1857-1919 Las primeras intenciones

Desde que el Everest fue coronado Techo del Mundo, hasta que se escaló por primera vez pasó un siglo. No es difícil entenderlo. De entrada, en 1876 aún no se había escalado por encima de 6.000 metros y para que alguien, en 1921, llegara hasta al pie de la montaña casi transcurrió la mitad de ese tiempo. Fueron años de aprendizaje y aventura.


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Una cuestión de altura

Saber en 1876 que el Everest significaba el Techo del Mundo era demasiado pronto para el alpinismo. En cuanto a dificultad, los retos que se iban a encontrar en los 8.000 metros del Himalaya, en algunos casos, ni siquiera habían sido superados en los 4.000 de los Alpes, donde habría sido mucho más sencillo. En cuanto a altitud, aún estaba vigente el récord que consiguió el soldado español Diego de Ordaz, quien cumpliendo órdenes de Hernán Cortes, subió los 5.452 metros de un volcán mejicano, el Pococatépetl en 1521.
A finales del XIX, un guía de montaña austriaco parecía especializado en altitud. Los mejores exploradores del Karakorum y del Himalaya como Martin Conway o Charles Bruce (quien luego dirigirá las expediciones al Everest de 1922 y 1924), contaron con él, Mathias Zurbriggen, quien en 1897 consiguió ascender el techo de América, el Aconcagua (6.967 m) que entonces se creía superaba los 7.000 m. No les defraudó. Con Conway había ascendido en 1892 el Island Peak, una montaña del Karakorum cercana al K2, se convertía en la mayor altura alcanzada por el hombre. Mientras, en 1895, otro coloso himaláyico, el Nanga Parbat (8.125 m) se había quedado con la vida del mejor alpinista de la época, el británico Albert Frederick Mummery.
Mummery había dejado un relevo inesperado antes de morir. Algunas de sus últimas escaladas en Europa las realizó con un joven Amadeo de Saboya. Italiano pero nacido en Madrid en 1873, durante el efímero reinado de su padre, Luis de Saboya, en España, después de enrolarse en la Marina italiana a los 16 años, contemplar el Kangchenjunga desde la ciudad india de Darjeeling, y de escalar con Mummery a los 19, dedicó la mayor parte de su vida a la exploración de las montañas y los polos. En 1909, durante una exploración del Karakorum, elevó el listón de la altitud a unos 7.500 metros en el Chogolisa y además descubrió la ruta buena, la que siguieron los italianos en 1954, para escalar el segundo gigante de la Tierra, el K2 con sus 8.611 metros.

 


¿Es posible escalar el Everest?

En este contexto, ascender el Everest en el periodo de entresiglos habría llevado de cabeza al fracaso, y la realidad es que, aunque ni siquiera se llegó a intentar seriamente, lo primero que se pensaba al hablar de Everest era "imposible". Unos pocos se pronunciaron contra este planteamiento pesimista, como sir Francis Younghusband hacía 1919: "Hace 40 años el hombre era muy humilde y no osaba pensar en una altura mayor de 6.000 metros, veinte años después había llegado a los 7.000, hace 10 llegó a los 7.500. La Aritmética muestra que detrás han de venir los 9.000 metros y entonces el Everest será vencido porque el hombre crece en sabiduría mientras la montaña, aunque lucha con sus armas, no aprende nada de la experiencia".
La experiencia en altitud de esos años fue prometedora. Mientras los exploradores desarrollaban sus teorías sobre aclimatación, y más o menos iban funcionando, la opinión científica más conservadora no auguraba nada bueno por encima de los 6.000 metros. Sin embargo un médico y montañero, Clinton Dent, tras observar los efectos en los aeronautas escribía en 1885: "No digo que sea prudente ascender el Everest, sólo que es posible hacerlo con aclimatación". Alentado por el éxito de la expedición de Martin Conway al Aisland Peak escribió el artículo ¿Es posible escalar el Everest? Su propuesta fue recogida fundamentalmente por soldados alpinistas como Charles Bruce y Francis Younghusband, quienes se mostraron dispuestos a intentarlo inmediatamente, pero tanto Tíbet como Nepal impedían cualquier acercamiento occidental.

 


Clandestinamente al Tíbet

Nunca ha sido la prudencia lo que ha llevado a los alpinistas al Everest y entonces no hubo ninguna excepción. Algunos soldados británicos estacionados en la colonia India, miraban más allá de la ocupación. Miraban a las montañas. En 1903, Francis Younghusband recibió la orden de invadir el Tíbet desde India y eso es en primer lugar lo que hizo. Se adentró en territorio hostil y entre escaramuza y tiroteo fue ganando terreno. Detrás de sí, dejaba construido un hilo telegráfico que los supersticiosos tibetanos no destruyeron porque les convenció de que sólo si podía seguirlo encontraría el camino de regreso.
La campaña militar de Younghusband finalizó en la capital del Tíbet, Lhasa, con la firma de un pacto en 1904, pero no se retiró sin enviar a algunos de sus hombres hacia la frontera con Nepal. Unos llegaron a menos de 100 kilómetros del Everest y se trajeron una impresión: era accesible por su arista norte. Otro enviado, desde una ciudad a 150 kilómetros de distancia, obtuvo su primera fotografía.
En los siguientes años, no hubo nuevos intentos de invasión ni exploración legalizados por la metrópoli. Pero los hubo. El capitán John Noel decidió en 1913 introducirse clandestinamente en Tíbet para llegar al Everest a toda costa. Se disfrazó, se tiñó pelo y piel, y con un pequeño grupo nativo se puso a galopar camino de Chomolungma. Pasaron días durmiendo al raso, malcomiendo y, por fin, en un descuido, fueron vistos por los lamas-guerreros. Hubo una discusión, un intento de detenerlos y finalmente un disparo. Noel había matado a un lama. Sus acompañantes le exigían dejar el peligroso Tíbet. Del Everest, ni rastro.
En 1914 comenzó la I Guerra Mundial. En ese momento, todo lo demás dejó de ser importante.

 

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