resulta cómodo porque las provisiones
para los monjes suben desde el valle y hemos podido ponernos de
acuerdo con ellos para que nos suban combustible junto con el suyo,
por lo tanto mantendremos probablemente aquí el campamento base
durante algunas semanas. Es un lugar bastante abrigado y muy próximo
a un precioso manantial, pero no es la vertiente adecuada para
recibir el sol por la mañana. El Everest se halla ligeramente al
sureste de nuestro campamento. Ayer realizamos una primera exploración
de la montaña. Comenzamos a las 3,25 de la madrugada junto con
cinco porteadores; una hora y media hasta la morrena terminal del
glaciar; 5.45, cruzamos con bastantes dificultades un torrente;
proseguimos por una cuenca plana hasta el final del glaciar,
cubierto de piedras y formado por enormes montículos; nos dirigimos
hacia la orilla izquierda del glaciar y caminamos por el lecho seco
de un río. Desayuno a las siete de la mañana cerca de una gran
roca, justo cuando el sol comienza a dar sobre nosotros. Una hora de
marcha rápida nos llevó a un recodo a donde llega un glaciar desde
el oeste. Contorneamos este recodo y ascendimos hasta una terraza
sobre la ladera.
Me pareció que hacía mucho calor en el glaciar; sin duda el sol
quita un poco el ánimo, pero no en exceso. Debo confesar que después
de caminar por el glaciar notaba un grado de cansancio que nunca he
sentido en los Alpes, pero en conjunto estoy satisfecho conmigo
mismo desde el punto de vista físico. Querida mía, todo esto es
muy emocionante. No sé cómo explicarte el modo en que se ha adueñado
de mí, las perspectivas que ofrece. ¡Y la belleza que encierra!
6 de julio, ascensión a Ri-Ring
Hemos comenzado pronto, a las 4.15, remontando directamente las
pendientes pedregosas que dominan nuestro campamento. Después de
aproximadamente una hora de marcha he tomado algunas fotos del
Everest y de sus montañas vecinas, que tenían un aspecto magnífico
al sol del amanecer. Nos separaban unos 750 metros de la cresta de
nuestra arista: Bullock y los porteadores se han sentido cansados en
este punto; un descanso de 40 minutos y algo de comer. Hacia las
ocho de la mañana nos hemos encordado para avanzar sobre nieve. Una
larga travesía ascendente hasta un collado nevado donde hemos hecho
un alto, desde las 9.30 hasta las 10.10. A partir de aquí hemos
seguido una larga arista de nieve, más tarde roca y nieve. Dos
porteadores se retiraron en este punto, y los otros tres una hora y
media más tarde. Bullock y yo hemos continuado, escalando aquí y
allá pequeños resaltes de roca pizarrosa, avanzan do con cuidado
sobre las crestas de nieve, tallando ocasionalmente unos cuantos
peldaños en el hielo para ganar de nuevo la arista después de una
breve travesía. Nuestro interés se repartía entre lo que teníamos
ante nuestros ojos y la pura y simple lucha para seguir adelante.
Nos movíamos muy despacio, manteniendo la energía muscular y
sobreponiéndonos al cansancio con una respiración rápida y
profunda. Era una tarea colosal. Hemos alcanzado la cumbre a las
2.45. El aneroide, que marca unos 120 metros menos, registraba 7.050
metros. Después de una semana en nuestro campamento, creo que esto
es un buen resultado: una ascensión de 1.650 metros en el día. No
me cabe duda de que, una vez bien aclimatados y comenzando desde un
campamento más alto, podremos ascender muchísimo más. Hasta donde
alcanza nuestra experiencia, el alpinismo aquí tiene la cualidad
notable de que los descensos son siempre muy fatigosos. La única
manera de mantenerse en marcha es acordarse de resoplar como una
locomotora.
19 de julio, hacia el collado entre el Lingtren y el Pumori
Una marcha emocionante. Yo temía que las nubes lo estropearan
todo. Cuando se puso la luna había suficiente luz para caminar sin
linternas. Al amanecer estaba cubierto pero las nubes no eran
espesas. Como culpables criaturas de la noche sorprendidas por la
luz, fueron dispersándose a medida que ascendíamos, y el escenario
entero quedó despejado. La arista norte del Everest se veía clara
y brillante incluso antes de que saliera el sol. Alcanzamos el
collado a las cinco de la madrugada, una visión fantásticamente
bella, y por fin contemplamos el interior del Cwm Occidental,
terriblemente frío y amenazador bajo la sombra del Everest. Hacía
casi una hora que había amanecido cuando por fin el sol alcanzó la
Cumbre Occidental.
Y entonces, otra decepción: hay un fuerte desnivel, unos 450 metros
hasta el glaciar, y un precipicio poco esperanzador. Yo esperaba
poder salir a la izquierda y atravesar hacia el cwm -pero tampoco
aquello ofrecía muchas esperanzas. Sin embargo, habíamos visto ya
este glaciar occidental y nos alegramos de no tener que ascenderle.
Estaba terriblemente roto y empinado. En cualquier caso, sólo es
posible trabajar en esta vertiente si se tiene la base en Nepal, así
que nos las tuvimos que componer por la vertiente occidental. No
parecía muy probable que la brecha entre el Everest y la Cumbre Sur
Pudiera alcanzarse desde el oeste. A tenor de lo que hemos visto
ahora, no se me antoja muy factible, aún en el caso de que se pueda
ascender el glaciar.
28 de julio, hacia Kharta
He pasado la mitad del tiempo en éxtasis. Mi primer pensamiento
al descender ha sido que el mundo era verde de nuevo. En un mes había
cambiado Por completo el aspecto de las laderas. A medida que íbamos
descendiendo y aproximándonos al valle del Arun, el aspecto de
verdor ha ido aumentando sin cesar. A lo largo del trayecto hemos
cruzado dos collados, y hemos dormido en las proximidades de dos
arroyos claros y burbujeantes, y todas las montañas nevadas que
hemos visto han sido interesantes, pero nada de ello ha tenido
importancia para mí. Ver cómo crecían las plantas como si les gus
tara crecer, disfrutando de la lluvia y del sol: ésa ha sido mi
verdadera alegría.
En un agradable paseo he recogido un precioso ramillete de flores
silvestres. Las más frecuentes eran un geranio rosado y una
cincoenrama color amarillo, y una pequeña flor que a todo el mundo
le pareció una violeta pero que resultó ser, a juzgar por la hoja,
algo completamente diferente, y también había "Hierba del
Parnaso", que me encanta, y en algunos lugares una alfombra de
una pequeña flor en forma de botón, color rosa brillante, que
pienso debe pertenecer a la familia de los ajos. Pero sobre todo me
ha deleitado encontrar ranúnculos, una delicada variedad más
menuda que la que conocemos en nuestra tierra, pero que de algún
modo me recuerda especialmente a ti: me hablabas de haber caminado,
hundiéndote entre ellas, en tu primera carta que recibí en Roma.
7 de agosto, hacia la cumbre del Kartse
Hemos caminado unos tres cuartos de hora, ascendiendo una morrena
a la luz de las linternas. Ya antes del primer fulgor del alba las
blancas montañas la parecían como animadas por una pálida luz
azul, una luz que ha ido cambiando, al nacer el día, hasta el
amarillo pleno sobre el Everest y después un brillante gris
azulado, antes de resplandecer como el oro al tocarle el sol,
mientras que el Makalu, todavía más bello, nos regalaba los más
rojos matices, el vigor de sus tonos rosados y púrpuras. Pero me
faltan las palabras. La cadena entera de cumbres desde el Makalu
hasta el Everest supera, con mucho, cualquier escenario de montañas
que yo haya visto jamás. Después hemos seguido avanzando por el
glaciar, muy cubierto de nieve recién caída, hasta que pudimos
quitarnos el calzado para nieve y por vez primera -junto con cuatro
porteadores- nos hemos visto sobre un resalte de roca, que aunque no
era una pared impresionante sí ha bastado para hacernos disfrutar a
todos. Las rocas nos han llevado hasta un collado que constituía
nuestro primer objetivo. Abajo, a lo lejos, había un gran glaciar
pero aún no se veía si llevaba hacia el Collado Norte de nuestros
deseos.
Ya nos habíamos tomado tiempo para observar la gran cara este del
Monte Everest, y más en particular el margen inferior del glaciar
colgado; con sólo mirar un poco más comprendimos que casi por
todas partes las rocas inferiores debían estar expuestas a la caída
de hielo desde ese glaciar; que en el caso de que se pudiera subir
sería una empresa demasiado difícil, llevaría demasiado tiempo y
no nos conduciría a ninguna repisa adecuada; y que, en resumidas
cuentas, tal vez otros hombres menos prudentes podrían intentar
ascender por allí, pero decididamente aquello no era para nosotros.
Hemos querido ir a ver el collado desde una arista elevada. El
siguiente tramo era sumamente pendiente. Bullock opinaba que iba a
ser imposible y de hecho fue bastante duro; tuve que avanzar un
largo trecho cortando peldaños sobre buena nieve. A continuación
hemos alcanzado un plató llano y, poniéndonos las raquetas de
nieve, nos hemos apresurado a cruzar hasta su extremo. Allí los
miembros del equipo se tendieron quedándose dormidos en diversas
posturas, en tanto yo hacía fotografías y examinaba la cumbre
norte a través de mis prismáticos. Se veía con toda claridad por
debajo del nivel del collado, pero nada más. Así que, aunque la
panorámica era espléndida en muchos sentidos, lo único que
realmente deseábamos ver permanecía aún oculto. He preguntado si
había algún voluntario que me acompañara a la cumbre y dos de los
porteadores se han ofrecido a venir. No quedaban más de 150 metros,
pero la nieve era muy profunda y la pendiente terriblemente
empinada. Al poco rato uno de los porteadores ha rehusado seguir; el
otro ha continuado conmigo.
Y de pronto, habíamos llegado a la cumbre. Entre remolinos de nieve
levantados por él viento vislumbré lo que deseaba ver, sólo un
par de ojeadas pero lo suficiente para intuir una alta cuenca nevada
al pie de la cara noreste del Everest, cuya salida debería quedar
hacia el norte. Aquella salida era lo que debíamos encontrar: el
paso de entrada y la vía de ascenso. Hemos descendido hacia la
cabecera del valle y el arroyo glaciar, con la idea de que en la
cabecera de una de sus ramificaciones encontraríamos el glaciar que
buscábamos.
17 de agosto, hacia el Lhakpa La
A las 3 de la madrugada, cuando hemos partido, teníamos la
esperanza de alcanzar nuestro collado con la nieve todavía firme,
en cuatro o cinco horas de marcha desde el campamento. Una esperanza
débil, porque sabíamos que había caído nieve fresca. Después de
unos pasos por el glaciar nos ha parecido necesario ponernos las
raquetas. Benditas raquetas porque nos impiden hundirnos más de
unos pocos centímetros, pero son un peso atroz cuando hay que
llevarlas en los pies durante una larga caminata.
Alcanzamos el collado a las 12.30 del mediodía. A excepción de un
par de horas en que hemos avanzado sobre rocas nevadas por encima de
la cascada de hielo, pasamos todo el tiempo luchando pesadamente
contra la nieve blanda. Sería inútil pretender que resultara una
forma agradable de pasar el tiempo. De nuevo en el glaciar después
de pasar las rocas y de tornar el desayuno a las 8.15, nos hemos
visto envueltos en una niebla ligera que impedía la visión y
creaba un único mundo de nieve y cielo -una niebla abrasadora, si
es que puedes imaginarte una cosa así, más ardiente que el brillo
del sol e indescriptiblemente agotadora. A veces nos parecía,
literalmente, estar caminando en el interior de un horno blanco.
Morshead, que conoce el calor más llanuras indias, decía que jamás
había sentido un calor tan intolerable como éste. Lo único que
nos mantenía en marcha era recurrir a un tremendo y siempre
consciente esfuerzo de los pulmones, y ya en las pendientes finales
he necesitado detenerme y respirar intensamente durante unos
momentos a fin de reunir energía suficiente unos cuantos pasos más.
Naturalmente, las nubes ocultaban las cumbres cuando hemos llegado,
pero en el sentido más importante la salida ha sido un éxito:
vimos lo que habíamos venido a ver. Allí estaba, por supuesto, el
glaciar que sospechábamos, dirigiéndose hacia el norte desde una
cuenca al pie de la cara noreste del Everest. ¡Cuánto nos hubiera
gustado poder seguirlo en su descenso y descubrir el secreto de su
desembocadura! Allí, nos sentimos frustrados. Pero la cabecera de
este glaciar se hallaba sólo un poco por debajo de nosotros, como
mucho quizás 200 me tros; más allá estaba nuestra ruta,
atravesando una zona fácil de nieve hacia el otro lado de la
cuenca, donde la aproximación al Collado Norte, objetivo largamente
deseado, no podía ser difícil ni siquiera larga. De ese modo,
ocurra lo que ocurra con ese glaciar cuya salida aún debemos
encontrar, hemos encontrado el itinerario hacia la gran montaña. En
las condiciones en que lo hemos encontrado no es, por supuesto,
practicable, pero ahí está, ya desvelado, para utilizarlo cuando
el tiempo aclare y la nieve se endurezca.
15 de septiembre
Deja ir tu compasión, queridísima mía, arráncala de sus
fuentes más profundas, y alégrate al saber que estuve leyendo
agradablemente hasta quedar dormido, y que dormí, dormí
generosamente, profundamente, dulcemente, desde las nueve de la
noche hasta las seis de la mañana y al despertar he visto el techo
de mi tienda que se abombaba siniestramente hacia dentro, y ahí
fuera un mundo blanco. Era fácil comprender que las condiciones en
modo alguno permitían escalar. Todas las pendientes visibles se
hallaban cargadas de nieve, increíblemente más cargadas que la última
vez que estuvimos aquí hace tres semanas. El glaciar presentaba una
lisa superficie de nieve blanda y todo confirmaba lo que todos habían
venido a decir: que era inútil tratar de portear cargas hacia
nuestro collado en tanto no viniera un verdadero período de buen
tiempo.
He ordenado la recogida y el descenso del grupo entero. Estábamos aún
quitando tiendas y cubriendo las provisiones cuando las nubes
llegaron a toda prisa y el crepitar de la ventisca volvía a
rodearnos. Hemos descendido rápidamente por el largo valle, en
medio del viento y de la nieve, bailando sobre las piedras medio
cubiertas de nieve y saltando el agua gris de muchos torrentes, y así
hasta llegar al fin a la pradera llena de montículos, en la
hondonada donde están las tiendas grandes.
Ahora, todos nos dejamos vagar igual que las nubes, olvidándonos de
numerar los días para evitar el pensamiento doloroso de este mes
que huye. Por mi parte, estoy contento; el mes está ya demasiado
avanzado para la gran aventura; nos enfrentaremos a grandes fríos,
sin duda; y cuanto más nos retrasemos tanto más frío hará. Pero
el buen tiempo llegará por fin.
Mi oportunidad, la oportunidad de mi vida, habrá quedado
tristemente encogida para entonces, imagino; y todos mis deseos y
mis planes de ver algo de la India durante el camino de retorno se
alejarán volando hacia donde vuele el monzón. Con gusto me quedaría
aquí algunas semanas más, sólo por contemplar el Everest y el
Makalu y por la emoción de apreciar nuevos panoramas. Me gustaría
emprender aún unas cuantas ascensiones, menos ambiciosas pero tal
vez más placenteras. Y será una pena no volver a ver este valle
extrañamente bello colgado en las laderas, y los verdes prados
dominados por las más grandes montañas.
No es necesario que te diga lo que tira de mí en otra dirección.
Cuando imagino el azul del Mediterráneo y la tersa espuma que se
aleja mientras el barco vuela hacia Marsella o Gibraltar donde
espero verte A TI, sonriendo en el muelle bajo la luz del sol
-querida mía, cuando mi mente se llena de estas imágenes, como
ocurre tantas veces, me siento arrastrado fuera de esta tienda hacia
un mundo no sólo más hermoso y lleno de una luz más bella, sino,
además, lleno de significado.
17 de septiembre
¡Maravilla de maravillas! Todo parece indicar que el tiempo
tiene intención de cambiar. Al despertar hemos visto un cielo
despejado que ha seguido así, sin densas nubes blancas que subieran
del valle, y sí un helado viento que arrastra nubes altas desde el
norte. Ayer di un buen paseo con Bullock y Morshead y fuimos
recompensados con una hermosa panorámica del Everest. Hoy Morshead,
Bury y yo hemos partido a las dos de la madrugada para ascender un
pico nevado en la arista que delimita este valle y el siguiente por
el sur. Hemos disfrutado de una vista gloriosa, increíblemente espléndida:
el Kangchenjunga y las más altas montañas orientales se erguían
sobre un mar de nubes lanosas; el Makalu se veía gigantesco justo
enfrente, al otro lado del valle, y también el Everest en la
cabecera del valle tenía un aspecto muy hermoso. Pero la nieve
estaba en malas condiciones y no se está fundiendo como debiera;
por encima de los 6.000 metros más o menos estaba en polvo debajo
de una fina costra y era imposible avanzar sin raquetas, y si la
nieve no se funde bien en el glaciar, muy bien podemos recoger
nuestros trastos de una vez por todas. Además de este motivo de desánimo,
Morshead iba bastante mal y debo admitir que también yo acusaba
bastante la altura. Claramente, estoy lejos de sentirme en tan buena
forma física como debiera estar. Esto es muy penoso, querida, justo
en este momento y en conjunto mis esperanzas están a cero.
Después de diez semanas de exploración que culminaron en tres
frustrantes semanas inmovilizados por el mal tiempo, Mallory creía
haber encontrado finalmente un itinerario. Su objetivo era el
Collado Norte, en la arista noreste del Everest, que en opinión de
Mallory abriría el camino hacia la cumbre. El día 22 de septiembre
él y sus compañeros cruzaron el Lhakpa La y descendieron para
instalar sus tiendas en el Glaciar de Rongbuk, dispuestos a tratar
de alcanzar el collado -y tal vez seguir hasta la cumbre- a la mañana
siguiente.
23 de septiembre
Hemos comenzado tarde y caminado muy despacio, para finalmente
instalar nuestras tiendas en la pendiente abierta, camino del
collado. Suponíamos que en una cuenca tan honda y protegida por
pendientes por tres de sus lados íbamos a encontrar un aire
tranquilo y la calma fría y sedante de la helada. Llegó la noche,
ciertamente despejada, pero sin buenas intenciones. Feroces ráfagas
de viento visitaron nuestras tiendas, sacudiéndolas, preocupándonos
con la desagradable amenaza de arrancarlas de sus anclajes, y después
huyeron a toda prisa dejándonos maravillados ante el cambio,
preguntándonos qué pasaría a continuación. El viento era frío a
6.600 metros, y a pesar de que no habíamos sufrido mucho, la atmósfera
no facilitaba el sueño. Pienso otra vez que tuve más suerte que
mis compañeros, pero Bullock y Whecler estaban bastante mal.
Alrededor de una hora después del amanecer salimos del campamento y
media hora más tarde nos hundíamos en la costra de las primeras
pendientes bajo la pared. Nos acompañaban tres porteadores bastante
fuertes y competentes, y los utilizamos para el trabajo más duro.
Aparte de un breve tramo en que hubo que tallar para pasar una
rimaya, no había más que abrir huella todo seguido, al principio
ligeramente hacia la derecha sobre nieve de avalancha parcialmente
helada y a continuación a la izquierda siguiendo una larga travesía
ascendente hasta la cumbre. Solamente un pasaje, poco antes del
collado, nos causó preocupación o dificultades; allí la nieve
presentaba una pendiente muy fuerte y era suficientemente profunda
para resultar desagradable. Unos 500 peldaños de duro trabajo nos
permitieron recorrer la parte más difícil de la travesía y
llegamos al Collado poco antes de las once y media de la mañana.
A estas alturas, dos de los porteadores estaban claramente cansados,
aunque en ningún modo imposibilitados para seguir; el tercero de
ellos, que iba al frente, estaba relativamente fresco. Wheeler aún
se creía capaz de hacer algún esfuerzo, pero habla perdido toda
sensibilidad en los pies. Bullock estaba cansado, pero evidentemente
seguiría a base de fuerza de voluntad. Hasta cuándo, nadie lo sabía.
Por mi parte, tenía la magnífica suerte de haber dormido bien en
ambos campamentos de altura y ahora me sentía en mi mejor forma;
supuse que podría aún continuar otros 600 metros, y ya no habría
tiempo para nada más. Pero, ¿qué nos esperaba más arriba?
Mientras subíamos, mi mirada se había dirigido varias veces hacia
el borde redondeado que se divisaba por encima del collado y las
rocas finales bajo la arista noreste. Si en algún momento habíamos
dudado que aquella arista fuera accesible, era imposible seguir dudándolo.
Durante un largo trecho, aquellas fáciles pendientes de roca y
nieve no presentaban peligros ni complicaciones. Pero por el momento
hacía viento. Incluso en el lugar en que nos hallábamos, al
resguardo de un pequeño muro de hielo, soplaban a intervalos
frecuentes ráfagas fuertes que levantaban la nieve en polvo en un
torbellino sofocante.
Más allá, en el collado, soplaba un huracán. Y por arriba el
panorama era aún más espantoso. La nieve recién caída sobre la
inmensa pendiente del Everest volaba arrastrada por el viento en una
incesante ventisca, y la propia arista por donde transcurría
nuestra ruta parecía destinada a recibir su furia más plena. Veíamos
cómo la ventisca era momentáneamente rechazada hacia arriba allí
donde el viento chocaba contra la arista, para luego lanzarla
violentamente hacia abajo en un horrible vendaval hacia el lado de
sotavento. Nos bastó con ver aquello: el viento había decidido por
nosotros, continuar hubiera sido una locura. No obstante discutimos
un poco acerca de lo que podía o no podía hacerse, y dimos algunos
pasos a fin de someter la cuestión a prueba. Durante algunos
momentos nos expusimos al viento en el collado para apreciar toda la
fuerza de las ráfagas, y luego nos apresuramos a resguardarnos de
nuevo. No se volvió a hablar de continuar nuestro intento.
29 de septiembre
Mi queridísima Ruth: Sólo una línea a primera hora de la mañana,
mientras ordenamos y embalamos, para decirte que todo está bien.
Fue una desilusión que la parte final pareciera mucho más sencilla
de lo que yo había esperado. Pero en realidad no era tan sencillo,
no fue ninguna broma llegar al Collado Norte. Dudo que ninguna otra
empresa en montaña haya sido realizada con tan escaso margen de
fuerzas. Hasta el final tiré yo solo de todo el equipo, y tuvimos
que darnos la vuelta a causa de un viento en el que ningún hombre
sobreviviría más de una hora. Así las cosas, hemos establecido la
ruta hacia la cumbre para quienquiera que desee emprender la gran
aventura.

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