La costumbre de dejar una señal humana en las cumbres se remonta al siglo XVIII, cuando Petrarca conquistó la
cima del Mount Ventoux depositando en ella uno poemas que han pasado a formar parte de la literatura universal. A partir de ahí
los montañeros han ido dejando señales de su paso por las cumbres en forma de placas, banderas, cruces, antenas y todo tipo de
objetos que son un claro reflejo de la mentalidad de cada época.
Los primeros que llegaron a una cumbre virgen querían dejar una prueba palpable y clara de su ascensión, y para ello
nada mejor que la construcción de algún hito para dejar constancia de su paso. El primer hito apareció en la montaña pirenaica
del Midi d´Ossau a finales del siglo XVIII. No se sabe quien pudo ponerlo ahí pero se cree que fue un pastor que llevaba su
rebaño de ovejas por las laderas del Midi. A partir de entonces todos aquellos expedicionarios que ascendían a un a cumbre no
olvidaron hacer lo mismo.
A lo largo de la historia hemos leído curiosas reseñas de Russell, Ramond o Brulle, donde reflejan su deseo de dejar
constancia de su paso por las cumbres con hitos de piedra. El mismo Henry Russell hizo levantar una torre de piedra de dos metros
para que su amado Vignemale alcanzará la cota de 3.300 metros. Paralelamente, los cartógrafos también conquistaron muchas
cumbres para poder crear los primeros mapas , y para ello necesitaron construir pilones de roca o hitos que les ayudaran en sus
trabajos. Otra costumbre muy arraiga en aquella época era la de dejar en las cumbres la tarjeta de montañero. Así aparecen las
primeras cajas metálicas o botellas de vidrio, donde se guardaban las tarjetas de los primeros ascensionistas. En éstas hay que
buscar los antecedentes de los famosos y populares libros de cumbre. Hay montañas en cuyas cimas se han instalado libros
encuadernados para que todo aquel que lo desee pueda escribir algunas líneas. Para proteger dichos libros de las inclemencias
meteorológicas se instalaron en cajas metálicas, en pequeñas construcciones... Estos incunables han servido para reconstruir la
historia de ascensiones a las cumbres como la del Aneto, libro ahora depositado en el Museo de Luchon. Además han sido un claro
reflejo de las mentalidades de los montañeros en cada momento. Según iba evolucionando la sociedad se empezaron a construir todo
tipo de lugares para guardar dichos libros de cumbre. Desde finales del siglo XIX se edificaron cruces, vírgenes, imágenes...
Son célebres las cumbres del Aneto, del Canigó o del Puigmal, de las Agudes en el Montseny o de la Mesa de los Tres Reyes.
Asociados a las cruces están los belenes.
Es una costumbre reciente, de mediados de siglo XX, provocado por el deseo de muchos clubes, parroquias o grupos.
Normalmente cada centro se especializada en una cumbre y año tras año va renovando el belén. En Cataluña hay entidades con una
larga tradición al respecto y se han organizado exposiciones de los belenes con algunos ejemplares muy originales y curiosos.
Además hay otros muchos objetos que se han ido depositando en los picos; placas y lápidas para recordar a algún personaje o
fecha importante, banderas más o menos reivindicativas, mesas de orientación y símbolos decorativos. Y hay que mencionar de
manera especial los pilones construidos por el Instituto Geográfico Nacional que tienen una placa en la que se recuerda que su
destrucción está penada por la ley. Y la última moda ha sido la construcción de antenas y repetidores para facilitar las
comunicaciones, algo imprescindible en la sociedad actual. Todos estos símbolos han entrado en una etapa de crisis. Se empieza a
cuestionar esta tradición porque ahora vivimos en una sociedad cada vez más concienciada con proteger la naturaleza y los
espacios vírgenes. Y, también, porque la masiva presencia de montañeros en las cumbres han hecho desaparecer los libros de los
picos por los continuos abusos cometidos sobre ellos.
|