1921-24> 1921, 1922, 1924.

1921. Expedición de reconocimiento

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Introducción

La montaña esperaba consciente de su verdadera dimensión a los expedicionarios de 1921. Sus 8.848 metros de altitud estaban protegidos, primero, por 500 kilómetros de marcha de aproximación a través un terreno y condiciones inhóspitas donde cualquiera podía contraer una enfermedad y morir, como de hecho sucedió. Después, poco más allá de donde los mapas de la época terminaban, comenzaban lenguas glaciares peinadas de grietas tragahombres que se veían terribles por donde empezaban y nadie sabía cómo ni por dónde acababan. Por último, la vasta complejidad de una montaña con caras y aristas de dimensiones descomunales. Con todo esto, a la supuestamente accesible Arista Norte no le hacían falta los dioses tibetanos para protegerla. Su Santidad el Dalai Lama, por razones más bien políticas, daba su permiso.
En la Gran Bretaña de la posguerra, sir Francis Younghusband, el militar que invadió el Tíbet en 1903 y envió oteadores al Everest, volvió a promover el objetivo de escalarlo aunque "no fuera a ser más útil que dar patadas a un balón". Se hizo de ello una cuestión nacional auspiciada por el Alpine Club y la prestigiosa Royal Geographical Society.
En mayo de 1921 una gran caravana bajo la dirección de Howard Bury partía de la ciudad de Darjeeling, la capital india de los sherpas, al sur del Everest. Como aperitivo tenían que empezar por dar un buen rodeo evitando el cerrado Nepal, cruzar el Himalaya por algún punto débil, y adentrarse en Tíbet para encarar la montaña desde el norte.
Entre los miembros, quien tenía experiencia en el Himalaya era el doctor Alexander Kellas. Antes de la guerra, Kellas había aprovechado cada vacación anual para viajar al Himalaya. Gracias a él supieron que a los nativos que había que contratar era a los de la etnia sherpa por su capacidad de aclimatación, de sobra demostrada en las ascensiones que había realizado con ellos. Era también quien sabía algo de las características geográficas de la zona y quien más conocía sobre aclimatación, pero estas enseñanzas no las pudo transmitir porque durante la larga aproximación enfermó y murió.
Aunque se repartieron el trabajo, a George Mallory, uno de los mejores escaladores británicos de la época, le cayó la mayor parte. Mientras el jefe de la expedición llegaba hasta la brutal cara este para darse cuenta de que no era para ellos, Mallory inspeccionaba por el norte en todas direcciones menos por una, la buena. Cuando llegó al Lho La (un collado situado al oeste) se convirtió en el primer hombre que veía la bestial Cascada de Hielo del Khumbu, un caos glaciar con grietas de tamaño descomunal, impenetrable para la época. Después, incansable, consiguió llegar al Collado Norte, pero por el camino más largo. Una vez allí, mirando desde sus 7.066 metros hacia el Monasterio de Rongbuk que les servía de campamento base se dio cuenta de que el sitio que no había explorado, el Glaciar Este de Rongbuk, era la ruta correcta para la parte inferior de la montaña. Noel apuntó que Kellas, de haber estado allí, no le habría dejado cometer ese error que les hizo perder mucho tiempo.
La expedición había comenzado en mayo, y era el 24 de septiembre cuando, al llegar al pie del Collado Norte (7.066) por ese camino largo del collado Lakpha, Mallory se encontró un muro de nieve de 500 metros de altura y con 50 a 60 grados de inclinación. Aunque en 1909, Oscar Eckestein había inventado los crampones (una placa metálica terminada en puntas afiladas que se coloca bajo la suela de las botas para subir por nieve dura o hielo), las pautas éticas del momento, el "fair play" del que históricamente ha hecho gala el alpinismo británico insistía en que lo honesto era subir sin ellos y en su lugar tallar escalones donde colocar manos y pies. Mallory, una vez más, se puso en cabeza de la cuerda: talló 500, y ninguno se hace de un solo golpe. Aun así, al día siguiente era el que tenía más fuerzas para continuar unos pocos metros por la deseada Arista Norte. Allí acabó la expedición de 1921.

 


Cartas de George Mallory

Para George Mallory, única persona que tomó parte en las tres expediciones inglesas de los años veinte al Everest, la expedición de reconocimiento de 1921 era la oportunidad de su vida. Desde que volvió de la guerra se había sentido cada vez más frustrado por las mezquinas restricciones de la vida de maestro y se había resignado a unirse a la expedición, sin pensar mucho en lo que iba a hacer después. Escribió cartas prodigiosas a sus familiares y amigos acerca de sus descubrimientos, revelando en esas cartas muchos más sentimientos que en sus boletines expedicionarios oficiales. La mayor parte de los extractos siguientes proceden de cartas dirigidas a su esposa Ruth.


28 de junio


Este mapa muestra los recorridos de Mallory descritos en sus cartas.

Primer campamento debajo del Everest: Esta vida es mucho más atareada de lo que pudiera imaginarse, a pesar de ser un día libre. Son más de las nueve de la noche y acabo de terminar mi laborioso pero necesario despacho para Howard-Bury, y mañana tendré que levantarme a las cinco de la madrugada... Ya te hablaré acerca del Everest en mi próxima carta. Por ahora, basta con decir que tiene las aristas más abruptas y los precipicios más espantosos que he visto jamás, y que todo cuanto se ha dicho acerca de una sencilla pendiente de nieve no es más que un mito. Aquí estamos completamente al margen de la civilización. Hay un monasterio bastante cerca de nosotros; resulta cómodo porque las provisiones para los monjes suben desde el valle y hemos podido ponernos de acuerdo con ellos para que nos suban combustible junto con el suyo, por lo tanto mantendremos probablemente aquí el campamento base durante algunas semanas. Es un lugar bastante abrigado y muy próximo a un precioso manantial, pero no es la vertiente adecuada para recibir el sol por la mañana. El Everest se halla ligeramente al sureste de nuestro campamento. Ayer realizamos una primera exploración de la montaña. Comenzamos a las 3,25 de la madrugada junto con cinco porteadores; una hora y media hasta la morrena terminal del glaciar; 5.45, cruzamos con bastantes dificultades un torrente; proseguimos por una cuenca plana hasta el final del glaciar, cubierto de piedras y formado por enormes montículos; nos dirigimos hacia la orilla izquierda del glaciar y caminamos por el lecho seco de un río. Desayuno a las siete de la mañana cerca de una gran roca, justo cuando el sol comienza a dar sobre nosotros. Una hora de marcha rápida nos llevó a un recodo a donde llega un glaciar desde el oeste. Contorneamos este recodo y ascendimos hasta una terraza sobre la ladera.
Me pareció que hacía mucho calor en el glaciar; sin duda el sol quita un poco el ánimo, pero no en exceso. Debo confesar que después de caminar por el glaciar notaba un grado de cansancio que nunca he sentido en los Alpes, pero en conjunto estoy satisfecho conmigo mismo desde el punto de vista físico. Querida mía, todo esto es muy emocionante. No sé cómo explicarte el modo en que se ha adueñado de mí, las perspectivas que ofrece. ¡Y la belleza que encierra!


6 de julio, ascensión a Ri-Ring

Hemos comenzado pronto, a las 4.15, remontando directamente las pendientes pedregosas que dominan nuestro campamento. Después de aproximadamente una hora de marcha he tomado algunas fotos del Everest y de sus montañas vecinas, que tenían un aspecto magnífico al sol del amanecer. Nos separaban unos 750 metros de la cresta de nuestra arista: Bullock y los porteadores se han sentido cansados en este punto; un descanso de 40 minutos y algo de comer. Hacia las ocho de la mañana nos hemos encordado para avanzar sobre nieve. Una larga travesía ascendente hasta un collado nevado donde hemos hecho un alto, desde las 9.30 hasta las 10.10. A partir de aquí hemos seguido una larga arista de nieve, más tarde roca y nieve. Dos porteadores se retiraron en este punto, y los otros tres una hora y media más tarde. Bullock y yo hemos continuado, escalando aquí y allá pequeños resaltes de roca pizarrosa, avanzan do con cuidado sobre las crestas de nieve, tallando ocasionalmente unos cuantos peldaños en el hielo para ganar de nuevo la arista después de una breve travesía. Nuestro interés se repartía entre lo que teníamos ante nuestros ojos y la pura y simple lucha para seguir adelante. Nos movíamos muy despacio, manteniendo la energía muscular y sobreponiéndonos al cansancio con una respiración rápida y profunda. Era una tarea colosal. Hemos alcanzado la cumbre a las 2.45. El aneroide, que marca unos 120 metros menos, registraba 7.050 metros. Después de una semana en nuestro campamento, creo que esto es un buen resultado: una ascensión de 1.650 metros en el día. No me cabe duda de que, una vez bien aclimatados y comenzando desde un campamento más alto, podremos ascender muchísimo más. Hasta donde alcanza nuestra experiencia, el alpinismo aquí tiene la cualidad notable de que los descensos son siempre muy fatigosos. La única manera de mantenerse en marcha es acordarse de resoplar como una locomotora.


19 de julio, hacia el collado entre el Lingtren y el Pumori

Una marcha emocionante. Yo temía que las nubes lo estropearan todo. Cuando se puso la luna había suficiente luz para caminar sin linternas. Al amanecer estaba cubierto pero las nubes no eran espesas. Como culpables criaturas de la noche sorprendidas por la luz, fueron dispersándose a medida que ascendíamos, y el escenario entero quedó despejado. La arista norte del Everest se veía clara y brillante incluso antes de que saliera el sol. Alcanzamos el collado a las cinco de la madrugada, una visión fantásticamente bella, y por fin contemplamos el interior del Cwm Occidental, terriblemente frío y amenazador bajo la sombra del Everest. Hacía casi una hora que había amanecido cuando por fin el sol alcanzó la Cumbre Occidental.
Y entonces, otra decepción: hay un fuerte desnivel, unos 450 metros hasta el glaciar, y un precipicio poco esperanzador. Yo esperaba poder salir a la izquierda y atravesar hacia el cwm -pero tampoco aquello ofrecía muchas esperanzas. Sin embargo, habíamos visto ya este glaciar occidental y nos alegramos de no tener que ascenderle. Estaba terriblemente roto y empinado. En cualquier caso, sólo es posible trabajar en esta vertiente si se tiene la base en Nepal, así que nos las tuvimos que componer por la vertiente occidental. No parecía muy probable que la brecha entre el Everest y la Cumbre Sur Pudiera alcanzarse desde el oeste. A tenor de lo que hemos visto ahora, no se me antoja muy factible, aún en el caso de que se pueda ascender el glaciar.



28 de julio, hacia Kharta

He pasado la mitad del tiempo en éxtasis. Mi primer pensamiento al descender ha sido que el mundo era verde de nuevo. En un mes había cambiado Por completo el aspecto de las laderas. A medida que íbamos descendiendo y aproximándonos al valle del Arun, el aspecto de verdor ha ido aumentando sin cesar. A lo largo del trayecto hemos cruzado dos collados, y hemos dormido en las proximidades de dos arroyos claros y burbujeantes, y todas las montañas nevadas que hemos visto han sido interesantes, pero nada de ello ha tenido importancia para mí. Ver cómo crecían las plantas como si les gus tara crecer, disfrutando de la lluvia y del sol: ésa ha sido mi verdadera alegría.
En un agradable paseo he recogido un precioso ramillete de flores silvestres. Las más frecuentes eran un geranio rosado y una cincoenrama color amarillo, y una pequeña flor que a todo el mundo le pareció una violeta pero que resultó ser, a juzgar por la hoja, algo completamente diferente, y también había "Hierba del Parnaso", que me encanta, y en algunos lugares una alfombra de una pequeña flor en forma de botón, color rosa brillante, que pienso debe pertenecer a la familia de los ajos. Pero sobre todo me ha deleitado encontrar ranúnculos, una delicada variedad más menuda que la que conocemos en nuestra tierra, pero que de algún modo me recuerda especialmente a ti: me hablabas de haber caminado, hundiéndote entre ellas, en tu primera carta que recibí en Roma.


7 de agosto, hacia la cumbre del Kartse

Hemos caminado unos tres cuartos de hora, ascendiendo una morrena a la luz de las linternas. Ya antes del primer fulgor del alba las blancas montañas la parecían como animadas por una pálida luz azul, una luz que ha ido cambiando, al nacer el día, hasta el amarillo pleno sobre el Everest y después un brillante gris azulado, antes de resplandecer como el oro al tocarle el sol, mientras que el Makalu, todavía más bello, nos regalaba los más rojos matices, el vigor de sus tonos rosados y púrpuras. Pero me faltan las palabras. La cadena entera de cumbres desde el Makalu hasta el Everest supera, con mucho, cualquier escenario de montañas que yo haya visto jamás. Después hemos seguido avanzando por el glaciar, muy cubierto de nieve recién caída, hasta que pudimos quitarnos el calzado para nieve y por vez primera -junto con cuatro porteadores- nos hemos visto sobre un resalte de roca, que aunque no era una pared impresionante sí ha bastado para hacernos disfrutar a todos. Las rocas nos han llevado hasta un collado que constituía nuestro primer objetivo. Abajo, a lo lejos, había un gran glaciar pero aún no se veía si llevaba hacia el Collado Norte de nuestros deseos.
Ya nos habíamos tomado tiempo para observar la gran cara este del Monte Everest, y más en particular el margen inferior del glaciar colgado; con sólo mirar un poco más comprendimos que casi por todas partes las rocas inferiores debían estar expuestas a la caída de hielo desde ese glaciar; que en el caso de que se pudiera subir sería una empresa demasiado difícil, llevaría demasiado tiempo y no nos conduciría a ninguna repisa adecuada; y que, en resumidas cuentas, tal vez otros hombres menos prudentes podrían intentar ascender por allí, pero decididamente aquello no era para nosotros.
Hemos querido ir a ver el collado desde una arista elevada. El siguiente tramo era sumamente pendiente. Bullock opinaba que iba a ser imposible y de hecho fue bastante duro; tuve que avanzar un largo trecho cortando peldaños sobre buena nieve. A continuación hemos alcanzado un plató llano y, poniéndonos las raquetas de nieve, nos hemos apresurado a cruzar hasta su extremo. Allí los miembros del equipo se tendieron quedándose dormidos en diversas posturas, en tanto yo hacía fotografías y examinaba la cumbre norte a través de mis prismáticos. Se veía con toda claridad por debajo del nivel del collado, pero nada más. Así que, aunque la panorámica era espléndida en muchos sentidos, lo único que realmente deseábamos ver permanecía aún oculto. He preguntado si había algún voluntario que me acompañara a la cumbre y dos de los porteadores se han ofrecido a venir. No quedaban más de 150 metros, pero la nieve era muy profunda y la pendiente terriblemente empinada. Al poco rato uno de los porteadores ha rehusado seguir; el otro ha continuado conmigo.
Y de pronto, habíamos llegado a la cumbre. Entre remolinos de nieve levantados por él viento vislumbré lo que deseaba ver, sólo un par de ojeadas pero lo suficiente para intuir una alta cuenca nevada al pie de la cara noreste del Everest, cuya salida debería quedar hacia el norte. Aquella salida era lo que debíamos encontrar: el paso de entrada y la vía de ascenso. Hemos descendido hacia la cabecera del valle y el arroyo glaciar, con la idea de que en la cabecera de una de sus ramificaciones encontraríamos el glaciar que buscábamos.


17 de agosto, hacia el Lhakpa La

A las 3 de la madrugada, cuando hemos partido, teníamos la esperanza de alcanzar nuestro collado con la nieve todavía firme, en cuatro o cinco horas de marcha desde el campamento. Una esperanza débil, porque sabíamos que había caído nieve fresca. Después de unos pasos por el glaciar nos ha parecido necesario ponernos las raquetas. Benditas raquetas porque nos impiden hundirnos más de unos pocos centímetros, pero son un peso atroz cuando hay que llevarlas en los pies durante una larga caminata.
Alcanzamos el collado a las 12.30 del mediodía. A excepción de un par de horas en que hemos avanzado sobre rocas nevadas por encima de la cascada de hielo, pasamos todo el tiempo luchando pesadamente contra la nieve blanda. Sería inútil pretender que resultara una forma agradable de pasar el tiempo. De nuevo en el glaciar después de pasar las rocas y de tornar el desayuno a las 8.15, nos hemos visto envueltos en una niebla ligera que impedía la visión y creaba un único mundo de nieve y cielo -una niebla abrasadora, si es que puedes imaginarte una cosa así, más ardiente que el brillo del sol e indescriptiblemente agotadora. A veces nos parecía, literalmente, estar caminando en el interior de un horno blanco. Morshead, que conoce el calor más llanuras indias, decía que jamás había sentido un calor tan intolerable como éste. Lo único que nos mantenía en marcha era recurrir a un tremendo y siempre consciente esfuerzo de los pulmones, y ya en las pendientes finales he necesitado detenerme y respirar intensamente durante unos momentos a fin de reunir energía suficiente unos cuantos pasos más.
Naturalmente, las nubes ocultaban las cumbres cuando hemos llegado, pero en el sentido más importante la salida ha sido un éxito: vimos lo que habíamos venido a ver. Allí estaba, por supuesto, el glaciar que sospechábamos, dirigiéndose hacia el norte desde una cuenca al pie de la cara noreste del Everest. ¡Cuánto nos hubiera gustado poder seguirlo en su descenso y descubrir el secreto de su desembocadura! Allí, nos sentimos frustrados. Pero la cabecera de este glaciar se hallaba sólo un poco por debajo de nosotros, como mucho quizás 200 me tros; más allá estaba nuestra ruta, atravesando una zona fácil de nieve hacia el otro lado de la cuenca, donde la aproximación al Collado Norte, objetivo largamente deseado, no podía ser difícil ni siquiera larga. De ese modo, ocurra lo que ocurra con ese glaciar cuya salida aún debemos encontrar, hemos encontrado el itinerario hacia la gran montaña. En las condiciones en que lo hemos encontrado no es, por supuesto, practicable, pero ahí está, ya desvelado, para utilizarlo cuando el tiempo aclare y la nieve se endurezca.


15 de septiembre

Deja ir tu compasión, queridísima mía, arráncala de sus fuentes más profundas, y alégrate al saber que estuve leyendo agradablemente hasta quedar dormido, y que dormí, dormí generosamente, profundamente, dulcemente, desde las nueve de la noche hasta las seis de la mañana y al despertar he visto el techo de mi tienda que se abombaba siniestramente hacia dentro, y ahí fuera un mundo blanco. Era fácil comprender que las condiciones en modo alguno permitían escalar. Todas las pendientes visibles se hallaban cargadas de nieve, increíblemente más cargadas que la última vez que estuvimos aquí hace tres semanas. El glaciar presentaba una lisa superficie de nieve blanda y todo confirmaba lo que todos habían venido a decir: que era inútil tratar de portear cargas hacia nuestro collado en tanto no viniera un verdadero período de buen tiempo.
He ordenado la recogida y el descenso del grupo entero. Estábamos aún quitando tiendas y cubriendo las provisiones cuando las nubes llegaron a toda prisa y el crepitar de la ventisca volvía a rodearnos. Hemos descendido rápidamente por el largo valle, en medio del viento y de la nieve, bailando sobre las piedras medio cubiertas de nieve y saltando el agua gris de muchos torrentes, y así hasta llegar al fin a la pradera llena de montículos, en la hondonada donde están las tiendas grandes.
Ahora, todos nos dejamos vagar igual que las nubes, olvidándonos de numerar los días para evitar el pensamiento doloroso de este mes que huye. Por mi parte, estoy contento; el mes está ya demasiado avanzado para la gran aventura; nos enfrentaremos a grandes fríos, sin duda; y cuanto más nos retrasemos tanto más frío hará. Pero el buen tiempo llegará por fin.
Mi oportunidad, la oportunidad de mi vida, habrá quedado tristemente encogida para entonces, imagino; y todos mis deseos y mis planes de ver algo de la India durante el camino de retorno se alejarán volando hacia donde vuele el monzón. Con gusto me quedaría aquí algunas semanas más, sólo por contemplar el Everest y el Makalu y por la emoción de apreciar nuevos panoramas. Me gustaría emprender aún unas cuantas ascensiones, menos ambiciosas pero tal vez más placenteras. Y será una pena no volver a ver este valle extrañamente bello colgado en las laderas, y los verdes prados dominados por las más grandes montañas.
No es necesario que te diga lo que tira de mí en otra dirección. Cuando imagino el azul del Mediterráneo y la tersa espuma que se aleja mientras el barco vuela hacia Marsella o Gibraltar donde espero verte A TI, sonriendo en el muelle bajo la luz del sol -querida mía, cuando mi mente se llena de estas imágenes, como ocurre tantas veces, me siento arrastrado fuera de esta tienda hacia un mundo no sólo más hermoso y lleno de una luz más bella, sino, además, lleno de significado.


17 de septiembre

¡Maravilla de maravillas! Todo parece indicar que el tiempo tiene intención de cambiar. Al despertar hemos visto un cielo despejado que ha seguido así, sin densas nubes blancas que subieran del valle, y sí un helado viento que arrastra nubes altas desde el norte. Ayer di un buen paseo con Bullock y Morshead y fuimos recompensados con una hermosa panorámica del Everest. Hoy Morshead, Bury y yo hemos partido a las dos de la madrugada para ascender un pico nevado en la arista que delimita este valle y el siguiente por el sur. Hemos disfrutado de una vista gloriosa, increíblemente espléndida: el Kangchenjunga y las más altas montañas orientales se erguían sobre un mar de nubes lanosas; el Makalu se veía gigantesco justo enfrente, al otro lado del valle, y también el Everest en la cabecera del valle tenía un aspecto muy hermoso. Pero la nieve estaba en malas condiciones y no se está fundiendo como debiera; por encima de los 6.000 metros más o menos estaba en polvo debajo de una fina costra y era imposible avanzar sin raquetas, y si la nieve no se funde bien en el glaciar, muy bien podemos recoger nuestros trastos de una vez por todas. Además de este motivo de desánimo, Morshead iba bastante mal y debo admitir que también yo acusaba bastante la altura. Claramente, estoy lejos de sentirme en tan buena forma física como debiera estar. Esto es muy penoso, querida, justo en este momento y en conjunto mis esperanzas están a cero.

Después de diez semanas de exploración que culminaron en tres frustrantes semanas inmovilizados por el mal tiempo, Mallory creía haber encontrado finalmente un itinerario. Su objetivo era el Collado Norte, en la arista noreste del Everest, que en opinión de Mallory abriría el camino hacia la cumbre. El día 22 de septiembre él y sus compañeros cruzaron el Lhakpa La y descendieron para instalar sus tiendas en el Glaciar de Rongbuk, dispuestos a tratar de alcanzar el collado -y tal vez seguir hasta la cumbre- a la mañana siguiente.


23 de septiembre

Hemos comenzado tarde y caminado muy despacio, para finalmente instalar nuestras tiendas en la pendiente abierta, camino del collado. Suponíamos que en una cuenca tan honda y protegida por pendientes por tres de sus lados íbamos a encontrar un aire tranquilo y la calma fría y sedante de la helada. Llegó la noche, ciertamente despejada, pero sin buenas intenciones. Feroces ráfagas de viento visitaron nuestras tiendas, sacudiéndolas, preocupándonos con la desagradable amenaza de arrancarlas de sus anclajes, y después huyeron a toda prisa dejándonos maravillados ante el cambio, preguntándonos qué pasaría a continuación. El viento era frío a 6.600 metros, y a pesar de que no habíamos sufrido mucho, la atmósfera no facilitaba el sueño. Pienso otra vez que tuve más suerte que mis compañeros, pero Bullock y Whecler estaban bastante mal. Alrededor de una hora después del amanecer salimos del campamento y media hora más tarde nos hundíamos en la costra de las primeras pendientes bajo la pared. Nos acompañaban tres porteadores bastante fuertes y competentes, y los utilizamos para el trabajo más duro. Aparte de un breve tramo en que hubo que tallar para pasar una rimaya, no había más que abrir huella todo seguido, al principio ligeramente hacia la derecha sobre nieve de avalancha parcialmente helada y a continuación a la izquierda siguiendo una larga travesía ascendente hasta la cumbre. Solamente un pasaje, poco antes del collado, nos causó preocupación o dificultades; allí la nieve presentaba una pendiente muy fuerte y era suficientemente profunda para resultar desagradable. Unos 500 peldaños de duro trabajo nos permitieron recorrer la parte más difícil de la travesía y llegamos al Collado poco antes de las once y media de la mañana.
A estas alturas, dos de los porteadores estaban claramente cansados, aunque en ningún modo imposibilitados para seguir; el tercero de ellos, que iba al frente, estaba relativamente fresco. Wheeler aún se creía capaz de hacer algún esfuerzo, pero habla perdido toda sensibilidad en los pies. Bullock estaba cansado, pero evidentemente seguiría a base de fuerza de voluntad. Hasta cuándo, nadie lo sabía. Por mi parte, tenía la magnífica suerte de haber dormido bien en ambos campamentos de altura y ahora me sentía en mi mejor forma; supuse que podría aún continuar otros 600 metros, y ya no habría tiempo para nada más. Pero, ¿qué nos esperaba más arriba? Mientras subíamos, mi mirada se había dirigido varias veces hacia el borde redondeado que se divisaba por encima del collado y las rocas finales bajo la arista noreste. Si en algún momento habíamos dudado que aquella arista fuera accesible, era imposible seguir dudándolo. Durante un largo trecho, aquellas fáciles pendientes de roca y nieve no presentaban peligros ni complicaciones. Pero por el momento hacía viento. Incluso en el lugar en que nos hallábamos, al resguardo de un pequeño muro de hielo, soplaban a intervalos frecuentes ráfagas fuertes que levantaban la nieve en polvo en un torbellino sofocante.
Más allá, en el collado, soplaba un huracán. Y por arriba el panorama era aún más espantoso. La nieve recién caída sobre la inmensa pendiente del Everest volaba arrastrada por el viento en una incesante ventisca, y la propia arista por donde transcurría nuestra ruta parecía destinada a recibir su furia más plena. Veíamos cómo la ventisca era momentáneamente rechazada hacia arriba allí donde el viento chocaba contra la arista, para luego lanzarla violentamente hacia abajo en un horrible vendaval hacia el lado de sotavento. Nos bastó con ver aquello: el viento había decidido por nosotros, continuar hubiera sido una locura. No obstante discutimos un poco acerca de lo que podía o no podía hacerse, y dimos algunos pasos a fin de someter la cuestión a prueba. Durante algunos momentos nos expusimos al viento en el collado para apreciar toda la fuerza de las ráfagas, y luego nos apresuramos a resguardarnos de nuevo. No se volvió a hablar de continuar nuestro intento.

 


29 de septiembre

Mi queridísima Ruth: Sólo una línea a primera hora de la mañana, mientras ordenamos y embalamos, para decirte que todo está bien. Fue una desilusión que la parte final pareciera mucho más sencilla de lo que yo había esperado. Pero en realidad no era tan sencillo, no fue ninguna broma llegar al Collado Norte. Dudo que ninguna otra empresa en montaña haya sido realizada con tan escaso margen de fuerzas. Hasta el final tiré yo solo de todo el equipo, y tuvimos que darnos la vuelta a causa de un viento en el que ningún hombre sobreviviría más de una hora. Así las cosas, hemos establecido la ruta hacia la cumbre para quienquiera que desee emprender la gran aventura.

 

 

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