1733-1856. La medición y el bautismo

La situación del Everest no ayudó para reconocerlo a primera vista como lo que es, el Techo de la Tierra. Y en el momento en que, a mediados del XIX, los geógrafos desvelaron la realidad, comenzaron diez años de discusiones para ponerle nombre.

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La diosa madre de la tierra

La primera referencia que se tuvo del Everest pasó completamente desapercibida bajo la forma de un extraño nombre en un mapa del siglo XVIII. Aparecía en el París de 1733, firmado por el geógrafo d'Anville, quien recogía lo que le habían dicho los misioneros jesuitas de boca de los lamas tibetanos. Allí estaba el Tschoumou-Lanckma (Chomolungma), sabían lo que significaba: Diosa Madre de la Tierra, pero de su altitud no tenían la menor idea.
El Everest no estaba geográficamente bien situado para ser reconocido como el techo del mundo por los conocimientos de la época. Su relevancia quedaba relativizada al lado de otra gran montaña de 8.516 metros, el Lhotse, cerca de otros dos gigantes como el Makalu con sus 8.463 m y el Cho Oyu (8.201 m), y tapado en gran parte de las miradas desde el Tíbet, por el norte, y desde Nepal, por el sur, por otras murallas menores pero igualmente impresionantes, y por las nubes eternas. El lejano Nanga Parbat, en el Himalaya paquistaní, con sólo 8.125 metros, aislado de cualquier otra cumbre que le hiciera un mínimo de sombra, se llevó durante algún tiempo el mérito de ser la montaña más alta de la Tierra. A sólo 200 kilómetros del Everest, los cercanos 8.586 metros del Kangchenjunga también se lo parecieron incluso a los geógrafos británicos del siglo XIX.

 


Los cartógrafos británicos

Fueron ellos, los sufridos cartógrafos del Imperio Británico destinados en India, quienes se encargaron de deshacer el entuerto. La metrópoli, entre otras pruebas de autoridad, pensó que cartografiar todo el subcontinente indio, y encontrar y medir la montaña más alta del mundo serviría para ganarse reputación. Cargados con instrumentos que pesaban 500 kilos -para transportarlos hacían falta doce hombres-, y sucumbiendo a la malaria, fueron avanzando de sur a norte hasta llegar a 175 kilómetros de la cordillera del Himalaya. El Topógrafo Jefe, George Everest, pidió los permisos para entrar en el reino de Nepal, pero los nepaleses temían que detrás de los científicos vinieran los soldados que ya colonizaban la vecina India y se negaron. Sin embargo, habían llegado a suficiente distancia como para tomarles las medidas a aquellos picos que las nubes sólo dejaban ver contados días de los tres últimos meses del año. En 1847, observaron por primera vez una montaña con una altitud estimada de 9.000 metros.
Antes de que los geógrafos hicieran esta observación, Everest ya había sido jubilado y sustituido por Andrew Waugh en el cargo de Topógrafo Jefe y se encontraba en Gran Bretaña. Además, la malaria fue más rápida que la finalización de los cálculos complejos que evitan los errores de medición por la circunferencia de la Tierra, la refracción solar y otros factores. El topógrafo que los estaba realizando enfermó y quedaron parados hasta que Waugh se encargó del que, con sentido exclusivamente práctico, habían denominado Pico XV. Por fin, en 1856 comunicó la noticia: "Sabemos desde hace varios años que esta montaña es más alta que ninguna otra de las que se han medido en la India". Los 9.000 metros observados habían quedado en 8.840, después de aplicarle las correcciones según los conocimientos de la época, un error insignificante respecto de los 8.848 actuales. En cualquier caso era la más alta del mundo, y había que ponerle nombre de verdad.

 


¿Qué nombre le ponemos?

Comenzaron nueve años de discusiones. Waugh proponía el apellido de Everest en homenaje merecido a su antecesor. A Everest, quien ya había rechazado el título de sir cuando le jubilaron, su modestia se lo impedía por un lado, y por otro su formación científica. El nombre de esa montaña que sin ninguna duda se iba a repetir mucho en los años siguientes, debía ser como el de los otros gigantes que habían bautizado: un nombre local que los nativos conocieran y pudieran pronunciar. No triunfó. Cuando en 1865, la Royal Geographical Society adoptó la propuesta de Waugh, el ya Sir George Everest tuvo una imprevista descendencia, un año antes de su muerte. Le había dado su apellido a la piedra más inmensa del planeta.


La medición

La medición de 8.840 m de Waugh se mantuvo hasta la década de los 50. Los geógrafos chinos triangularon a Chomolungma por el norte y desde mucho más cerca que sus predesores británicos, un siglo antes, hicieran por el sur. El resultado son los 8.848,12 metros que aún hoy se consideran vigentes.
Sin embargo ha habido más mediciones, incluidos cálculos por satélite en los años 80, dirigidos por el eminente cartógrafo americano, autor de un formidable mapa de la región, Bradford Washburn, que confirmaron la medición china. En 1992 una expedición italiana planteó una altura de 8.846,10 m con un error de +- 2 m que, por tanto, estaba diciendo que la altitud de 8.848 metros podía ser la real. La última, realizada en 1999 y dirigida de nuevo por Washburn, propone una altitud de 8.850 metros. Además, descubieron que la cordillera del Himalaya se desplaza horizontalmente entre 3 y 6 milímetros al año.

 

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